sábado, 18 de octubre de 2014

Escritores. Héctor Aguilar Camín 1 de 3

Entrevista con Héctor Aguilar Camín, Parte 1 de 3

Los Aguilar y los Camín en los ojos del historiador 
Por Abraham Gorostieta

Adiós a los padres es la historia en la que Héctor Aguilar Camín concluye la indagación a su propio pasado que empezó de manera “formal” con la publicación de su novela El resplandor de la madera, hace 14 años. El historiador sostiene que “quien desee escribir la historia de su familia tiene que empezar por traicionarla: sacar a la luz los esqueletos ocultos y revelar sus secretos: no importa cuán bochornosos o descarnados sean”. 
Las relaciones entre los escritores y sus padres abarca varias generaciones, estilos y países. El padre de Jorge Luis Borges cuando se sintió en la enfermedad sin retorno, le pidió a su hijo que reescribiera su novela inédita. Críticos y biógrafos del argentino creen que su relato El congreso es la transformación de dicha novela. Una casa para el señor Biswas, es el extraordinario relato del escritor inglés de origen hindú V. S. Naipaul escribió sobre la muerte de su padre. Richard Ford es el biógrafo de su madre en el libro Mi madre, in memoriam. Philip Roth en Patrimonio, una historia verdadera narra la muerte de su padre. En todas las obras, son los hijos los que narran la historia de sus padres pero también la propia, no pueden escapar al espejo que se han puesto ante si mismos.
En el libro de Aguilar Camín hay una idea central que flota a lo largo de sus páginas. El historiador inglés Edward Gibbon explica que a pesar de lo avanzadas, igualitarias y civilizadoras que eran las leyes romanas, había una costumbre muy antigua que escapaba a toda ley y a toda razón: los padres gozan de poder sobre el destino de los hijos, no importa que tan sabio, ilustre, valiente o poderoso pueda llegar a ser el hijo, éste siempre se sujetara a los valores de la obediencia filial, incluso: “Lo que el hijo adquiere por su esfuerzo o su fortuna es o puede volverse, como el hijo mismo, propiedad del padre”, explica Gibbon.

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A Héctor Aguilar Camín todos en su oficina le dicen El Doctor. El escritor es una persona alta, quizá debido a que de joven jugó baloncesto en la selección de su colegio. Su madre es de origen cubano, los padres de su madre son de Asturias. El estudio de don Héctor es ascético. Hay un orden en todo que pide ser visto. No tiene el caos como el estudio dónde Monsiváis escribía o el universo de libros en desorden como el estudio de José Emilio Pacheco. No hay fotografías, ni medallas, ni jarrones como el estudio de Poniatowska. Hay una pequeña sala de sillones negros de piel, mesa al centro. “El Doctor siempre esta ocupado pero lo encuentras por las mañanas, a esas horas resuelve sus pendientes aquí… El Doctor es una excelente persona que esta pendiente de todo”, dice su secretaria.
Héctor Aguilar Camín nace en 1946 en Chetumal, Quintana Roo, justo en el sexenio de Miguel Alemán, cuándo la nación era muy joven y comenzaba lo que con el tiempo los historiadores llamarían “El milagro mexicano”.
Durante el gobierno de Alemán el anticomunismo era la bandera de todo político que quisiera figurar, incluso el propio Vicente Lombardo Toledano condenaba los paros laborales. Es el año en donde por decreto presidencial se crea la temible DFS que es la oficina de espionaje y “control político” del gobierno. En el campo, el presidente Alemán se proponía el aumento de la producción agrícola para ampliar exportaciones y sustituir importaciones. Pronto se reformó el artículo 27 de la Constitución, pues el Presidente creía que el buen desarrollo del campo sólo podía generarse a través de la inversión privada. Fue el sexenio de la fiebre aftosa que venía del sur y que trajo consigo “el rifle sanitario” con el cual se sacrificaron a más de 600 mil cabezas de ganado. En el sur del país, Quintana Roo era una tierra gobernada por un cacique que en sus años mozos fue ferrocarrilero y que como gobernador, fungiendo como presidente del Consejo de Administración de la Federación de Cooperativas, se creó, a petición suya, una sección maderera que vendió millones de pies de madera a la Freighber Mahogany Co. Los beneficios de esta operación no fueron recibidos ni por la cooperativa ni por la Federación.
De esos tiempos, el historiador Aguilar Camín recuerda:       

