viernes, 13 de marzo de 2015

Interpretes. Tania Libertad

Distintas maneras de ver a Tania Libertad
Por Abraham Gorostieta


Tania Libertad es la intérprete –no cantante, pronto aclara ella- más sobresaliente de Latinoamérica. Su voz ha viajado desde el Perú, su tierra natal y ha conquistado la India, China, Japón. Hace tres años fue nombrada embajadora de la cultura de Perú. Festejo los 50 años de su carrera en un concierto en las legendarias tierras del Machú Pichú. Amiga y compañera de cantantes, compositores, pintores, poetas y escritores. De políticos y empresarios como Carlos Slim. Tania Libertad es un ser muy singular. Nos recibe en la intimidad de su estudio, prepara un nuevo disco acompañada de las intérpretes Eugenia León y Guadalupe Pineda que muy pronto estará a la venta. Al fondo una colección de instrumentos de viento, una batería, varias guitarras, sobre la pared una pintura del famoso pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, Tania Libertad se sienta sobre su sillón y comienza a platicar.

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Su padre, don Carlos, era un bohemio que gustaba de tocar la guitarra y dárselas de compositor, explica Tania con una ligera sonrisa mirando a su pasado y agrega: “Tocaba muy bien la guitarra y se la pasaba dando serenata a otras mujeres que no eran mi madre” y, ríe, con aire de nostalgia. Frunce el seño, se acomoda varias veces en su asiento y continúa platicando con esa voz ronca que la caracteriza: “Tuve una relación muy extraña con mi padre, gracias a él tengo la ideología y los ideales que tengo pero mi padre fue muy duro con migo y mis 15 hermanos, fue muy necio, muy autoritario”.
Anarquista peruano, a su padre le gustaba escribir sobre las revoluciones de izquierda que ocurrían en esos tiempos, lector del ruso Mijaíl Aleksandrovich Bakunin, padre del anarquismo, don Carlos escribía en todo periódico obrero bajo el seudónimo de Solrac, cosa que lo metió en diferentes problemas. A Tania le brillan los ojos cuando recuerda esto y nos cuenta: “Tuvimos una serie de problemas por los escritos de mi padre, y entonces a él lo castigaba mucho su sindicato y lo mandaban lejos, lejos a radicar, a ver si así dejaba de meterse en problemas, pero nunca dejó de hacerlo”.

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Nace en la tierra de Zaña, Perú, en la provincia de Chiclayo de la región Lambayeque fundada en 1563. Nace ahí debido a uno de los “correctivos” que su padre recibe. A Tania le vuelven a brillar los ojos cuando habla de sus raíces: “México y Perú son las dos grandes culturas de nuestro pasado. Los dos pilares de nuestra América: Los Incas y los Mexicas. Sumamente creativos, nos dieron cultura, texturas, identidad, música, fuerza, y cuando llega el mestizaje, la fusión de culturas es tan grande que lo tenemos todo, y lo que teníamos, se refuerza a grados inimaginables”.
Y continúa: “Tenemos los grandes tesoros artesanales, la comida, pero la música es una fusión maravillosa, tengo una intuición –se acerca al que esto escribe para confesarle un secreto- en el Perú la música es más sincopada que en los otros ritmos negros en otros lados que son mas pegados a la tierra, son más cuadrados, sin embargo la música peruana no ha llegado a ser tan popular como el vallenato, o la bachata o la cumbia”, explica en secreto y continua su platica.

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Su padre nació en la selva peruana, su abuelo en Manaos, Brasil, su madre en Jayanca. Su padre siendo un adulto se roba a su madre que tenía 15 años. Zaña es el único poblado negro que hay en la costa del Perú. Tanía dice que es una ferviente creyente del destino. “Yo soy costa, es decir, nací en tierras negras y españolas”, explica la cantante. Se le pregunta sobre Dios y rápido contesta: “Creo en una especie de Dios, la música es un Dios, el amor es un Dios, el sentimiento que me inspira es una forma de Dios” y se sonríe y juega un poco con sus manos.
Sus dedos están inquietos, se le pregunta sobre una de sus pasiones: la comida. Le gusta preparar ceviche de Guitarra, papa a la guancaina, el arroz con pato, ají de gallina, lomo salteado. “Preparo toda esa comida muy a mi estilo, porque yo aprendí a cocinar estando una vez en México, no en el Perú, pero toda esa comida y más, la preparo a mi forma para recibir a mis amigos, como lo hacía con Mercedes Sosa o Gabriel García Márquez, o con Saramago, o con mi adorado Manzanero”.
Pronto explica: “La guitarra es un pescado que no existe acá, ni siquiera en Lima, pero es un pescado que lo secan con sal y lo hacen en tiritas, entonces lo remojas para quitarle el exceso de sal, picas cebolla morada muy finita, jitomate, y un poco de ajo, cilantro si gustas, lo revuelves todo, le agregas jugo de limón y condimentas. Tienes preparadas unas tostadas bien fritas y secas y les untas mayonesa y una rodaja de aguacate y listo, tienes ceviche de Guitarra”.

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Conoció a José Saramago en 1997, mientras daba un concierto en homenaje a Rafael Alberti en Madrid que le había pedido la Unesco. Saramago la escuchaba en primera fila y Tania cantaba el poema La Paloma que también canta Joan Manuel Serrat. Saramago aún no era premio Nobel, tres meses después Tanía musicaliza los poemas de Mario Benedetti  (la vida, ese paréntesis) con el apoyo de Editorial Alfaguara. Pero ahí surgió la amistad y cada vez que Tania viajaba a España tenía que llevar muchos discos suyos y Saramago le confesaba: “No sé por qué, pero todo mundo me roba tus discos”.
Cuando Tania termina el disco sobre Benedetti, le pide al propio Mario un prólogo a lo que contesta el poeta: “No puedo Tania, me da mucha vergüenza tener que autoelogiarme”, Tania rememora esa experiencia: “y yo medio en broma y medio en serio le digo a Alfaguara que se lo pidamos a Saramago y se lo pedimos y dijo que sí, pero a la semana lo nombran premio Nobel y yo pensé que ya no me lo haría, pero él escribió el prólogo en el trayecto de Lanzarote a Lisboa, en pleno vuelo y se lo agradezco mucho por todas las cosas hermosas que él escribe sobre mi trabajo”.

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Creyente del destino, Tania no vacila en contar que él fue quien la ha llevado a ser amiga de tantos y tan reconocidos escritores: Mario Vargas Llosa, José Saramago, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Milan Kundera, entre otros, pero Tania tiene bien presente en su memoria a Juan Gonzalo Rose, ese gran poeta peruano, que ganó tres veces el premio nacional de poesía, que fue deportado de su tierra y quien fue quien la llevo de la mano por el camino de las letras latinoamericanas. Así conoció a Chabuca Granda. 
Tanía recuerda sobre Chabuca: Tengo tanto que decir sobre ella, era una mujer sumamente sabía. Uno de joven es muy aventado y todos los cantantes jóvenes le reclamamos una vez el por qué se había ido a cantar a Chile si estaba Pinochet y ella me dijo algo, que hasta ahora conservó como una gran frase: “Mira Tania, yo mis amistades las hago por afecto, no por ideología”, y me decía otra cada vez que yo le reclamaba algo o la jalaba para algún movimiento: “Estas pecando de joven”, fue una gran maestra.
Tanía se pone un poco melancólica y recuerda: “A Mercedes Sosa yo le aprendí mucho. Cuando se muere La negra Sosa yo inicié mi participación en las redes sociales. Para mi fue la muerte de una era y el comienzo de otra, me dolió en el alma la muerte de mi Negra. Para mi en la música latinoamericana no habrá nadie como Mercedes Sosa por su trayectoria, su fuerza, el color de su voz, su compromiso, una mujer que supo disfrutar de la vida, hicimos una linda amistad, en su casa de Buenos Aires, a México, en esta casa venía mucho a comer la comida peruana que yo le hacía. Yo quería que Mercedes grabará un disco de Huapangos con mariachi, una vez que vino a mi casa yo quise que grabara unas canciones y rápidamente me di a la tarea de conseguir un mariachi, solo pude conseguir 4 músicos del mariachi Gama Mil, y mi Mercedes estaba fascinada y no canto huapangos, sino cantó como 20 veces la canción Mucho corazón de José Alfredo Jiménez”.

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“Conocí a Serrat en el Perú, en 1975, y a Benedetti, en 1968 a Manzanero, yo le abría sus conciertos”. A los 9 años graba su primer disco. A los 11 canta en Guayaquil con Marco Antonio Muñiz y Carmen Salinas, pero Manzanero fue especial. “Creo mucho en el destino” repite otra vez, “una vez me leyeron los caracoles en Río de Janeiro, Brasil, y me dijeron que mi nombre estaría vinculado con muchas personas que su apellido o su nombre estuviera vinculado con la letra M, y sí, y sabes, tengo mucha afinidad con el numero 13, las letras de mi nombre suman trece y así con muchas cosas y el 13 es un numero que me ha seguido en mi vida”.
Se le pregunta a Tanía por otro icono musical latinoamericano: Víctor Jara, en seguida responde con ese brillo en los ojos y en su mirada perdida en el tiempo. “Yo canté con el en el campo de Marte en Lima, el último concierto que dio, estoy conversando con él en el camerino y yo estaba muy sacada de onda porque no era muy aceptada por la izquierda peruana pero la derecha peruana ya me aborrecía, así somos los peruanos, no sabemos tener un centro, muy radicales y pasionales somos, no hay medias tintas. Y yo le platicaba a Víctor Jara esto. Estaba muy joven yo. Aún no profundizaba en lecturas de izquierda y marxistas, pero Víctor todo amor me daba grandes consejos y me abrazaba”.

