jueves, 10 de enero de 2013

Libros. Gödel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid


Douglas Hofstadter

Abraham Gorostieta

 

 

Un niño en la Universidad

 

En 1979 el filósofo, matemático y académico Douglas Hofstadter publicó el libro Gödel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid,  y rápidamente ganó el Premio Pulitzer de ensayo, un año después. La idea del libro es explorar la naturaleza de la conciencia humana a lo largo de su historia.

Graduado en 1975 como matemático en la Universidad de Stanford y doctor en física por la Universidad de Oregon se integró al equipo del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto de Tecnología de Massachusetts donde actualmente es titular de la cátedra de ciencias cognitivas en la Universidad de Míchigan. A la vez es profesor universitario de Ciencias Cognitivas e Informáticas; profesor adjunto de Historia y Filosofía de la Ciencia, Filosofía, de literatura comparada, y de psicología en la Universidad Bloomington de Indiana, donde dirige el centro para la investigación sobre conceptos y cognición.

Su padre fue Robert Hofstadter –Premio Nobel de Física en 1961-, un académico de la Universidad de Stanford, por lo tanto, siendo un niño, Douglas estuvo en contacto con gente muy interesante y así le llego la adolescencia y juventud.

Su libro es punto de referencia para los jóvenes que desean acercarse a la ciencia y ejercerla de forma profesional.

 

En las sierras de Puebla.

 

Pahuatlán es un pueblo pintoresco, ideal para irse de mochila al hombro. Sobre todo en domingos, día del mercado en donde sus pobladores extienden a lo largo de sus calles lo que produce esta tierra fértil. Abunda el grano de café, el aguacate, el tabaco y el papel amate. Pueblo de raíces Nahua, Otomí y Totonacá en donde coexisten con cierto sincretismo. A finales de la década de los ochenta el pueblo no era tan frecuentado como ahora. Sus primeros visitantes fueron los periodistas fundadores de El Financiero José Martínez y Víctor Roura que fueron seducidos por los paisajes que ofrece el lugar. Al poco tiempo, Roura popularizó el pueblito entre los cuates y pronto el lugar se lleno de reporteros de La Jornada, El Financiero, Proceso. Ahora el lugar es visitado por jóvenes estudiantes. En su mayoría mochileros. Y ha sido una grata sorpresa ver bajo el brazo de ocho jóvenes el libro de Hofstadter, quizá seducidos por la manera en que el filósofo mezcla la experiencia de los genios de Bach, Escher y Gödel.

 

Johann Sebastian Bach

 

Cómo suele sucederle a grandes personajes de La Historia, a Johann S. Bach nadie lo entendía. En su época pocas personas escuchaban la música que componía Bach, incluso después de su muerte fue prácticamente olvidado pues no era considerado un  músico virtuoso. Sólo Beethoven decía que Bach era el gran padre de la armonía.

Con el paso de los años, la cultura mundial empezó a darse cuenta del enorme peso específico de la genialidad de Bach pues convirtió a la música en una forma de expresión profunda. Una de las formas musicales en la época de Bach y que él desarrollo de forma única es la fuga. La fuga es un fragmento de una pieza musical en donde se ofrece un tema y después ese tema es acompañado por otros temas iguales o parecidos. Es decir, partir de una idea y de manera natural las notas se van adaptando a las circunstancias de la pieza original, la cual termina de una forma diferente. Construir una fuga es muy complicado. Cada una de las voces (cada voz es una melodía generalmente tocada por un instrumento) debe ser por sí misma atractiva. Cada una de estás voces es diferente a las demás y al mismo tiempo es armónica.

De todas las formas musicales la fuga es la más compleja por su dificultad al construirla. La mayoría de las fugas tienen dos o tres voces que están chocando armónicamente una con otra. Bach llego a construir fugas con cuatro, cinco o seis voces. Piezas increíblemente complejas. Desde hace por lo menos 200 años, ya no hay fugas en la música moderna. Desde entonces nadie tiene el talento de construirlas pues una fuga es más que la simple suma de las melodías que suma.  