El Chetumal en el que yo nací no era parte del milagro mexicano. No había drenaje ni agua corriente. Yo me abrí una ceja corriendo por la zanja que cavaron para poner el drenaje. Había dos tipos de agua: Agua de pozo que olía a podrido y, Agua de lluvia que era muy delgada y dulce y que se almacenaba en unos toneles de madera ceñidos por flejes llamados curbatos que recibían el agua de lluvia del techo de las casas por unas canaletas de lámina. El pueblo tenía ocho calles por lado, todas de dos sentidos, con un camelloncito en medio. Recuerdo esas calles anchas y largas. No lo eran, lo son en mi memoria. De niño jugábamos kimbomba: era un juego hecho con palos de escoba. El palo chico tenía afiladas las puntas; con el palo grande pegabas en una de esas puntas. El palo chico saltaba y lo golpeabas en el aire. Ganaba el que hacía llegar más lejos el palo chico. Juego de pobres.

Entre otras cosas, al presidente Alemán mantenía el control político del aparato del Estado y quitaba y ponía gobernadores a su antojo, como lo hizo con el de Jalisco, Marcelino García Barragán, o el de Tamaulipas, Hugo Pedro González a quien le aplicaron el artículo 76 de la Constitución y así surgió la Desaparición de Poderes. También cayeron Juan M. Esponda, gobernador de Chiapas que vendía presidencias municipales; Edmundo Sánchez Cano, gobernador de Oaxaca. Blas Corral gobernador de Durango que se enfermó de muerte y presidencia pronto envió a alguien de su confianza. Ignacio Cepeda Dávila, gobernador de Coahuila se suicidó y su sustituto llegó del centro del país, también.
Pero otra historia era la de Margarito Ramírez Miranda, gobernador de Quintana Roo desde 1944 hasta 1958. Antes de esto había sido gobernador de Jalisco y antes 5 veces diputado y una vez senador. Héctor Aguilar Camín con la vista fija sobre la mesa de centro, recuerda sobre su pasado:

Yo nací durante el gobierno de Margarito Ramírez, un político jalisciense que gobernó 14 años Quintana Roo. Hubo una vez que no se apareció en Chetumal durante un año. Entonces, gobernaban sus segundos, en particular un hombre llamado Amezcua, personaje arbitrario y fornicario. Iba a matar a un tío mío, Abel Villanueva, que había conquistado el amor de una mujer que pretendía el propio Amezcua. Otro colaborador de Margarito, era Inocencio Ramírez Padilla, mató por la espalda a un rival político, Pedro Pérez. Es un crimen mitológico en Chetumal que mi madre contó mil veces. Yo lo cuento, imitando la narración de mi madre. Mi relato se llama “La noche que mataron a Pedro Pérez”. Esta en mi libro Pasado pendiente y otras historias conversadas.

Chetumal es una tierra tropical donde el calor parece que asfixia, dónde la belleza del trópico y la humedad de sus tierras pegadas al mar han creado una flora y fauna muy peculiares. También lo son sus lugareños, en su mayoría gente de campo con la piel quemada por el sol. “Un pueblo de vaqueros sin caballos” diría la madre de don Héctor, quién mira hacia sus adentros y explica: “Chetumal estaba en un mundo aparte por su propio derecho. Para llegar o salir en avión había que volar a Mérida, a Villahermosa, a Veracruz y a la Ciudad de México. El vuelo a la capital duraba todo el día. Por barco podían hacerse dos semanas a Veracruz. Por tierra no era posible ir o salir. Había una brecha a Mérida, impracticable en tiempos de lluvia, no había camino a Campeche o Villahermosa. Estaba la tienda de los Marrufo donde con el avión del mediodía llegaba el periódico Excélsior que aún olía a tinta. Llegaban también las tiras cómicas de El Fantasma”. Nuevamente, el Doctor fija su mirada al centro de la mesa y explica:

Tengo dos Chetumales en la cabeza, el que yo recuerdo y el que recuerdo de las historias que contaban mi madre y mi tía, Emma y Luisa Camín. El segundo es mejor que el primero. El Chetumal que recuerdo de las palabras de Emma y Luisa Camín es como una novela. Tienen personajes que dominan la escena, en particular los padres y los gobernantes, y luego muchas historias que son ramas del mismo árbol. El Chetumal que recuerdo por mi mismo esta nublado por un resplandor. Tiene un eco feliz pero recuerdo poco. La felicidad tiene mala memoria. Recuerdo mal mi infancia. Aparte del resplandor que lo baña todo, hay un patio con langostas vivas, una fiesta, una palmera al fondo de la casa.
Esta mi abuelo Camín que me daba al amanecer café con yemas. Mi padre llevando una serenata en la madrugada. Recuerdo sueños de travesías agónicas que hacen chirriar los dientes. Otros en los que avanzo a zancadas por los aires como el gato con botas. Recuerdo los berridos de un puerco que iban a destazar en el patio de mi casa. Recuerdo una mata de guaya en la casa vecina. Recuerdo el olor a talco inglés que había en la cercanía de mi madre y de mi abuela paterna. Pero la memoria más acabada de mi infancia es la de una desgracia: la noche de septiembre de 1955 en que el ciclón Janet destruye Chetumal. Lo demás son retazos.

En 1955 Chetumal era una población aislada en México sin las mínimas vías de comunicación. Existía una pequeña estación de radio, la XEQZ de Roque Salvatierra que la fundó en 1948. Ahí se anunciaba la peligrosidad del ciclón que se acercaba. El gobernador Margarito Ramírez avisaba a la población del peligro en carros con altoparlantes y advertía que la zona baja de Chetumal era muy peligrosa y que la gente debía salir de ahí ante la presencia del huracán.
El gobierno de Ramírez se limitó a enviar avisos a los habitantes de Mahaual y Xkalac, en dónde explicaba la fuerza del huracán que en el Caribe, ya había provocado 200 muertos. Días antes, el 19 de septiembre el huracán “Hilda” había golpeado el sur de Quintana Roo, que había pasado básicamente por el área de Felipe Carrillo Puerto provocando estragos muy ligeros en Chetumal. Así que los habitantes desestimaron la peligrosidad del Huracán “Janet” e incluso lo vieron más como un evento social.
El huracán llegó el 27 de septiembre en la noche, las aguas de la bahía de Chetumal se fueron alejando gradualmente de la costa –un fenómeno conocido como bajamar–, y en algún momento volvieron a toda velocidad durante el pleamar, es decir justo cuando el mar alcanzó su mayor altura, formando una enorme ola, los pobladores aseguran que fue de 10 metros de altura. La fuerza del huracán era de vientos que empujaban todo a su paso a 265 kilómetros por hora. El resultado oficial: 87 muertos, 49 de los cuales fueron niños, más decenas de desaparecidos.
Nuevamente la mirada del historiador esta perdida en los recuerdos, viendo hacia el tiempo:

Nosotros vivíamos en la parte baja del pueblo. El ciclón tuvo dos fases, en la segunda, luego de una calma chica que era el ojo del huracán, los vientos metieron el agua de la bahía. Para ese momento estábamos refugiados en la cocina de la casa, que era el único cuarto de cemento. El resto de la casa, toda de madera, había sido destruida por los airones de la primera fase. En la cocina estábamos los cuatro hermanos: Emma la mayor, de diez años, yo de nueve, Juan José de siete y Pilar de cinco. Nos cuidaban mi madre y mi tía, la nana y la cocinera. Mi abuelo Camín y mi tío Raúl habían cruzado durante la calma chica de sus casas vecinas a ver como estábamos. La cola del ciclón les impidió volver. El agua del mar empezó a entrar por la rendija debajo de la puerta, como si alguien la regara desde afuera. Y fue subiendo. Nos subieron a los niños a la mesa y la estufa. Cuando el agua les llegó a la cintura a los adultos, ellos subieron también a la mesa y a la estufa, con nosotros en brazos. El agua siguió subiendo, les llegó a los adultos al pecho y a nosotros, en sus brazos, a la cintura. Entonces la marea alta se detuvo y empezó a bajar, tal como vino, poco a poco. Al día siguiente el pueblo no era sino astillas y lodo. El ciclón Janet arrasó Chetumal la noche del 27 de septiembre de 1955.