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Los cantantes nos retiramos cuando ya no podemos en todos los sentidos, cuando la voz no da, el movimiento no da, las condiciones físicas no dan, explica Tania al que esto escribe, y aclara: “Hay una diferencia entre cantante e interprete, yo soy interprete, cantante hay muchos y te puedes poner a estudiar y si tienes una voz bonita y estudias puedes llegar a ser cantante, pero ser interprete es muy difícil: saber transmitir los sentimientos, las emociones, entenderlos y asimilarlos, que te calen y luego tu poderlos interpretar, del alma mía a el alma de los demás, el día que yo ya no pueda hacer eso será el día que me retire. Y sabes, aprendí mucho de los caminos que hay que recorrer para llegar a ser una interprete honesta, para llegar a escoger un buen repertorio, para no engañar a la gente y todo esto lo puedo transmitir a las siguientes generaciones. Como una asesora, una productora. Puede que de cantante me retire pero como interprete puede ser que llegue a ser como Chabela Vargas, que solo como ella y nadie más decía las cosas como solo ella podía decirlas. Y Chabuca igual, ella me decía ‘Yo soy un san Bernardo que canta’ pero cuando tu la escuchabas cantar y lloras, porque te llega al alma, igual que Manzanero, lo escucho y lo siento en el alma”.

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Dice el periodista Ricardo Rocha que “Tania canta con el alma y con el corazón” y la peruana se ríe y añora esas palabras y explica: “Ricardo fue y es mi gran amigo desde que llegué a México, su hermana Alicia fue de las primeras que me dieron trabajo, y como a veces yo no tenía dinero para ir en las navidades a mi Perú y estar con los míos pues me la pasaba con la familia de Ricardo que también son muy míos”.
No es adicta a la moda, y se explica: “Veme, estoy de mezclilla, con una camisa blanca que no falta en mi closet, igual las mascaditas, y veo que las modas van y vienen y bueno, ahora ando yo como siempre pero creo que ahora esto se llama hippie-chic-bohemio, pero cuando yo la usaba era simplemente ropa. Soy una gente que no me veras en una alfombra roja, nunca, fíjate lo que te digo, no me gusta que me vean más allá de lo que yo quiero que me vean, ni que me vean por la marca de mi bolso, de mis zapatos, por el diseñador de mi vestido quien sea dicho, me los diseño yo. Hay gente que dice que me visto horrible pero en el momento que abro la boca, es ahí donde quiero que me vean, no en lo que uso”.





          

Crítica de Arte. Avelina Lésper

Avelina Lésper, Crítica de arte.
Todos podemos hacer nuestro el arte

Abraham Gorostieta

Avelina Lésper es una mujer que cabe en una sola palabra: ojos. A través de ellos se expresa, se comunica, se explica, transmite. A partir de ellos mira, entiende, analiza, crítica. No se anda con rodeos. Es una mujer directa, la franqueza y claridad son sus mejores argumentos. No pretende hacer una cruzada por definir lo que es arte pero eso sí, con toda su voz denuncia que el arte contemporáneo esta lleno de mediocridad, de farsas y que es un enorme fraude financiero. Es, sin querer serlo, una especie de Jean Baudrillard, el gran filósofo y sociólogo francés, que nos decía que la realidad que vivimos, la híperrealidad es un chistorete. Avelina Lésper piensa sobre sí misma: “Yo estoy siendo lo que tengo que ser y que hacer, nada más. Yo no le pongo nombre a lo que hago, yo veo algo, digo lo que veo y lo escribo. Yo sólo soy un espectador privilegiado en el sentido de que me otorgué el derecho de ver, ser y saber. Nada más”.
De muy niña ha sido viajante. Ha conocido el mundo, pero sobretodo ha conocido las grandes obras de arte: “Mi familia y yo viajábamos mucho. Desde muy niña estuve en el mundo de los museos debido a determinadas circunstancias familiares. Esto me da la oportunidad de que antes de cumplir 18 años, yo ya conocía los grandes museos del mundo y había estado en contacto con las grandes obras de arte, las mejores”. A esa edad, Avelina ya conocía el Louvre y el Orsay de París; el Museo Reina Sofía, en Madrid; el Museo Británico y la National Gallery, en Londres; el Guggenheim, en Bilbao; el Rijksmuseum, en Amsterdam; los museos Vaticanos; la Galería de los Ufizzi, en Florencia; el Hermitage, en San Petersburgo y el Museo del Prado, donde a los 11 años, la niña Avelina quería robarse El Jardín de la Alegría de El Bosco: “me atrapó desde el principio, tan fuerte y violento, tan hermoso”.
Sus ojos no dejan de moverse, se encienden a ratos y explica: “Yo ya tenía un filtro que adquirí en esos años, un criterio ya formado y sabía que me producía placer, que me producía conocimiento. Tú cuando estás frente a una obra, intercambias impresiones, le das tu tiempo y ella te lo da a ti, la dejas que entre a tu persona. Entonces cuando pasa esto, tú ya sabes con que tipo de obras quieres pasar el resto de tu día en un museo o en la vida”. No tenía que pensarlo mucho, pronto la adolescente se matriculó en la universidad y decidió así su destino: Conocer, entender y apreciar el arte. La crítica recuerda: “cuando empecé a estudiar arte y los maestros me empiezan a decir: ‘bueno, esto es arte porque así lo dice la teoría, así lo dice la historia del arte’ y yo pensaba ‘pero no me producen ningún sentimiento, nada’. Pero sin duda eran piezas únicas”.
Toda su formación ha sido con base en la historia del arte. No es pintora, no esculpe, no diseña. “La crítica ha estado separada de la factura desde siempre”, aclara. “Actualmente, la crítica es una mafia, un intercambio de favores” y sus ojos se encienden, y hablan con pasión: “Me han dicho dogmatica, contestataria, de cerrazón que me acusen de más cosas, de todo lo que quieran, que no se limiten porque eso quiere decir que están incómodos, sí están cómodos con mi crítica, entonces para que la hago”. No da tregua: “Estar fuera del establishment del arte y la critica del arte me hace ser absolutamente libre y feliz. Que los del Fonca se repartan sus becas y sus premios”. Y sentencia: “La mafia del arte mexicano es bien sumisa porque solo hay un jefe y los demás literalmente son esclavos”.

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Avelina Lésper es una mujer dura, tiene que serlo. No se puede permitir titubear. Pero sus ojos la delatan, a través de su mirada, uno descubre la gran sensibilidad de la crítica. Sus grandes ojos marrón se abren y se descubren: “La idea que defiendo es que todo mundo puede hacer suyo el arte, lo hacemos constantemente, cuando tu escuchas por primera vez a Mozart o a Bach, y lo haces tuyo, pues sabes que eso no tiene dueño, es de todos. El arte no se queda en el artista ni es del artista, se va más allá de él”.

-¿Cómo poder acercarse al arte sino se tienen la herramientas necesarias?
-Con sensibilidad, que es una característica humana y es un proceso cognitivo. Todo mundo es sensible a la belleza que dicho sea de paso, es una invención. Hay dos tipos de belleza: una, que es natural y que la ves en el cielo, en las flores, en las montañas, en la noche, en la naturaleza y dos, la belleza artificial que es la que inventamos los seres humanos a través de la inteligencia, que es lo que tratamos de recrear, lo que nos conmueve, lo que nos emociona y a parir de esto tratamos de que eso comunique, entonces tratamos de hacerlo a través de la belleza y eso no significa que algo sea bonito. La belleza va mucho más allá de ser bonito, la belleza puede ser terrible pero es un proceso cognitivo, es decir, cuando asimilas y reproduces. Esa es la invención de la belleza. Eso es el arte.

Para Lésper esta claro todo: “Todos los seres humanos somos sensibles a la música, a lo que vemos, a la poesía y a las letras y pasa algo muy curioso, siempre quieres tener más. Más conocimiento. Mientras más estudias quieres saber más para ti. Eso es lo único que sucede. Pero es una gran mentira decir que si a una gente no le gusta una obra es porque no le entiende. Entonces es falso que el arte contemporáneo la gente no lo entienda, todo mundo tiene la capacidad de tener sensibilidad por la belleza. En todo caso, se sentirán más comprendidos o más contenidos, el arte nos contiene, con una obra u otra, eso es derecho de la psique de cada quién. Alguien te puede decir, ‘yo me siento totalmente contenido en una naturaleza muerta de Cezane’ y otro podrá decir que con ‘un abstracto’, pero esas dos personas buscaron una obra para hablar de sí mismos, es decir, que los contenga, que los retrate, eso es lo que nos proporciona el arte”.

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Estamos en el museo de la Fundación Sebastián, el famoso escultor mexicano. Avelina esta en su salsa, cómoda, a gusto. Ella se ha ganado su lugar. Ha sorteado una serie de batallas a lo largo de su trayectoria profesional, es curadora y crítica. Tiene una serie de entrevistas a artistas plásticos que se pueden ver en el canal de Milenio Televisión. También hay que decir que la prensa ha construido un mito en torno a Lésper: No es una Juana de Arco en contra del arte contemporáneo.
Nuevamente clava su mirada para explicar su quehacer: “La crítica no es cuestión de gusto y el arte si es cuestión de gustos. El arte se estudia, se analiza, se cuestiona y genera pensamiento y conocimiento. Lo que yo he visto es que hay muchas expresiones de arte contemporáneo que simplemente no alcanzan el tratamiento de arte porque tienen muchas deficiencias de concepto, de factura, de contacto con el público”.
            “El mercado del arte maneja muchísimo más dinero que toda la publicidad junta”, sentencia nuevamente. Artistas como Gabriel Orozco, Damien Hirst, Takashi Murakami, Jeff Koons no le agradan, dice que sus obras carecen de valor, que están tan preocupados por ser irreverentes, por ser bonitos, por ser complacientes, y ante el análisis serio, los artistas se defienden diciendo: “somos irónicos”. Lésper explica que esta mala factura del arte contemporáneo te limita como espectador: 

Es que no tienes esa posibilidad de ver otra realidad y eso produce mucho desencanto, porque ese es el trabajo del arte, darte algo que no esta en la calle porque el arte no se parece a nada de lo que hay. Eso es lo uno busca, en cambio con el arte contemporáneo, los artistas y su trabajo, el que sea, todos son iguales. En la circunstancia que sea, todos son iguales. Cuando tu lees una novela, no estas buscando leer tu vida, estas buscando leer otra realidad y entonces sí, encontrarte a ti pero en otro. Cuando vas a un museo y ves algo de Gabriel Orozco o quien sea y ves una fotografía, una sandía o un… estas viendo lo mismo que ves en el supermercado, en los mercados o en los tiraderos y entonces no tienes la posibilidad de ver otra realidad que te transmita que te comunique algo, el artista te la esta negando”.