 

Kurt Gödel

 

Personaje extraordinario en todos los sentidos. El trabajo de Gödel ha tenido un inmenso impacto en el pensamiento científico y filosófico del siglo XX pues sus trabajos en las ciencias de la Lógica y las Matemáticas son muy importantes y fundamentales. Para darnos una idea del genio de Gödel, en la última década de su vida realizaba estudios para el Centro de Estudios Avanzados de Princeton y su vecino de cubículo era nada menos que Albert Einstein, con quien hizo una gran amistad. A los 18 años entró a la universidad de Viena, y pronto se destacó en las ciencias de las matemáticas. Inicialmente quería estudiar física teórica aunque terminó estudiando filosofía y matemáticas.

Recordemos que la realidad funciona de manera lógica, lo cual significa que el funcionamiento de la realidad que percibimos depende de reglas estables que son accesibles a la inteligencia humana. El estudio de las matemáticas con una orientación filosófica es por lo tanto el estudio de la naturaleza de la lógica misma. De las bases de por las cuales esta fundamentada la funcionalidad del universo. Gödel se pone a trabajar en éstas cuestiones desde muy joven y al cabo de poco tiempo sorprendió a muchos.

 

Maurits Cornelius Escher

 

Escher fue un extraordinario pintor de inicios del siglo XX. El gran virtuoso de la perspectiva. Uno de sus grabados más conocidos es el que llama Relatividad que es un edificio lleno de escaleras que están orientadas en ángulos muy rectos. La misma escalera que para una de las figuras le permite subir a otro le permite descender pero en sentido contrario y puesto de cabeza. Cómo si la gravedad se hubiese vuelto loca. Las obras de Escher son consistentes, cada obra, si se analiza cuadro por cuadro son consistentes pero al verlas presentan una armonía y el resultado final es sorprendente, como las fugas de Bach. Sus imágenes son paradójicas. Las obras de Escher son utilizadas con frecuencia como metáforas cuando se habla sobre cuestiones de la percepción y la inteligencia o bien cuestiones matemáticas.

 

Matemáticas aplicadas en la filosofía

 

Dos años antes de iniciar la primera guerra mundial, un libro sacudió las mentes más brillantes de la época: Principia Mathematica cuyos autores eran los filósofos-matemáticos Bertrand Russell y Alfred North Whitehead. El libro pretendía dar un sentido formal y definitivo a las matemáticas, es decir, ordenar las matemáticas y establecer una serie de principios para garantizar que el mundo de las matemáticas no se haga inconsistente, que por un lado sea posible demostrar que una cosa es blanca y que por otro camino sea posible demostrar que una cosa es negra. El titulo y el libro esta inspirado desde luego en aquel otro gran libro Filosophia Natural Principia Mathematica de Isaac Newton dónde presenta la teoría de la gravedad y de paso deja la idea de que la naturaleza funciona con bases matemáticas y, cómo las matemáticas son validas en todo el universo, las ideas representadas en matemáticas pueden averiguar e incluso predecir el futuro.

Con el libro de Russell y Whitehead en la cabeza, Kurt Gödel siendo muy joven aún, en 1931 publica el libro Sobre proposiciones formalmente indecibles de Principia Mathematica y sistemas relacionados. Libro que hizo sentir a todos los científicos que leyeron su trabajo que les quitaban el suelo donde estaban parados y que caían a un abismo.

En el libro de Russell y Whitehead explican que cualquier idea que consideremos que sea lógica también debe ser consistente. Que siguiendo una serie de razonamientos, cada uno de ellos indiscutible, pueda partir del punto A y llegar al punto B. Si parto del punto A no importa que camino siga, mi destino es el punto B, jamás el punto C. No se puede demostrar que una cosa es falsa y cierta al mismo tiempo. Pues el libro de Gödel lo hace. A las ideas fundamentales que están en Principia Mathematica, Gödel les confiere un número y luego manipula esos números y demuestra que en cualquier sistema lógico existen circunstancias en las cuales se puede tener frases que son al mismo tiempo cierta-falsa y está frase es perfectamente consistente. Juegue un poco con la idea.

Sí de por sí Gödel ya había conmocionado al mundo científico, se arroja más lejos y explica que “éstas” inconsistencias no son una falla de la lógica sino forman parte integral de lo que consideramos Lógica. En esos momentos se estaba redefiniendo ese concepto.