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La voz del novelista es grave, no se permite suavizarla, solo en algunos momentos cuando habla sobre su madre, doña Emma y su tía doña Luisa. Al igual que la infancia de Mario Vargas Llosa, la infancia de Héctor Aguilar Camín estuvo marcada por universo femenino, así lo reconoce el propio Doctor: “Toda infancia es un mundo aparte, paradisiaco a su manera, el Chetumal que me marca es el que esta en los cuentos de mi madre y de mi tía. Creo que es el origen de mi vocación literaria”. Junta sus manos, mira a su interlocutor y suaviza la voz:

Recuerdo a mi madre y a mí tía en el centro de un sistema planetario de mujeres. Tienen el don de acercar a operarias, nanas y cocineras a su intimidad, lo mismo que a sus clientas y comadres. No les para la boca, ni a ellas ni a sus amigas. Con Guadalupe Rosas, mi primera suegra, podían conversar del desayuno a la merienda en un solo tranco. Lo mismo con Mercedes Alavés, la viuda de Pedro Pérez y con Amparo Valencia, mi madrina de Xkalac que decía: “No hay mal que no alivie una buena conversación”. Mi madre además era cantora. Cantaba a todas horas. Mi tía tenía lengua de gitana, se cuidaba de no maldecir porque sus maldiciones se cumplían. Una noche oyó en el silencio de los grillos de Chetumal dos disparos. Dijo: “Mataron a Pedro Pérez” y lo habían matado.

Después del huracán Janet la familia Aguilar Camín se muda a la ciudad de México. El padre de Héctor es acusado en Chetumal de un fraude, su abuelo paterno es el responsable y culpa a su propio hijo y lo despoja de sus bienes. El éxodo es doloroso para todos los miembros de la familia Aguilar Camín.
En 1955 murió la pintora Frida Kahlo. Andrés Iduarte, director de Bellas Artes dispuso que se le velara con honores en el vestíbulo del Palacio. Allí se congregó la plana mayor del comunismo mexicano. Diego Rivera no estaba seguro de que Frida estuviera muerta. “Me horroriza la idea de que todavía tenga actividad capilar, los bellos de la piel se le levantan”, decía, “me aterra la idea de cremarla así”. “Pero si es muy sencillo” respondió Rosa Castro, “que el doctor le abra las venas. Si no fluye sangre, esta muerta”. Allí mismo le cortaron la yugular al cadáver y salieron unas gotas. Esta es la ciudad de México en la que la familia Aguilar Camín llega. Madre y tía con la esperanza en sus corazones. El padre, derrotado por su propio padre.   
Pronto los niños del matrimonio ingresan en la escuela. La madre y su hermana abren una tienda de vestidos que ellas mismas fabrican y que han logrado con mucho sacrificio y dedicación. El negocio prosperaba pero pronto les es literalmente hurtada la felicidad. Las máquinas de coser y todo lo que había en la tienda les fue robado.  El niño Héctor resiente todos los cambios y pronto los manifiesta a través de un tic que hace que mueva su cabeza “como una maraca”, se gana en la escuela el apodo de El Loco:

Estaba medio loco. Tenía un tic que me hacia sacudir la cabeza como una maraca. Mi experiencia de la salida de Chetumal fue la de un derrumbe. Por un lado, el ciclón Janet destruyó el pueblo. Por el otro lado, mi padre naufragó en sus negocios madereros. La familia perdió todo: lo que tenía y lo que esperaba. Nos mudamos a la ciudad de México. Era el año de 1955. La capital era fría y anónima. En el pueblo éramos algo. En la ciudad nada. La quiebra de los negocios familiares quebró también la unidad de la familia. Mi padre peleó con su padre, mi madre y mi tía con el suyo. Crecimos sin abuelos, sin tíos, sin primos. No teníamos familia en la ciudad. Mi padre se va de la casa en 1959, cuando yo tengo 13 años. Reaparece en 1995, cuando yo tengo 49. Mi madre y mi tía ponen una casa de huéspedes y cosen sin parar. Su utopía de bolsillo es que los hijos estudien. Su lujo es conversar. Creo que mi hermano Luis Miguel y yo nos hicimos escritores colgados de ese lujo: la conversación de Emma y Luisa Camín. Eran un surtidor de historias de Chetumal y Cuba.

Su madre y su tía se reponen del atraco. No tenían otra opción. Deciden crear una casa de huéspedes que pronto la montan en la colonia Condesa, en las calles de Avenida México casi esquina con Sonora. Ahí el universo del niño Héctor cambia: “Era una casa de huéspedes y todos ellos más grandes que yo. A ellos debo mi iniciación sexual y libriesca. Paso todo tipo de personas en esa casa. Estudiantes del Poli, de la Universidad o de la Ibero. Sus historias paralelas y las de mis amigos del Patria formarían una novela. Uno de ellos hizo una carrera de don Juan, fronteriza con el crimen. Otro fue guerrillero. Otro hizo una exitosa carrera en la política. Otros dos en las letras, la diplomacia y la academia. Pasaron por esa casa dos hermanos sinaloenses, uno de los cuales terminó en el Ejército y otro en el narcotráfico. Supongo que esa casa es mi novela pendiente. Tiene ya la distancia temporal y el vaho mítico necesario en mi cabeza. Pero la verdad, no sé como contarla”.
La educación del niño y del adolescente Héctor es el Instituto Patria y después en la Universidad Iberoamericana, es decir, fue formado por jesuitas. El Doctor reconoce que la influencia fue demasiada, para bien. Sentado sobre su sillón utilizando uno de los brazos del pequeño sofá como respaldo y por el otro deja colgar sus pies, el escritor continúa su relato:

Estudié con los jesuitas de los 9 a los 21 años. Primero en El Patria, que lo amé y después en la Ibero, que la odié. El Patria fue para mí el lugar de los maestrillos aficionados al deporte. Yo jugué básquetbol en la selección de la escuela todo el bachillerato. Aquellos maestrillos jesuitas y los sacerdotes  cercanos al deporte eran todo menos confesionales. Jugaban y bebían con nosotros, castigaban con una sonrisa escondida nuestras fugas a lo prohibido. En una ocasión, de gira estudiantil por Tampico, nos escurrimos una noche al congal canónico del puerto, que se llamaba Pepe’s. Los jesuitas nos descubrieron y nos castigaron el resto del viaje. Nos castigaron por la ida al congal pero sobretodo porque al día siguiente de nuestra escapada, jugamos tan mal en Tampico, que nos dieron una paliza.

El instituto Patria cerró sus puertas. La mayoría de los jesuitas que educaban ahí sintieron el llamado “revolucionario” y se volcaron al pueblo. El doctor afirma: “se radicalizaron y se subieron a la revolución, a la pastoral de los pobres. Algunos a la lucha armada. Yo supongo que fue también en el Patria donde bebí mis primeras lecciones de indignación y solidaridad social: el origen de mi viaje a la izquierda”, hace una breve pausa y concluye: “De un maestro jesuita escuché este dicho: ‘Educación es lo que queda después de que se te ha olvidado todo’. Lo que queda en mí del Patria es sinónimo de camaradería y libertad”.
            Héctor Aguilar Camín estudia Ciencias de la Comunicación en la Ibero, en ese entonces una universidad muy conservadora. El doctor explica: “Según yo estaba dominada por los jesuitas conservadores, muy preocupados de las relaciones amorosas de los alumnos. Muy intervencionistas. Había en la Ibero de mis tiempos, a principios de los sesentas, un toque de escuela confesional que a mí me fastidiaba. Se rezaba el Angellus todas las tardes a las cinco”.