-El arte mexicano no tiene los alcances para internacionalizarse, a pesar de su rica historia, esto es todo fenómeno, ¿cómo podemos explicarlo?
-Paradójicamente los únicos que han vendido bien han sido pintores. Frida Kalhó y Diego Rivera son los Top Ten, Tamayo, Toledo, los pintores oaxaqueños son los que venden bien fuera de México. Y el arte contemporáneo mexicano no vende bien por una sola razón, imitan mucho al arte anglosajón. Entonces, de comprar arte original y tener una copia, pues mejor le inviertes al original. También el arte mexicano tiene un problema muy suyo, es muy folclórico, todo mundo le tira al kitsch, al luchador, a la mascara, a la piñata y eso hace que el arte mexicano se vuelva muy regionalista. Comprar arte mexicano es ya un asunto antropológico, no un asunto cosmopolita, es decir, universal.

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El arte tiene que ser universal, dice Avelina con sus expresivos ojos. “Tienes que sentir que hay algo de ti en una obra que miras. Es lo que pasa con los grabados y las tintas japonesas, tu ves un Katsushika Hokusai  y dices ‘así es el mar, como lo hace él’ y es Japón, pero si tu ves una piñata eso es only in México, y entonces no te da esa oportunidad como ser humano de prolongarte fuera de ti. Te encierras en el microcosmos de tu paisito folclórico, de tu calle, de tu pedacito de tierra”.
-Hábleme de Marcel Duchamp, ¿con los ready made comenzó todo?
-Con Duchamp comenzó con una de las expresiones e hizo varias obras importantes, lo que hacía él no era propiamente una tendencia, porque el dadaísmo sembró mucho de lo que hay ahora en el arte contemporáneo. Duchamp partió el urinario pero lo que él aportó y fue fundamental, fue el haber firmado el urinario con un seudónimo y además, haber dicho que la sola acción de que él como artista designara un objeto como arte, lo hacía arte. Eso fue fundamental para desarrollar una corriente en la que no era necesario que alcanzarás ningún nivel de calidad, ni de investigación, ni de cultura para que la obra alcanzara nivel de arte, bastaba con el sólo deseo del artista. Una designación del artista. Eso sí fue fundamental y se retoma en los años de finales de las décadas de los cincuenta y principios de los sesenta. De ahí han surgido toda una serie de creaciones de objetos que carecen de cualquier implicación artística pero son arte por designación.
José Luis Martínez, director de Laberinto, la invita a escribir una columna semanal. La gente lee sus criticas porque necesita escuchar una voz diferente acerca de lo que se esta haciendo en el arte: “siento que sí tengo una comunicación y una retroalimentación con mis lectores, lo que más me gusta es que a las personas si les interesa la crítica, si les interesa leer sobre el arte, que no es para entendidos como decían”. Sus ojos escudriñan y se expresan: “No es mi objetivo sentir satisfacción en mi trabajo, si fuera así, vendería coches. Es hacer un trabajo, mi objetivo es construir”.
Entera, se levanta y sentencia: “Lo que me indigna es la cobardía. Lo que me conmueve es el riesgo”, ella es Avelina Lésper.



Escritores. Paco Ignacio Taibo II

Paco Ignacio Taibo II, 64 años viviendo con furia.
Abraham Gorostieta

Enciende un cigarrillo, aspira profundo, le da el golpe, suelta el humo y al fin habla: ¿Hay una multa por mentarle su madre al Presidente? Pregunta el escritor Paco Ignacio Taibo II a un concurrido auditorio compuesto, en su mayoría, por jóvenes, mientras presenta su último trabajo como historiador: Yaquis, Historia de una guerra popular y de un genocidio en México. ¿Sí/No?, vuelve a preguntar el escritor y lanza la siguiente interrogante: Oigan, ¿y la multa es cara? “Te ayudamos a pagarla Paco” se escucha una voz al fondo del auditorio. Paco está contento, se ríe y agrega: “Ah bueno, entonces: ¡Que vaya y chingue a su madre Enrique Peña Nieto!” grita el escritor y arranca sentidos y sonoros aplausos por parte de la concurrencia. Vivas y bravos grita la gente en el improvisado auditorio de la Feria del Libro en el Zócalo capitalino.
“Este cabrón si tiene huevos”, comenta Antonia López, una mujer de 62 años que al salir al zócalo y ver al escritor se tomó un tiempo para escuchar la plática en dónde los nombres de Santa Anna y Porfirio Díaz causaban sinceros chiflidos que mentaban madres.

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Paco, un hombre que confiesa a Instantáneas Mexicanas  que ama la vida, que al terminar de escribir un libro sólo descansa 24 horas y comienza a trabajar en otro. Que odia las entrevistas largas pues “uno no puede ser ingenioso por más de veinte minutos seguidos” explica. Que fuma como desesperado sus cigarros cubanos y que toma demasiadas Coca Colas. Que se enfurece al hablar sobre los apátridas de la historia nacional. Ese hombre es Paco Ignacio Taibo II, un hombre que vive la vida con un gozo enfurecido.
En la reciente Feria del Libro Internacional que se celebra anualmente en Guadalajara los libros del historiador fueron los que más se vendieron según dio a conocer su casa editora Planeta. Taibo es y será un novelista, un historiador, un biógrafo, un periodista, un cronista, pero, sobretodo, un militante de la izquierda política mexicana “porque así debe de ser, es lo honesto” indica el también organizador y director –por veinticinco años seguidos- del Festival Internacional de Novela Negra que se celebra en Gijón, España.  
Franco, sencillo y de trato amable Paco Ignacio explica que no tiene ningún ritual a la hora de escribir, solo necesita sus cajetillas de cigarros cubanos y sus coca colas. “Escribo todos los días a la hora que puedo, quiero o debo, no tengo horarios ni obligaciones de hacerlo pero todos los días escribo un poco o un mucho, a veces catorce horas seguidas a veces 10 minutos”, cuenta a Instantáneas Mexicanas el biógrafo de El Che Guevara, quien opina también sobre la otra biografía mexicana sobre el mismo personaje que escribió el intelectual Jorge Castañeda, La vida en Rojo, “No me gustó, no me parece mala, pero no puedes hacer una biografía cuando ya de entrada, sabes lo que vas a biografiar, si ya tienes una idea preconcebida”.
Sobre El Che, Paco Ignacio cuenta que al hacer la investigación para biografiarlo, al acercarse a las fotografías que existen sobre Ernesto Guevara percibió algo: El Che siempre aparecía en todas las fotos con su uniforme de guerrillero, con sus botas calzadas pero con los últimos ojales de las botas sin abrochar, las agujetas sueltas. “Esto me intrigo mucho y me di a la tarea de investigar este hecho. A lo largo de mi investigación pude tratar con personas que lo conocieron y lo trataron y poco a poco fui descubriendo el misterio de sus botas sin abrochar: Ernesto estaba siempre ocupado, no tenía tiempo para desperdiciarlo y abrocharse las botas era desperdiciar el tiempo. Al igual que Castro, que no perdía tiempo en rasurase”. Enciende su segundo cigarro

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Paco es un autor prolífico, inicia su historia como novelista con la primera de las nueve novelas que ha escrito en donde el personaje principal es el detective Héctor Belascoarán Shayne: Días de combate, de ahí le siguieron Cosa fácil, Algunas Nubes, No habrá final feliz, Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, Amorosos fantasmas, Sueños de frontera, Desvanecidos difuntos y Adiós, Madrid. Pero Belascoarán es un personaje atípico pues es cojo, tuerto, comparte su oficina con otros personajes, es ingeniero, pero en la primera novela era un ser normal. El escritor del género negro se ríe, con la mirada agradece la lectura de sus novelas y explica: “El deterioro de mi detective ha sido progresivo y tiene que ver con que andar en las historias que él anda constituye un oficio en el que no existe la impunidad”.
Taibo es el escritor que no acaba nunca de llenarse, escribir es un entremés que disfruta y lo tranquiliza, pero siempre quiere más. Para él la novela negra es “un exorcismo, porque cuando lo peor lo cuentas ya no sucede”. Y define que la literatura es un fenómeno social dónde interviene el escritor, el lector, el editor. Paco Ignacio es un escritor militante que honra y canta a la libertad de los pueblos y arde y se rebela contra los otros, los tiranos.
Sonriente, de mezclilla de pies a cabeza explica que una buena novela dura mas que un orgasmo, pero sobre todo las novelas “tienen la virtud de hacerte ver el mundo con los ojos de otro; ofrece información en profundidad sobre una sociedad, explora los paisajes humanos y contiene material estimulante para la imaginación; es quizá el acto cultural más subversivo que hoy existe”.