 

La conciencia

 

Cuando un sistema puede hacer referencia asimismo gana características muy peculiares por el simple hecho de hacer referencia de si mismo. Este es el punto central del libro de Douglas Hofstadter y para ello se basa en el genio de Bach, Gödel y Escher. Kurt Gödel dedicó su vida a este concepto, pues nos enseña como la autoreferencia puede producir resultados sorprendentes pues cuando eso ocurre los mecanismos normales que de manera ingenua hemos llamado “lógica” en los últimos siglos se rompen, de pronto nos topamos con ideas consistentes que son indecidibles y, decimos que son “ilógicas”.

Durante mucho tiempo se consideró que la consistencia y la lógica eran la misma cosa y Gödel nos enseña que no, su mayor ejemplo de que una cosa puede ser consistente y no lógica es: usted mismo. El funcionamiento de nuestro cerebro. Si queremos empezar a entender porque somos conscientes, porque nos alegra la música, porque lloramos, porque nos entristece la muerte de alguien, porque pensamos, porque sentimos que somos, tenemos que apelar a las ideas de Gödel. Al fin y al cabo nosotros podemos pensar en nosotros mismos y lo hacemos con frecuencia. La capacidad de introspección es un reflejo de las matemáticas aplicadas por Gödel.

Las obras de Escher tienen –en este contexto- un cierto paralelo con el trabajo de Göder, es decir, sus grabados son consistentes en un sistema lógico donde existe la posibilidad de que dos polos distintos sean uno a la vez, no sólo eso, es en su conjunto la introspección misma, el pensarse a si mismo sin perder la armonía, como las obras de Bach. 

 

 

 

Federico El Grande

 

Bach nos enseña como la suma de varias ideas diferentes puede producir un resultado mucho más complejo que la simple suma de sus partes.

Federico II de Prusia fue un hombre muy singular. Amigo y mecenas de grandes filósofos de su tiempo. Hombre que gustaba del arte, la ciencia y la música. Él mismo un músico virtuoso. Hombre al cual también se debe el sistema militar actual, pues invento la necesidad de disciplina en el ejército. Le decía que en el libro de Hofstadter hay referencias muy especiales a la música de Bach.

Cuando Johann S. Bach era de edad avanzada fue el invitado de honor de Federico II quien conocía las grandes dotes del músico, y le dio el trato que sólo Bach podía merecer, de príncipe, de ilustre.  Bach toca para él y Federico le pide que haga variaciones sobre la pieza “La ofrenda musical”. Bach genera una obra sorprendente pues toma el tema original del rey y lo modifica utilizando distintas técnicas como la fuga. Otra de ellas, el canon.

Hay formas en las que Hofstadter nos pide contemplar en distintos niveles de interpretación su libro para darnos cuenta que una cualidad fundamental de la conciencia es precisamente esta habilidad de contemplar a un sistema desde varios niveles diferentes.

 

El trabajo de Douglas

 

El libro de Hofstadter utiliza el método socrático para explicar su contenido. Utiliza también diálogos, como lo hacía Zenón de Elea –inventor del método dialéctico-, para resolver un conflicto por medio de un diálogo que se basa en ideas puramente lógicas.   Hay muchas paradojas pero todas ellas buscan un objetivo, demostrarle al lector, cómo el cerebro humano, sus pensamientos logran contraerse en situaciones abstractas y salirse de si mismo para abstraerse, es decir, como funciona la conciencia. Primeramente demuestra cuales son los mecanismos de lo que se conoce como “lógica” y segundo, demostrar cuales son los puntos en los cuales la “lógica” puede llevarnos a conclusiones falsas.

            Pero esto que le cuento lector es sólo un somero resumen, lea el libro, no se va a arrepentir. 

 

 

 

miércoles, 9 de enero de 2013

Música. Agustín Lara.


Agustín Lara *

Abraham Gorostieta

 

1.- Piensa en mí, cuando beses, cuando llores, también piensa en mí.

 

A Agustín Lara le pusieron algunos motes: flaco de oro, músico-poeta o cursi. Así fue llamado por sus amigos y enemigos. Su origen esta lleno de claroscuros. Escritores, periodistas e investigadores han dedicado libros, ensayos y reportajes y aún no se han puesto de acuerdo. La mayoría coincide en que nació en Tlacotlalpan, Veracruz. Otros dicen que en la calle de Cuervo en el centro histórico de la Ciudad de México. La fecha, 1897 o 1900. Para situarnos, podemos decir que Lara nació en pleno apogeo del Porfiriato, época afrancesada, de dobles discursos, de manías sociales.