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En 1995 se reencuentra con su padre, don Héctor Aguilar: “Cuando lo encontré, luego de treinta años de no verlo, no lo reconocí”, confiesa el escritor, en ocasiones, casi imperceptibles su voz se apaga. Durante cinco años el escritor conversa con su padre, tenía una necesidad de entender su pasado y comprender el abandono del padre. Las charlas dieron material suficiente y en 2000 nace la novela El resplandor de la madera  que es la historia familiar vista desde el lado del padre. Es la historia del despojo, de la traición, de la eterna obediencia filial que Gibbon explica en ensayos.
            El doctor dibuja una estampa sobre su padre y los últimos 15 años con él:

Estaba solo como un hongo en el mundo. Lo acompañé sus últimos años. Murió rodeado y querido por la familia de la mujer que lo cuidaba, Rita Tenorio, el ángel de la guarda de su vejez. Ya muerto, en unos papeles que dejó con Rita, me dio la última sorpresa: el texto de una lápida que había firmado años atrás para su segunda mujer, una adivina muy conocida en la ciudad de México de los años sesenta del siglo pasado, Nelly Mulley. El texto que puso en la lápida hizo girar ciento ochenta grados mi versión de su vida.

El historiador se ha acomodado nuevamente en su sillón. Se levanta, se prepara y se sirve un café y sentencia: “Mi padre fue siempre un misterio para mí. En el fondo, quizá todos los padres lo son: son nuestros dioses familiares, nunca alcanzamos a verlos en su sencilla condición humana”.
No somos la historia que vivimos, somos la historia que recordamos. Escritores de todos los tiempos han tratado de escudriñar en su propio pasado para entenderse en su presente. Gorki escribió La Madre; Franz Kafka relató la difícil relación con su padre en el libro, Carta a mi padre. Una muerte muy dulce de Beauvoir es una hermosa narración de amor hacia los progenitores. El libro de mi madre de René Avilés destaca por su honestidad para ver a los padres y dimensionarlos en la medida que le es posible al escritor que a la vez es hijo también. Héctor Aguilar Camín, en Adiós a los padres, se explica su pasado, trata de entender los motivos de Don Lupe, su abuelo paterno, los de su padre, Héctor, los de su madre y su tía, Emma y Luisa, los de su abuelo materno, don Camín.
Juan José Millas tiene una muy buena novela que se llama Dos mujeres en Praga. Arranca de esta manera: Aparece un aviso de ocasión en un periódico que dice: Usted pone la vida, nosotros hacemos su novela. Lo que nos propone Juan José es que todos merecemos una novela sobre nuestras vidas y como no las podemos tener entonces encontramos espejos de nuestras vidas en diferentes novelas y a veces nos hacen sentir y ver en que capitulo vamos de nuestras propias vidas. Cuáles son los obstáculos que estamos temiendo para verdaderamente encontrarnos en la complejidad de los que somos con los conflictos que tenemos pero también con una idea de que la vida es más interesante y asombrosa de lo que imaginamos. El Doctor esta por terminarse su café:

Una de las grandes novelas cortas de Tolstoi, La sonata a Kreutzer, es una historia conversada, es decir, una historia que alguien cuenta durante una conversación con otro. Yo lo que hice fue usar ese mecanismo de las historias conversadas para dar salida a cosas que me habían sucedido, como si dijéramos, a medias, y que requerían, por decir así, una terminación. Si estuviéramos hablando de albañilería, diríamos que esas historias les faltaba el acabado, estaban en obra negra. Las nociones de albañilería, obra negra y acabado le quedan bien al proceso de escribir ficción. Escribir ficción es como construir una casa invisible, una casa de palabras construida con las propias manos. Flaubert era un albañil talentoso que se martirizaba con la imperfección de sus acabados.


Concluye.










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