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Ha escrito más de 50 libros y la gran mayoría de sus obras han sido traducidas a una docena de idiomas y han sido publicadas en 28 países. Ganador en tres ocasiones del prestigioso premio internacional Dashiell Hammett, del codiciado premio italiano Bancarella y ganador del premio Planeta Joaquin Mortiz, Paco Ignacio Taibo II busca superarse constantemente. “Todos los días uno siente que encontró la mejor manera de escribir lo que uno quiere, qué encontré la mejor manera de contarlo, de contar lo que necesitaba decir tan bien como podía, lo investigue tan bien como debía” y sentencia “Si no tienes una continúa autocrítica presionándote estas muerto como escritor”.
En sus libros hay una mezcla de géneros, la historia con la novela, la crónica con el reportaje y la novela negra, el biógrafo de Francisco Villa nuevamente sonríe y explica: “Lo hago a propósito, no me gustan los géneros puros. Me gustan los géneros que voy creando: la novela de acción-aventura-policiaca-negra-histórica. No creo la fidelidad al género, creo en la fidelidad a la historia que uno va contando”.
Uno de sus libros más leídos es el de Muertos incómodos que escribió al limón con el guerrillero mexicano conocido como El Subcomandante Marcos. Es una novela negra que disfrutó mucho comenta a Instantáneas Mexicanas el escritor y narra: “Una vez llegó una carta a mi casa. Era del Sub en dónde me preguntaba: ‘¿Quieres escribir una novela a cuatro manos? Sí dices que sí empezamos hoy’. Y dije que sí”.
La carta llegó por medio de un propio que llego muy misterioso. “A partir de ahí empecé con él la escritura de Muertos incómodos. Nunca nos vimos en la elaboración del libro, todo era por medio de correspondencia que me entregaban de manera misteriosa, muy subterránea, pero manteníamos un carteo muy nutrido, cartas que me entregaban en mano”. Todas las páginas que le eran enviadas iban firmadas por Marcos para que no las falsificaran. “Luego teníamos otra correspondencia paralela en donde le decía o me decía: ‘no me avientes más personajes secundarios mi buen’… ‘No estés chingándome con eso mano’… ‘Abusado con el personaje que te envié en el capítulo 5 porque lo quiero usar para esto, entonces, úsalo en el mismo sentido’… Guardó la correspondencia con el Subcomandante Marcos que algún día publicaré”, cuenta Paco Ignacio mientras le da una onda bocanada a su cigarro.
“Yo le tengo mucho cariño al Sub, un gran aprecio. Me parece que es un hombre congruente con sus ideas y sus propuestas. Muchas veces no coincidimos pero no importa, esta del lado bueno”, dice en un tono serio, muy formal el escritor mientras se lame los bigotes de morsa buscando quizá, algo del sabor del trago de la coca cola de lata que lo acompaña.
“A Andrés Manuel López Obrador también lo quiero mucho, y al igual, muchas veces no coincidimos pero no importa, esta del lado bueno. Y el lado bueno es estar al servicio del pueblo. Y esa es la clave. ¿De que lado te pones? ¿Al servicio de la oligarquía o al servicio del pueblo? Los que están del lado bueno, los quiero a todos”. Sentencia Taibo II mientras ya se ha formado una larga fila en donde estamos para tomarse una foto con el escritor, que les firme un cuaderno, una servilleta, para darle la mano y saludarlo.

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Emilio Salgari fue muy importante en la infancia del escritor “el gran calor que despedían sus novelas, la pasión que había ahí me marco a los cinco, seis años”, recuerda. Nace en Gijón, España en 1949. Y al encender su cuarto cigarro narra: “Fui un niño enfermo, sin televisión con muchas horas de cama y mucho tiempo para leer, lo que me daba un gran placer. También salía a jugar al parque por las tardes. Y todas las enfermedades que padecen los niños yo las tuve todas. Escarlatina, Sarampión, Viruela, Hepatitis, Paperas, Gripe en todas sus formas, todo”.
Para platicar con Taibo II basta simplemente saludarlo, es un hombre que tiene cierto aire a Joaquín Pardavé. Robusto, su rostro no marca el paso del tiempo. Sus padres migran de España y lo traen a México a los nueve años de edad, él mismo recrea ese episodio: “entonces fue muy sorprendente porque tarde treinta días en llegar, entonces para mí fue como ir al fin del mundo y era otro mundo, en efecto, otros colores, maneras de hablar, de comportarse, nombres, olores, todo era diferente. Mi primer mango lo comí en La Habana. La primera toronja en mi vida fue en Veracruz. No conocía mucha fruta y comida”.
Debe ser difícil ser extranjero, sobretodo ser español y llegar a México. Un país en el que se enseña a los niños que los españoles son malos, tiranos, conquistadores y que la muerte de ellos en el período de la Independencia fue la solución. Paco toma todo con humor y dice que “los mexicanos me trataron bien, era el gachupín, había de todo, hay –en todos los países, supongo, sucede- mexicanos culeros y mexicanos a toda madre, a mi me tocaron muchos a toda madre y algunos culeros, que siempre los hay”.
Su padre, Paco Ignacio Taibo I fue un gran periodista cultural, biógrafo de grandes actrices y actores mexicanos, de pintores y poetas. Melómano consumado, escribió grandes libros sobre la cocina mexicana. Tiene poco tiempo que murió. Taibo II cuenta a Instantáneas Mexicanas sobre El Jefe, como cariñosamente se dirigen a él sus hijos: “Mi padre era maravilloso. Continuamente hablo con él, lo veo, lo abrazo, discuto, diálogo y me divierto con él. Tengo un inmenso anecdotario que me acompaña en mi vida con él”. Fuma, mira a su alrededor y continúa: “El Jefe era excepcional. A veces me dicen ‘¿Y no te pesa en la espalda ser hijo de escritor, nieto de periodista?’ y pues contesto que sí, que me pesa, pero el lado bueno. Cuando terminé mi primera novela, tuve una reunión nocturna con El Jefe, en esta reunión él planteó: ‘¿Y ahora, cómo nos vamos a llamar?’, me preguntó. ‘Pues que se te ocurre’, le dije. Entonces él dijo: ‘Paco Ignacio Taibo I y Paco Ignacio Taibo II’. ‘¿Oye Jefe, y no suena muy monárquico?’ le pregunte. Y me responde ‘No, no, es como los jugadores de haiailaque’, y al día siguiente él empezó a firmar sus textos periodísticos como Paco Ignacio Taibo II cosa que me pareció de una generosidad enorme para un chico de 19 años darle derecho de nombre”.
Varios de sus libros tocan un episodio en la vida nacional: 2 de octubre de 1968. Mira al entrevistador y sonoramente dice: “Soy memoria viva del 68, la herida no cierra. Mi padre me protegía, quería y no quería que yo estuviera inmiscuido en esos asuntos. Tanto así que me envía a España el 1 de octubre de 1968, me dijo: ‘Mis amigos me dicen que estás en la lista de Gobernación de la gente que van a detener, y sabes, como eres extranjero te van a fumigar’. Me convenció, tomé un avión a Madrid pero el día seis, cuando me entere que había sucedido regrese”.

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Es sabido que la hospitalidad y generosidad de don Paco Ignacio Taibo I no tenía límites, los tres últimos días de cada semana se hacían grandes comilonas en la casa de los Taibo, a ella concurrían escritores, pintores, escultores, cantantes, actrices y actores, poetas, empresarios, académicos y cineastas. El mismo Jefe cocinaba para sus invitados. Don Paco era así, generoso. La fortuna que hizo en la vida se fue en comida los fines de semana. Su hijo recuerda así a su viejo: “Cada semana había un convivió en mi casa, comilonas que se hacían en la casa. La casa de mi familia sigue siendo –ahora sin mi padre- un lugar dónde se come con 10 o doce personas invitadas, conservamos esa tradición, lo hacemos casi a diario, y la comida es algo muy divertido, lúdico, porque primero se come muy bien y luego el debate era y es maravilloso. Ahí conocí a gente muy talentosa, apasionante, ahí conocí a Buñuel, León Felipe, a Carlos Barral, Carballido, uy, la lista es tremenda”.
Taibo II es un obsesivo. Lo fue con la biografía sobre Pancho Villa “es una obsesión que me sigue acompañando, todavía tengo que trabajar una vez más sobre Pancho Villa, será una ampliación de mi investigación biográfica sobre él”, explica. Pancho Villa toma Zacatecas es una obra magistral en donde convergen los talentos de Taibo II y el dibujante Eko. “Trabajar con él fue maravilloso, me cambio la manera de entender el comic, Eko es un genio. Tiene una capacidad narrativa notable, es más, estamos trabajando de nuevo. En un comic, que se va a llamar El muro y el machete”.
Pancho Villa toma Zacatecas no solamente narra una de las batallas más sangrientas de la Revolución Mexicana, en la que federales y villistas se tiraron con saña, sino que explora los mitos y rumores en torno a la figura de Pancho Villa y su magnética personalidad. “No recuerdo cómo empezó esto, me parece que los hermanos Pinzón  me propusieron que hiciera una novela gráfica y yo dije: ¡Ni madres, no quiero hacer cómic! Y me dijeron ellos: Sí, hazlo con quien quieras. Entonces pensé en Eko, a quien había seguido en su etapa de dibujante de cartones para el New York Times y luego en su etapa erótica, pero le había perdido la huella. Yo siempre pensé que Eko era uno de los mejores dibujantes que hay en el país”.
La estética de Pancho Villa toma Zacatecas es singular, los grabados de Eko son oscuros y caóticos, y dotan a la obra de una sensación violenta, desesperada. Sus ilustraciones no respetan viñetas ni formatos, lo que da la novela un carácter complejo y profundo, donde a veces los diálogos son primordiales y, en otras, apenas son tres palabras del escritor las que se cuelan en las ilustraciones de Eko.
Sus críticos lo toman como un escritor militante, a Paco no le molesta el tema y responde a bote pronto: “No es pecado serlo. ¿Cuál es la bronca?” y pronto añade: “Ser militante no me margina y sabes, estaría bien que me quemaran mis críticos, en foto, así vendería aún más. La verdad no me interesa la opinión de quien dice eso, yo ya encontré mi lugar con mis lectores, ya no me pueden bloquear. Te bloquean cuando eres poco conocido, te ningunean, y eso a mi me vale madres a estas alturas. No me interesan las mafias culturales ni estar dentro de ellas ni ser agregado cultural en ninguna embajada”.
La entrevista esta por terminar, la cajetilla de cigarros también. Paco Ignacio tiene un brillo en su mirada, jugador y retador, malicioso, suelta: “La gloria es algo cotidiano, no es una cantina cuyo portero es Octavio Paz. Cuando tus lectores te llaman por tu nombre es un lazo inquebrantable, me pasa en México, en Atenas, en Berlín. Eso es la gloria”.