Al igual que la biografía de Lara, la del origen del bolero es luz y sombra. La mayoría de los investigadores coinciden que el género nació en España, floreció en Cuba y luego entró a México por los puertos de Campeche y Veracruz. En el libro de “Amor perdido”, Monsiváis da unas pinceladas de lo que eran las costumbres sociales del porfiriato, el bolero llegó a encajar muy bien en la forma de enamorar y seducir a las señoritas de clase. Idealizaba el amor y a sus protagonistas. Se creaban historias y con ello se homogenizaba a la sociedad, se le educaba moralmente y de paso, era muy entretenido. De alguna forma, el bolero fue revolucionario, pues permitía que el pobre amara a la rica.

 

2.- Arráncame la vida, con el último beso de amor.

 

La familia Lara emigró a la capital en 1906. Agustín, dotado de gran inteligencia, abierto al mundo, se volvió un autodidacta que aprendía todos los días y que cultivaba la cultura del esfuerzo propio. Aprendió a tocar el piano y desde muy joven, todavía un niño, buscó el sustento y lo encontró en los burdeles donde con su talento amenizaba el ambiente del amor. Sus padres al descubrirlo lo enviaron al Colegio Militar de donde fue expulsado. En un intento de emancipación Agustín terminó trabajando en los ferrocarriles de Durango. Dice la leyenda que ahí conoció al poeta Renato Leduc y que fue él quien lo introdujo al mundo de la poesía. La vida del músico-poeta cambiaba para siempre pues México entraba en un proceso político armado. La Revolución había sido declarada y todos formarían parte de ella. De Agustín se han dicho muchos mitos. Entre otros, que se unió al movimiento revolucionario, que estuvo bajo las órdenes del general Samuel Fernández, y que fue herido en ambas piernas y regresó a la capital. Otras veces se le liga con Pancho Villa, y otras con Madero. También haberse enamorado a los 13 años de una hermana de Frida Kahlo, y hasta de una estancia en la cárcel.

El bolero fue popularizado por los tríos de guitarra que llevaban serenatas o que amenizaban las reuniones. Luego las grandes orquestas tropicales y orquestas al estilo big band y, por último, verdaderas orquestas sinfónicas darían forma al acompañamiento musical del bolero que durante casi treinta años dominó el espectro musical latinoamericano, valiéndose de los recursos comunicativos de la época: primero la radio y los programas en vivo, luego los discos de 78 revoluciones por minuto, luego los de 45 y finalmente los de 33, llamados Long Play o L.P’s, después el cine y finalmente la televisión. El proceso no dejó a nadie de la región fuera: Cuba y México se convirtieron en las mecas y centros artísticos, y artistas de toda la región participaron y se destacaron.

 

3.- Veracruz, rinconcito donde hacen su nido las olas del mar.

 

Siempre se jactó de ser “jarocho” y fue ahí, en Veracruz, dónde está “La Casita Blanca”, su amado hogar, hoy mitad museo y mitad restaurante donde se hace un espectacular tamal de cazuela que lleva una mezcla de moles y hoja santa con carne de puerco. Los biógrafos de Lara dicen que era de buen comer y que gustaba irse y perderse en los rincones de Veracruz y comerse un pescado en escabeche, pulpos en su tinta, empanadas de camarón y pescaditos fritos. Que el chilpachole y el huachinango a la veracruzana eran sus favoritos junto con el zacahuil, que es un tamal hecho de carne de puerco y envuelto en hoja de plátano. Que finalizaba con un café típico de la zona junto con unas empanadas rellenas de guayaba, dulces de coco, dulces de nanche, pan de huevo, palanquetas de cacahuate, jamoncillo de leche, leche nevada o yemitas de canela.

 

4.- Solamente una vez, amé en la vida, solamente una vez, y nada más.

 

Agustín Lara se caso 10 veces. Su segunda esposa fue Angelina Bruschetta, hija del dueño de un importante cabaret mexicano –el famoso “Salambó”–. Allí pudo darse a conocer en los ambientes populares más señeros del momento, ahí compartió el escenario con el famoso tenor Juan Arvizu que quedó encandilado con las aptitudes del joven pianista, que pasó a componer para él y a grabar sus primeros boleros.

En 1927 ya estaba trabajando en cabarets, ese año, una corista llamada Estrella lo atacó y lo marcó con la cicatriz que le cruza el rostro. Se traslada a Puebla por dos años debido a la Guerra Cristera. Él mismo narró a través de la radio, las circunstancias en las que conoció al padre Miguel Agustín Pro Juárez: en la comandancia de policía, presenció su fusilamiento, el cual se ejecutó sin juicio alguno ni desahogo de pruebas.

Nos cuenta Carlos Monsiváis que “en 1930 la industria decide que ninguna canción puede pasar de tres minutos, porque eso es lo que permite el track, y todo lo que ha sido la canción mexicana se reduce a esa proporción, para que quepa... La tradición del bolero se reelabora, se comprime. Y la sensibilidad se reorienta hacia el ama de casa, que es la gran proposición de la radio de los años 30”. El bolero no tuvo mejor época que ésta.

Lara consigue tener su propio programa, La Hora de Agustín Lara, en la emisora “La Voz de América”, más conocida entonces como la XEW en dónde estrena un bolero cada semana. “Lo que ahora conocemos en México como el ama de casa, en los años 30, propiamente, no existía. Emilio Azcárraga Vidaurreta, quien va a ser el primer zar de la radio y después de la televisión, en una entrevista de los años 60 declaraba muy jactancioso: ‘Yo inventé al ama de casa mexicana’. Y, a su modo, tenía razón”, concluye Monsiváis.

 

5.- Te quiero, aunque te llamen pervertida.

 

Así empezó una frenética carrera hacia la fama. En 1932 realizó su primera gira por el extranjero; actuó en París, donde su bolero “El farolito” se convirtió en tema de moda. Fue contratado para trabajar en Hollywood para musicalizar películas pero no se acostumbró a aquel mundo frívolo y deshumanizado. A pesar de que no centró su talento en el cine, su prestigio acabó por consolidarse en la industria del celuloide, gracias a las bandas sonoras que compuso para filmes como Santa, México Lindo, Carne de Cabaret, Virgen de medianoche, Pervertida, Noche de ronda, Humo en los ojos, Señora tentación, Cortesana y Aventurera.

Así se hizo amigo de músicos cubanos como Ernesto Lecuona, Sindo Garay y Bola de Nieve (Ignacio Villa).

 

6.- Noche de ronda, qué triste pasas, qué triste cruzas por mi balcón.

 

Como todo lo que fue ese México a partir de 1968 inicia una rápida decadencia que lo llevaría hasta el final de su vida. Un accidente le causó la fractura de la pelvis y entró en coma el 3 de noviembre de 1970 por derrame cerebral. Murió tres días después. “La vida es un suspiro, un suspiro, y ya se lo llevó el carajo”, le confesó Lara a Ricardo Garibay en 1958. Garibay preparaba un guion de cine con las confesiones que el músico-poeta le narraba todas las tardes.

El bolero perdió vigencia al iniciar la década de los 60. Un México quedaba atrás y nunca volvió.

En una conversación con José Natividad Rosales para la revista Siempre! se autodefine: “He amado y he tenido la gloriosa dicha de que me amen. Las mujeres en mi vida se cuentan por docenas. He dado miles de besos y la esencia de mis manos se ha gastado en caricias, dejándolas apergaminadas. Tres veces he tenido fortunas -fortunas, no tonterías- y tres veces las he perdido... Soy un ingrediente nacional como el epazote o el tequila... Soy ridículamente cursi y me encanta serlo... Quiero morir católico pero lo más tarde posible” .

7.- Te vendes, quién pudiera comprarte.

De Agustín Lara se han escrito muchos mitos. Varias biografías y todas coinciden en que era un mentiroso. Pavel Granados y Guadalupe Loaeza hicieron una gran trabajo sobre él y dicen que Lara era “un hombre muy mentiroso, muy buen narrador, se da cuenta de que sus anécdotas funcionaban mejor si cambiaba algunos aspectos, en pocas palabras, fue un hombre que se construyó a si mismo”. “Yo no recuerdo que Agustín Lara haya dicho nunca una verdad. Era un mentiroso profesional” recuerda en una entrevista, Paco Ignacio Taibo I, escritor y periodista que a finales de los años 60 fue contratado por Emilio Azcárraga, magnate de los medios de comunicación mexicanos, deseoso de colaborar con el compositor en hacer testimonio de sus confesiones para unos programas de televisión, que no fueron terminados a causa de la muerte de Lara

 

Bibliografía consultada

 

Todo lo que usted quería saber sobre Agustín Lara. Por Antonio Alcaraz, Angelina Bruschetta, Alaide Foppa, Ricardo López Méndez, Carlos Monsivais, Javier Ramos Malzárraga, Ravmundo Ramos Verduguillo y la musa Yolanda Gasca.