“Sabes, lo que me hace enojar mucho es el pinche gobierno y las entrevistas largas, las cortas son a toda madre, nadie puede ser ingenioso por más de veinte minutos, luego de eso ya valiste madre. Una entrevista es una lucha de esgrima y está ya duro más del doble de lo requerido”, concluye.







domingo, 7 de diciembre de 2014

Compositores. Armando Manzanero

Armando Manzanero, un maya muy universal
Abraham Gorostieta

Don Armando o Manzanita, como le dicen sus amigos, es un hombre que cumple ocho décadas el próximo diciembre. Viajante consumado y experimentado no hay país que no conozca. Sus placeres son conocer nuevas tierras, nuevos olores, nuevos sabores. Su pasión: El Amor. 
Instantáneas Mexicanas  se dio a la tarea de localizar al Maestro -como también le llaman- y fue así que nos enteramos que andaba de gira por Perú, luego lo llamamos y estaba en Madrid. Días después estaba en Nueva York, Londres, Argentina. Así lo hace saber: “Soy un viajador nato. Sólo me gusta viajar; no me gusta estar en mi casa. Sólo estoy en ella cuando tengo mucho trabajo, cuando tengo mucho que hacer, o compromisos que no puedo eludir”, dice con esa voz tan característica que lo hace inconfundible. 
Otra pasión, irse de “shopping” es lo que le fascina al autor de cerca de 600 canciones. De trato sencillo, franco y ameno, habla con acento yucateco, y en cada palabra que expresa de amor, alarga las vocales, cierra los ojos y siente antes de hablar: “Soy toda una señora completa porque lo mismo le compro ropa a esa señora que amo tanto, que un perfume, que unos zapatos, todo lo que ella quiera y se me antoje comprarle. Uy, a mis nietos, a mis hijas, me encanta comprar y me sé las medidas de todas y cada una de ellas”, dice con sonrisa pícara mientras se acomoda su sombrero muy al estilo de Goran Bregovic mientras platica con Instantáneas Mexicanas.

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Nació en Yucatán un 7 de diciembre de 1935. Su infancia estuvo muy cerca de su abuela, una mujer maya, pero pronto el maestro aclara: “yo hablo poco de maya, lo aprendí de niño pero se me ha dispersado. El maya no es una lengua fácil pero en mi vida está la vida del maya, el hablar, el sentir, el pensar del maya. Siento con toda mi alma, pero en serio con toda mi alma, el no haber vivido en esa época (La Conquista) y echarme una docena de españoles de los que asesinaron a mucha gente de la mía”, y pone una mano sobre la otra y mira a la cámara satisfecho.
Su padre, don Santiago Manzanero, era uno de los trovadores más reconocidos de la Península Caribeña. Hombre estricto y reacio, forjó en el niño Armando el gusto por la música, así lo recuerda el autor de Adoro: “Era un trovador con mucha visión pero le faltó el toque que a veces uno debe de tener de desarraigo y salir a conocer el mundo. Mi padre, siempre pensó y vivió en Yucatán. Fue el segundo mexicano que llega a Estados Unidos y graba un disco -el primero fue Gutty Cárdenas-, después de que los norteamericanos mostraron genuino interés y querían que él se quedara a estudiar música, siempre y cuando se hiciera americano. Mi padre no quiso y se regresó a Yucatán, y eso le costó no ser un personaje importante en la música mexicana. No supo despegar”.
Don Santiago exigía que su hijo tocara el piano como se tocaba en esa época, que compusiera como se hacía en ese tiempo, cosa que causaba conflictos y “mi madre lo amaba demasiado, entonces lo que dijera mi padre, siempre estaba bien”. Don Armando hace una pausa y reflexiona “Mi padre fue muy exigente conmigo. Pienso que sí estuvo bien porque me hizo disciplinado y responsable. Si yo no hubiera tenido esa energía yo no habría sido tan bien formado en muchos aspectos”.
Rita Maqueiro Chi, su abuela formó parte importante en la vida del cantautor, “es el amor de mi vida”, señala y explica: “es lo que más amé en la vida mía. Pero sucede una cosa muy curiosa. La amé el día que dejé de tenerla, como pasa con las cosas grandes. ‘Uno’ es el amor del abuelo, el abuelo se desvive por el nieto y el nieto todo le parece normal y como que todo está bien, pero cuando se van y ‘uno’ recuerda todas esas cosas grandes que la vida me ha regalado y es cuando digo ¡Caramba qué abuela la vida me dio!”.
Don Armando es el segundo de cuatro hermanos, con quienes conserva una relación muy estrecha y ve que no les falte nada. Pero nada es fácil en la vida del compositor. A los 8 años de edad ingresa a la escuela de Bellas Artes de Mérida “aprovechando que la directora era tía-abuela de mi madre”, comenta. A los diez años aún no se decidía por un instrumento, tocaba el violín pero le faltaba el arco, entonces su madre cambió una máquina de coser por un piano “muy desvencijado pero era lo que había para empezar”, recuerda.

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Armando Manzanero se siente muy orgulloso de sí mismo: “Sé que a la gente le gustaría leer que fui una creación de mis padres, pero no, me hice yo solito”. Su primer trabajo serio es a los 7 años en un circo casi por accidente: “Un día fui a una función y el músico no tenía cómo meter los timbales al show. Me tocó la época más natural de los circos: dos músicos tocaban afuera de la carpa para invitar a la gente y cuando empezaba la función, tocaban adentro para amenizar el espectáculo. Ese día supe que yo iba a ser músico también. Así empecé, tocando timbales en un circo”, recuerda el Maestro y sonríe.
Pronto aclara: “Estoy loco por el circo, soy fanático de los circos, si no hubiera sido compositor y músico, me hubiera gustado ser dueño de un circo para viajar por todo el mundo en un buen camping, de poder divertir a la gente, de poder reír con ellos, de tener contacto con los animales”, hace una pausa y frunce el ceño: “A mí se me hace de muy poca madre que ahora los políticos ‘ecologistas’ no quieran que haya circos con animales. De no ser por los circos yo jamás habría conocido un elefante a la edad de 7 años, a un león o un tigre. Es sólo por justificar la existencia de un partido político. También quieren que quiten a los toros, o las peleas de gallos, y eso es no tener madre”, concluye con energía.

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En 1951 ya es un músico profesional y trabaja en diversas orquestas, como El Grupo Tulipanes y la Orquesta de los Hermanos Madariaga, de don Adriano, “un tipazo, lo recuerdo como si fuera ayer, linda gente, eran muchos hermanos músicos, lo recuerdo con mucho amor y con una delicia como no tiene idea, muy yucateco, muy joven, muy buen trompetista. Los mexicanos siempre han sido muy buenos trompetistas por el labio grueso que tenemos y hace que el sonido sea fuerte. Si Dámaso Pérez Prado no hubiera venido a México no hubiera pegado su Orquesta, y es que daba unas notas altísimas”, dice don Armando con su mirada perdida en el tiempo.
En pleno “milagro mexicano”, cuando el “cachorro de la Revolución” era presidente, Agustín Lara y María Félix se casaban, nacía la XEW y los tríos dominaban la escena musical junto con las radionovelas, un compositor muy famoso fue de gira a Yucatán, Luis Demetrio, autor de canciones como La Puerta. En ese viaje conoció al joven Armando quien aceptó de inmediato su oferta de trabajo. Fue así como con maletas en mano llega a la capital un 5 de mayo de 1957.
Nombres claves son en la vida del Maestro, como el de Rafael de Paz: “Ah, mi papá. El papá que yo hubiera querido tener, fue mi maestro de música, mi amigo, la primera persona que me hizo mi primera grabación, fue él quien me aconsejó: Manzanero, nunca se meta usted en cosa de mujeres... José Sabre: fue un señor no fácil, de un carácter muy irascible, pero fue un señor que me enseñó mucho cuando se sentaba a tocar piano… Mario Ruiz Armengol: Otro gran monstruo de la música mexicana, veracruzano. Un músico que cuando uno escuchaba cómo escribía las letras, las cuerdas, uy, uno se olvidaba hasta de su genio ¡Uy Jesús, qué mal carácter que tenía!... Jesús Zarzosa: El señor que escribió el arreglo de mi primera grabación que me hace grande en México. Escribe el arreglo para la canción Llorando estoy y que la graba Boby Capó… Roberto Pérez Vázquez: Un gran pianista, impresionante. Tuvo un grupo que aún existe que se llama Los violines de Villafontana, al lado de Jorge Ortega”.
El Candilejas fue el primer Cabaret donde trabajó por recomendación de Luis Demetrio. Se llamaba así porque estaba de moda la canción que compuso Charles Chaplin, pero el trabajo duró muy poco tiempo porque el lugar no tenía en regla sus papeles. Francisco Nuñez, “un amigo al quien quise mucho, con todo mi amor lo recuerdo, me llevó al Pollito y ahí conocí a infinidad de artistas”, explica don Manzanero.
“A don Pedro Vargas lo conocí por Luis Demetrio. Era un hombre muy inteligente porque al compositor de moda, a ése le grababa. Lucho Gatica lo conozco porque yo era promotor de una compañía de música, EMI. Le grabé discos a La Sonora Santanera en la CBS Columbia, entrañables y adorables, los amo con toda mi alma, a Angélica María y tantos más”, rememora el compositor mientras mira la gran cantidad de fotos que hay sobre la pared.
Se detiene en la de Rubén Fuentes, “Este señor me dijo un día: Manzita, ahí está el estudio, haga usted lo que quiera”. Más fotos: “Jamás traté a Agustín Lara, pero era genial verlo llegar, con su saco rojo y pantalón color crema, su porrito o cigarro, y a darle al piano. A José Antonio Méndez si lo traté, era chiquito como yo, igual de negrito que yo, igual de afónico que yo pero tocaba su guitarra de manera celestial. Gracias a José Antonio Méndez fue que me atreví a grabar, porque cuando yo lo escuche con esa voz afónica pero con ese sentimiento tan suyo, tan cubano, yo dije: también puedo hacerlo. Una persona muy linda y preciosa, me dijo que me iba a grabar y no lo hizo, se fue antes a Cuba con el triunfo de la Revolución y no regresó más. Pero le aprendí mucho, la forma de armonizar y sobretodo que yo podía hablar de ciertos temas. A Freddy Noriega lo grabé, trabajé con él y fue una gran persona y lo admiré mucho, me gustaba su piano, cómo cantaba, su jazz, un músico muy avanzado para esa época y ése fue el problema, que su estilo no era muy popular”, añora el Maestro. 

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Si Almodóvar tiene sus mujeres, don Armando también, así ha grabado con Tania Libertad, Eugenia León, Guadalupe Pineda, Astrid Hadad, Susana Zabaleta, entre otras. Las mujeres no le son ajenas y los temas de ellas o sobre ellas menos, pero, siendo hombre de esfuerzo, confiesa: “La musa es algo que inventó quién sabe quién para justificar que un señor pueda realizar un trabajo de creación. No es cierto que el señor que va a pintar un cuadro, va a componer o va escribir un libro se inspire en musas. Ya naces con esa predisposición. Hoy por la mañana le dije a mi muchacho que me compusiera la televisión para ver un canal, porque para eso soy negado, en cambio para componer una canción, ésa me sale solita. Lo que sucede es que cuando uno tiene algo que decir y hay amor de por medio es muy fácil. Y a veces, más original”.
Y es que el amor no es cosa que él no conozca, lo disfruta y lo hace suyo, es así como explica que “los momentos más gratos que he tenido es cuando me encuentro con la señora que amo. No lo cambio por nada. Cuando estoy con ella no quiero saber absolutamente de nada”.
Pero no todo en la vida es amor. ¿Qué dice el Maestro cuando es la otra moneda: el sufrimiento? “El amor no se sufre, lo que pasa es que no puede ser toda la vida dulzura. Tiene sus momentos difíciles, de contrariedades y eso hace que uno no la pase muy bien pero tampoco, si un amor lo hace sufrir a usted y hace que usted la pase muy mal, ¡no chingue!, déjela porque en esta vida Dios nos puso para pasarla bien. Pero sufrimiento no, porque cuando uno decide amar a una gente usted ya sabe de lo que se trata. Además uno debe de tener la capacidad de que sí se está sufriendo o una persona te hace sufrir lo mejor es desecharla. ¡Cámbiela!”.
Las heridas de amor son un buen tema y además muy recurrente en las canciones mexicanas, para don Armando es claro que “todos pasamos por un mal momento. No conozco a ninguna persona que diga que todo es esplendor. Lo único que uno tiene que hacer es conseguir una balanza y en ella poner las cosas buenas y las cosas que no son muy buenas y por el lado que se vaya la balanza es la decisión que uno debe de tomar y una cosa que también recomiendo es no hay que ponerse las manos en el pecho y sentarse a llorar, hay que tomar una decisión y hay que poner los huevos de por medio”. 
Instantáneas Mexicanas quiere saber los secretos de un buen conquistador, el arte de seducir. Manzanero sin empacho responde: “Una mujer se conquista fácilmente. Hay que decirles sí a todo y dejarlas hablar. ‘Sí mi amor, sí mamacita, claro que sí, Sí mi vida, lo que tú quieras, Sí chiquita, se te ve muy bonito, Sí mi amor, cómpratelo’. Y sobre todo, teniendo la atención con ellas. A la mujer hay que atenderla, hay que cuidarla, ver por ella, como dice un dicho de Martín Urieta: No menospreciarla, porque a veces pensamos porque somos hombres podemos hacer y deshacer por fuera y podemos ser galanes y muy chingones y no nos damos cuenta que nosotros tenemos con ‘qué’ pero ellas tienen ‘por dónde’”. 

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Buen comedor, buen conversador, Manzanita confiesa sus gustos gastronómicos: “Me encanta la buena comida. Soy de Yucatán, entonces tengo mis guisos predilectos, pero amo la comida oaxaqueña. Para mí el Mole es el platillo más aristócrata que puede existir, en todas sus manifestaciones. Me gusta mucho la carne, no puedo vivir sin ella. La comida poblana me encanta. La comida china es única y devoro lo que me pongan enfrente”.
Hombre octagenario, con gusto comparte su conocimiento: “A los ochenta años uno ya aprende a que hay que saber esperar, cuándo retirarse. Depende mucho el poder de observación que tenga cada quien. Hay unos que llegan a los ochenta y siguen siendo unos pendejos como cuando tenían 20. Depende el tipo de gente. Yo he aprendido cuándo retirarme, cuándo esperar, a no hablar de más, he aprendido a ser correcto con la gente, a tener paciencia, a ser tolerante, cosa que le pido a Dios mucho. Una gran cantidad de cosas que se aprenden con la edad que yo tengo cuando se quiere aprender y, uno aprende a que uno nunca termina de aprender”.
Don Armando Manzanero lo ha visto casi todo, lo ha comido casi todo. Pero aún “le falta mucho que conocer”, como él dice, es por eso que viaja tanto, que trabaja tanto. Ahora mismo saldrá a París, tiene todo listo ya. Se despide de Instantáneas Mexicanas y deja una confesión más: “El éxito es algo que uno conoce cuando uno deja de tenerlo. Si uno se descuida puede ser momentáneo, efímero y si tienes poca calidad puede ser hasta pasajero, así que hay que seguir chambeando”.

*Fotografía de Luis Gómez Pichardo




sábado, 18 de octubre de 2014

Escritores. Héctor Aguilar Camín 1 de 3

Entrevista con Héctor Aguilar Camín, Parte 1 de 3

Los Aguilar y los Camín en los ojos del historiador 
Por Abraham Gorostieta

Adiós a los padres es la historia en la que Héctor Aguilar Camín concluye la indagación a su propio pasado que empezó de manera “formal” con la publicación de su novela El resplandor de la madera, hace 14 años. El historiador sostiene que “quien desee escribir la historia de su familia tiene que empezar por traicionarla: sacar a la luz los esqueletos ocultos y revelar sus secretos: no importa cuán bochornosos o descarnados sean”. 
Las relaciones entre los escritores y sus padres abarca varias generaciones, estilos y países. El padre de Jorge Luis Borges cuando se sintió en la enfermedad sin retorno, le pidió a su hijo que reescribiera su novela inédita. Críticos y biógrafos del argentino creen que su relato El congreso es la transformación de dicha novela. Una casa para el señor Biswas, es el extraordinario relato del escritor inglés de origen hindú V. S. Naipaul escribió sobre la muerte de su padre. Richard Ford es el biógrafo de su madre en el libro Mi madre, in memoriam. Philip Roth en Patrimonio, una historia verdadera narra la muerte de su padre. En todas las obras, son los hijos los que narran la historia de sus padres pero también la propia, no pueden escapar al espejo que se han puesto ante si mismos.
En el libro de Aguilar Camín hay una idea central que flota a lo largo de sus páginas. El historiador inglés Edward Gibbon explica que a pesar de lo avanzadas, igualitarias y civilizadoras que eran las leyes romanas, había una costumbre muy antigua que escapaba a toda ley y a toda razón: los padres gozan de poder sobre el destino de los hijos, no importa que tan sabio, ilustre, valiente o poderoso pueda llegar a ser el hijo, éste siempre se sujetara a los valores de la obediencia filial, incluso: “Lo que el hijo adquiere por su esfuerzo o su fortuna es o puede volverse, como el hijo mismo, propiedad del padre”, explica Gibbon.

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A Héctor Aguilar Camín todos en su oficina le dicen El Doctor. El escritor es una persona alta, quizá debido a que de joven jugó baloncesto en la selección de su colegio. Su madre es de origen cubano, los padres de su madre son de Asturias. El estudio de don Héctor es ascético. Hay un orden en todo que pide ser visto. No tiene el caos como el estudio dónde Monsiváis escribía o el universo de libros en desorden como el estudio de José Emilio Pacheco. No hay fotografías, ni medallas, ni jarrones como el estudio de Poniatowska. Hay una pequeña sala de sillones negros de piel, mesa al centro. “El Doctor siempre esta ocupado pero lo encuentras por las mañanas, a esas horas resuelve sus pendientes aquí… El Doctor es una excelente persona que esta pendiente de todo”, dice su secretaria.
Héctor Aguilar Camín nace en 1946 en Chetumal, Quintana Roo, justo en el sexenio de Miguel Alemán, cuándo la nación era muy joven y comenzaba lo que con el tiempo los historiadores llamarían “El milagro mexicano”.
Durante el gobierno de Alemán el anticomunismo era la bandera de todo político que quisiera figurar, incluso el propio Vicente Lombardo Toledano condenaba los paros laborales. Es el año en donde por decreto presidencial se crea la temible DFS que es la oficina de espionaje y “control político” del gobierno. En el campo, el presidente Alemán se proponía el aumento de la producción agrícola para ampliar exportaciones y sustituir importaciones. Pronto se reformó el artículo 27 de la Constitución, pues el Presidente creía que el buen desarrollo del campo sólo podía generarse a través de la inversión privada. Fue el sexenio de la fiebre aftosa que venía del sur y que trajo consigo “el rifle sanitario” con el cual se sacrificaron a más de 600 mil cabezas de ganado. En el sur del país, Quintana Roo era una tierra gobernada por un cacique que en sus años mozos fue ferrocarrilero y que como gobernador, fungiendo como presidente del Consejo de Administración de la Federación de Cooperativas, se creó, a petición suya, una sección maderera que vendió millones de pies de madera a la Freighber Mahogany Co. Los beneficios de esta operación no fueron recibidos ni por la cooperativa ni por la Federación.
De esos tiempos, el historiador Aguilar Camín recuerda:       

El Chetumal en el que yo nací no era parte del milagro mexicano. No había drenaje ni agua corriente. Yo me abrí una ceja corriendo por la zanja que cavaron para poner el drenaje. Había dos tipos de agua: Agua de pozo que olía a podrido y, Agua de lluvia que era muy delgada y dulce y que se almacenaba en unos toneles de madera ceñidos por flejes llamados curbatos que recibían el agua de lluvia del techo de las casas por unas canaletas de lámina. El pueblo tenía ocho calles por lado, todas de dos sentidos, con un camelloncito en medio. Recuerdo esas calles anchas y largas. No lo eran, lo son en mi memoria. De niño jugábamos kimbomba: era un juego hecho con palos de escoba. El palo chico tenía afiladas las puntas; con el palo grande pegabas en una de esas puntas. El palo chico saltaba y lo golpeabas en el aire. Ganaba el que hacía llegar más lejos el palo chico. Juego de pobres.

Entre otras cosas, al presidente Alemán mantenía el control político del aparato del Estado y quitaba y ponía gobernadores a su antojo, como lo hizo con el de Jalisco, Marcelino García Barragán, o el de Tamaulipas, Hugo Pedro González a quien le aplicaron el artículo 76 de la Constitución y así surgió la Desaparición de Poderes. También cayeron Juan M. Esponda, gobernador de Chiapas que vendía presidencias municipales; Edmundo Sánchez Cano, gobernador de Oaxaca. Blas Corral gobernador de Durango que se enfermó de muerte y presidencia pronto envió a alguien de su confianza. Ignacio Cepeda Dávila, gobernador de Coahuila se suicidó y su sustituto llegó del centro del país, también.
Pero otra historia era la de Margarito Ramírez Miranda, gobernador de Quintana Roo desde 1944 hasta 1958. Antes de esto había sido gobernador de Jalisco y antes 5 veces diputado y una vez senador. Héctor Aguilar Camín con la vista fija sobre la mesa de centro, recuerda sobre su pasado:

Yo nací durante el gobierno de Margarito Ramírez, un político jalisciense que gobernó 14 años Quintana Roo. Hubo una vez que no se apareció en Chetumal durante un año. Entonces, gobernaban sus segundos, en particular un hombre llamado Amezcua, personaje arbitrario y fornicario. Iba a matar a un tío mío, Abel Villanueva, que había conquistado el amor de una mujer que pretendía el propio Amezcua. Otro colaborador de Margarito, era Inocencio Ramírez Padilla, mató por la espalda a un rival político, Pedro Pérez. Es un crimen mitológico en Chetumal que mi madre contó mil veces. Yo lo cuento, imitando la narración de mi madre. Mi relato se llama “La noche que mataron a Pedro Pérez”. Esta en mi libro Pasado pendiente y otras historias conversadas.

Chetumal es una tierra tropical donde el calor parece que asfixia, dónde la belleza del trópico y la humedad de sus tierras pegadas al mar han creado una flora y fauna muy peculiares. También lo son sus lugareños, en su mayoría gente de campo con la piel quemada por el sol. “Un pueblo de vaqueros sin caballos” diría la madre de don Héctor, quién mira hacia sus adentros y explica: “Chetumal estaba en un mundo aparte por su propio derecho. Para llegar o salir en avión había que volar a Mérida, a Villahermosa, a Veracruz y a la Ciudad de México. El vuelo a la capital duraba todo el día. Por barco podían hacerse dos semanas a Veracruz. Por tierra no era posible ir o salir. Había una brecha a Mérida, impracticable en tiempos de lluvia, no había camino a Campeche o Villahermosa. Estaba la tienda de los Marrufo donde con el avión del mediodía llegaba el periódico Excélsior que aún olía a tinta. Llegaban también las tiras cómicas de El Fantasma”. Nuevamente, el Doctor fija su mirada al centro de la mesa y explica:

Tengo dos Chetumales en la cabeza, el que yo recuerdo y el que recuerdo de las historias que contaban mi madre y mi tía, Emma y Luisa Camín. El segundo es mejor que el primero. El Chetumal que recuerdo de las palabras de Emma y Luisa Camín es como una novela. Tienen personajes que dominan la escena, en particular los padres y los gobernantes, y luego muchas historias que son ramas del mismo árbol. El Chetumal que recuerdo por mi mismo esta nublado por un resplandor. Tiene un eco feliz pero recuerdo poco. La felicidad tiene mala memoria. Recuerdo mal mi infancia. Aparte del resplandor que lo baña todo, hay un patio con langostas vivas, una fiesta, una palmera al fondo de la casa.
Esta mi abuelo Camín que me daba al amanecer café con yemas. Mi padre llevando una serenata en la madrugada. Recuerdo sueños de travesías agónicas que hacen chirriar los dientes. Otros en los que avanzo a zancadas por los aires como el gato con botas. Recuerdo los berridos de un puerco que iban a destazar en el patio de mi casa. Recuerdo una mata de guaya en la casa vecina. Recuerdo el olor a talco inglés que había en la cercanía de mi madre y de mi abuela paterna. Pero la memoria más acabada de mi infancia es la de una desgracia: la noche de septiembre de 1955 en que el ciclón Janet destruye Chetumal. Lo demás son retazos.

En 1955 Chetumal era una población aislada en México sin las mínimas vías de comunicación. Existía una pequeña estación de radio, la XEQZ de Roque Salvatierra que la fundó en 1948. Ahí se anunciaba la peligrosidad del ciclón que se acercaba. El gobernador Margarito Ramírez avisaba a la población del peligro en carros con altoparlantes y advertía que la zona baja de Chetumal era muy peligrosa y que la gente debía salir de ahí ante la presencia del huracán.
El gobierno de Ramírez se limitó a enviar avisos a los habitantes de Mahaual y Xkalac, en dónde explicaba la fuerza del huracán que en el Caribe, ya había provocado 200 muertos. Días antes, el 19 de septiembre el huracán “Hilda” había golpeado el sur de Quintana Roo, que había pasado básicamente por el área de Felipe Carrillo Puerto provocando estragos muy ligeros en Chetumal. Así que los habitantes desestimaron la peligrosidad del Huracán “Janet” e incluso lo vieron más como un evento social.
El huracán llegó el 27 de septiembre en la noche, las aguas de la bahía de Chetumal se fueron alejando gradualmente de la costa –un fenómeno conocido como bajamar–, y en algún momento volvieron a toda velocidad durante el pleamar, es decir justo cuando el mar alcanzó su mayor altura, formando una enorme ola, los pobladores aseguran que fue de 10 metros de altura. La fuerza del huracán era de vientos que empujaban todo a su paso a 265 kilómetros por hora. El resultado oficial: 87 muertos, 49 de los cuales fueron niños, más decenas de desaparecidos.
Nuevamente la mirada del historiador esta perdida en los recuerdos, viendo hacia el tiempo:

Nosotros vivíamos en la parte baja del pueblo. El ciclón tuvo dos fases, en la segunda, luego de una calma chica que era el ojo del huracán, los vientos metieron el agua de la bahía. Para ese momento estábamos refugiados en la cocina de la casa, que era el único cuarto de cemento. El resto de la casa, toda de madera, había sido destruida por los airones de la primera fase. En la cocina estábamos los cuatro hermanos: Emma la mayor, de diez años, yo de nueve, Juan José de siete y Pilar de cinco. Nos cuidaban mi madre y mi tía, la nana y la cocinera. Mi abuelo Camín y mi tío Raúl habían cruzado durante la calma chica de sus casas vecinas a ver como estábamos. La cola del ciclón les impidió volver. El agua del mar empezó a entrar por la rendija debajo de la puerta, como si alguien la regara desde afuera. Y fue subiendo. Nos subieron a los niños a la mesa y la estufa. Cuando el agua les llegó a la cintura a los adultos, ellos subieron también a la mesa y a la estufa, con nosotros en brazos. El agua siguió subiendo, les llegó a los adultos al pecho y a nosotros, en sus brazos, a la cintura. Entonces la marea alta se detuvo y empezó a bajar, tal como vino, poco a poco. Al día siguiente el pueblo no era sino astillas y lodo. El ciclón Janet arrasó Chetumal la noche del 27 de septiembre de 1955.

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La voz del novelista es grave, no se permite suavizarla, solo en algunos momentos cuando habla sobre su madre, doña Emma y su tía doña Luisa. Al igual que la infancia de Mario Vargas Llosa, la infancia de Héctor Aguilar Camín estuvo marcada por universo femenino, así lo reconoce el propio Doctor: “Toda infancia es un mundo aparte, paradisiaco a su manera, el Chetumal que me marca es el que esta en los cuentos de mi madre y de mi tía. Creo que es el origen de mi vocación literaria”. Junta sus manos, mira a su interlocutor y suaviza la voz:

Recuerdo a mi madre y a mí tía en el centro de un sistema planetario de mujeres. Tienen el don de acercar a operarias, nanas y cocineras a su intimidad, lo mismo que a sus clientas y comadres. No les para la boca, ni a ellas ni a sus amigas. Con Guadalupe Rosas, mi primera suegra, podían conversar del desayuno a la merienda en un solo tranco. Lo mismo con Mercedes Alavés, la viuda de Pedro Pérez y con Amparo Valencia, mi madrina de Xkalac que decía: “No hay mal que no alivie una buena conversación”. Mi madre además era cantora. Cantaba a todas horas. Mi tía tenía lengua de gitana, se cuidaba de no maldecir porque sus maldiciones se cumplían. Una noche oyó en el silencio de los grillos de Chetumal dos disparos. Dijo: “Mataron a Pedro Pérez” y lo habían matado.

Después del huracán Janet la familia Aguilar Camín se muda a la ciudad de México. El padre de Héctor es acusado en Chetumal de un fraude, su abuelo paterno es el responsable y culpa a su propio hijo y lo despoja de sus bienes. El éxodo es doloroso para todos los miembros de la familia Aguilar Camín.
En 1955 murió la pintora Frida Kahlo. Andrés Iduarte, director de Bellas Artes dispuso que se le velara con honores en el vestíbulo del Palacio. Allí se congregó la plana mayor del comunismo mexicano. Diego Rivera no estaba seguro de que Frida estuviera muerta. “Me horroriza la idea de que todavía tenga actividad capilar, los bellos de la piel se le levantan”, decía, “me aterra la idea de cremarla así”. “Pero si es muy sencillo” respondió Rosa Castro, “que el doctor le abra las venas. Si no fluye sangre, esta muerta”. Allí mismo le cortaron la yugular al cadáver y salieron unas gotas. Esta es la ciudad de México en la que la familia Aguilar Camín llega. Madre y tía con la esperanza en sus corazones. El padre, derrotado por su propio padre.   
Pronto los niños del matrimonio ingresan en la escuela. La madre y su hermana abren una tienda de vestidos que ellas mismas fabrican y que han logrado con mucho sacrificio y dedicación. El negocio prosperaba pero pronto les es literalmente hurtada la felicidad. Las máquinas de coser y todo lo que había en la tienda les fue robado.  El niño Héctor resiente todos los cambios y pronto los manifiesta a través de un tic que hace que mueva su cabeza “como una maraca”, se gana en la escuela el apodo de El Loco:

Estaba medio loco. Tenía un tic que me hacia sacudir la cabeza como una maraca. Mi experiencia de la salida de Chetumal fue la de un derrumbe. Por un lado, el ciclón Janet destruyó el pueblo. Por el otro lado, mi padre naufragó en sus negocios madereros. La familia perdió todo: lo que tenía y lo que esperaba. Nos mudamos a la ciudad de México. Era el año de 1955. La capital era fría y anónima. En el pueblo éramos algo. En la ciudad nada. La quiebra de los negocios familiares quebró también la unidad de la familia. Mi padre peleó con su padre, mi madre y mi tía con el suyo. Crecimos sin abuelos, sin tíos, sin primos. No teníamos familia en la ciudad. Mi padre se va de la casa en 1959, cuando yo tengo 13 años. Reaparece en 1995, cuando yo tengo 49. Mi madre y mi tía ponen una casa de huéspedes y cosen sin parar. Su utopía de bolsillo es que los hijos estudien. Su lujo es conversar. Creo que mi hermano Luis Miguel y yo nos hicimos escritores colgados de ese lujo: la conversación de Emma y Luisa Camín. Eran un surtidor de historias de Chetumal y Cuba.

Su madre y su tía se reponen del atraco. No tenían otra opción. Deciden crear una casa de huéspedes que pronto la montan en la colonia Condesa, en las calles de Avenida México casi esquina con Sonora. Ahí el universo del niño Héctor cambia: “Era una casa de huéspedes y todos ellos más grandes que yo. A ellos debo mi iniciación sexual y libriesca. Paso todo tipo de personas en esa casa. Estudiantes del Poli, de la Universidad o de la Ibero. Sus historias paralelas y las de mis amigos del Patria formarían una novela. Uno de ellos hizo una carrera de don Juan, fronteriza con el crimen. Otro fue guerrillero. Otro hizo una exitosa carrera en la política. Otros dos en las letras, la diplomacia y la academia. Pasaron por esa casa dos hermanos sinaloenses, uno de los cuales terminó en el Ejército y otro en el narcotráfico. Supongo que esa casa es mi novela pendiente. Tiene ya la distancia temporal y el vaho mítico necesario en mi cabeza. Pero la verdad, no sé como contarla”.
La educación del niño y del adolescente Héctor es el Instituto Patria y después en la Universidad Iberoamericana, es decir, fue formado por jesuitas. El Doctor reconoce que la influencia fue demasiada, para bien. Sentado sobre su sillón utilizando uno de los brazos del pequeño sofá como respaldo y por el otro deja colgar sus pies, el escritor continúa su relato:

Estudié con los jesuitas de los 9 a los 21 años. Primero en El Patria, que lo amé y después en la Ibero, que la odié. El Patria fue para mí el lugar de los maestrillos aficionados al deporte. Yo jugué básquetbol en la selección de la escuela todo el bachillerato. Aquellos maestrillos jesuitas y los sacerdotes  cercanos al deporte eran todo menos confesionales. Jugaban y bebían con nosotros, castigaban con una sonrisa escondida nuestras fugas a lo prohibido. En una ocasión, de gira estudiantil por Tampico, nos escurrimos una noche al congal canónico del puerto, que se llamaba Pepe’s. Los jesuitas nos descubrieron y nos castigaron el resto del viaje. Nos castigaron por la ida al congal pero sobretodo porque al día siguiente de nuestra escapada, jugamos tan mal en Tampico, que nos dieron una paliza.

El instituto Patria cerró sus puertas. La mayoría de los jesuitas que educaban ahí sintieron el llamado “revolucionario” y se volcaron al pueblo. El doctor afirma: “se radicalizaron y se subieron a la revolución, a la pastoral de los pobres. Algunos a la lucha armada. Yo supongo que fue también en el Patria donde bebí mis primeras lecciones de indignación y solidaridad social: el origen de mi viaje a la izquierda”, hace una breve pausa y concluye: “De un maestro jesuita escuché este dicho: ‘Educación es lo que queda después de que se te ha olvidado todo’. Lo que queda en mí del Patria es sinónimo de camaradería y libertad”.
            Héctor Aguilar Camín estudia Ciencias de la Comunicación en la Ibero, en ese entonces una universidad muy conservadora. El doctor explica: “Según yo estaba dominada por los jesuitas conservadores, muy preocupados de las relaciones amorosas de los alumnos. Muy intervencionistas. Había en la Ibero de mis tiempos, a principios de los sesentas, un toque de escuela confesional que a mí me fastidiaba. Se rezaba el Angellus todas las tardes a las cinco”.

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En 1995 se reencuentra con su padre, don Héctor Aguilar: “Cuando lo encontré, luego de treinta años de no verlo, no lo reconocí”, confiesa el escritor, en ocasiones, casi imperceptibles su voz se apaga. Durante cinco años el escritor conversa con su padre, tenía una necesidad de entender su pasado y comprender el abandono del padre. Las charlas dieron material suficiente y en 2000 nace la novela El resplandor de la madera  que es la historia familiar vista desde el lado del padre. Es la historia del despojo, de la traición, de la eterna obediencia filial que Gibbon explica en ensayos.
            El doctor dibuja una estampa sobre su padre y los últimos 15 años con él:

Estaba solo como un hongo en el mundo. Lo acompañé sus últimos años. Murió rodeado y querido por la familia de la mujer que lo cuidaba, Rita Tenorio, el ángel de la guarda de su vejez. Ya muerto, en unos papeles que dejó con Rita, me dio la última sorpresa: el texto de una lápida que había firmado años atrás para su segunda mujer, una adivina muy conocida en la ciudad de México de los años sesenta del siglo pasado, Nelly Mulley. El texto que puso en la lápida hizo girar ciento ochenta grados mi versión de su vida.

El historiador se ha acomodado nuevamente en su sillón. Se levanta, se prepara y se sirve un café y sentencia: “Mi padre fue siempre un misterio para mí. En el fondo, quizá todos los padres lo son: son nuestros dioses familiares, nunca alcanzamos a verlos en su sencilla condición humana”.
No somos la historia que vivimos, somos la historia que recordamos. Escritores de todos los tiempos han tratado de escudriñar en su propio pasado para entenderse en su presente. Gorki escribió La Madre; Franz Kafka relató la difícil relación con su padre en el libro, Carta a mi padre. Una muerte muy dulce de Beauvoir es una hermosa narración de amor hacia los progenitores. El libro de mi madre de René Avilés destaca por su honestidad para ver a los padres y dimensionarlos en la medida que le es posible al escritor que a la vez es hijo también. Héctor Aguilar Camín, en Adiós a los padres, se explica su pasado, trata de entender los motivos de Don Lupe, su abuelo paterno, los de su padre, Héctor, los de su madre y su tía, Emma y Luisa, los de su abuelo materno, don Camín.
Juan José Millas tiene una muy buena novela que se llama Dos mujeres en Praga. Arranca de esta manera: Aparece un aviso de ocasión en un periódico que dice: Usted pone la vida, nosotros hacemos su novela. Lo que nos propone Juan José es que todos merecemos una novela sobre nuestras vidas y como no las podemos tener entonces encontramos espejos de nuestras vidas en diferentes novelas y a veces nos hacen sentir y ver en que capitulo vamos de nuestras propias vidas. Cuáles son los obstáculos que estamos temiendo para verdaderamente encontrarnos en la complejidad de los que somos con los conflictos que tenemos pero también con una idea de que la vida es más interesante y asombrosa de lo que imaginamos. El Doctor esta por terminarse su café:

Una de las grandes novelas cortas de Tolstoi, La sonata a Kreutzer, es una historia conversada, es decir, una historia que alguien cuenta durante una conversación con otro. Yo lo que hice fue usar ese mecanismo de las historias conversadas para dar salida a cosas que me habían sucedido, como si dijéramos, a medias, y que requerían, por decir así, una terminación. Si estuviéramos hablando de albañilería, diríamos que esas historias les faltaba el acabado, estaban en obra negra. Las nociones de albañilería, obra negra y acabado le quedan bien al proceso de escribir ficción. Escribir ficción es como construir una casa invisible, una casa de palabras construida con las propias manos. Flaubert era un albañil talentoso que se martirizaba con la imperfección de sus acabados.


Concluye.