Editorial Contenido. Grijalbo.

Agustín Lara: El harem ilusorio. Carlos Monsivais.

La hora íntima de Agustín Lara. Alejandro Aura. Mexico, Cal y Arena, 1994.

Agustín Lara. Paco Ignacio Taibo I, Ediciones Jucar; 1ª edicion (1985)

La música de Agustín Lara en el cine. Paco Ignacio Taibo I. Filmoteca de la UNAM, México, 1984, Filmografía

Nacional 2.

Trovador de Veras: Vida de Agustín Lara. María Teresa Coste. Octubre, 2004

Pedro Vargas: Una vez nada más. Memorias del propio

tenor con José Ramón Garmabella. (Ediciones de Comunicación, México, 1984)

Todas mis guerras. María Félix. Clío, México, 1993

El Flaco de Oro. (1993) Gabriel Abaroa.

Amor perdido, Carlos Monsiváis. Editorial Era. 1977

Entrevista a Carlos Monsiváis: “No sólo lo fugitivo permanece y dura”, por Xavier Gómez http://www.babab.com/no17/monsivais.htm

Vicente Garrido habla de música latinoamericana. (Entrevista). Félix Contreras. Agulha. Revista de Cultura, No. 24, Fortaleza, São Paulo, mayo de 2002. 1989: Historia de la música popular mexicana. Yolanda Moreno Rivas. México. Editorial Alianza. La historia del bolero latinoamericano. Daniel Terán Solano. (1999) Caracas. Venezuela analítica.

 
*Texto publicado en la revista Etcétera. 

 

Música. Danzón


Danzón, sangre y tierra de por medio *


Por Abraham G. Martínez

 

El danzón es un baile que ha sobrevivido más de ciento cincuenta años. En sus inicios transitó de las viejas tierras de Europa a las calientes tierras del Caribe donde fue adaptado y de ahí México lo adoptó como hijo suyo. ¿Quién no se ha dejado seducir por un danzón? El suave baile donde hombre y mujer bailan pegaditos, así, mirándose, sin decirse nada. Bailando solos, solos, solos como los amorosos de Sabines. Y es que, dicen los conocedores que para bailar danzón, “el hombre debe colocar el brazo izquierdo en escuadra lateral sosteniendo la mano derecha de su compañera, y luego, apoyar su propio meñique derecho extendido sobre la cuarta vértebra (de abajo p'arriba) de su pareja”. Baile cadencioso, rico, sencillo pero elegante en sus pasos, tiene como característica muy peculiar –y por su prolongado desarrollo musical-, el que durante cada estribillo después del primer tema, descansan los bailadores abanicándose el rostro la mujer. Secándose el sudor de la frente con un pañuelo el hombre. Coqueteando entrambos mientras tanto.

Consejo Valiente Roberts –nombre civil de Acerina y uno de los grandes exponentes de este género-, no tardo mucho en responder cuando se le preguntó ¿Cómo se baila el danzón? “Es un baile cadencioso, rítmico, una musiquita ‘larga’ y un ritmo clásico... ‘Clásico’ porque ya es viejo y sigue joven. El danzón se baila suave, lento, sin tanto alboroto. Ajustándose a la cadencia que el ritmo tiene de nacimiento. El danzón, su estructura consiste en un estribillo de ocho compases, el cual no se baila. En seguida vienen otros ocho compases que sí se bailan. Nuevamente llega el estribillo y se descansa. Entonces viene un montuno de clarinete o saxofón que es lo más libre o suelto para bailar; y finalmente una melodía de violín o un solo de trombón y trompeta, con el que se cierra la pieza”. 

Pero el danzón es una música que nace de una suma y una acumulación cualitativa de sangres y de culturas, desde que fue country dance en Irlanda, donde siguió vagando por las tierras de Dinamarca, Holanda y Bélgica. Fue así que llegó a Francia y se transformó en Contre dance y luego se americanizó en Haití y se le incorporó el cinquillo (figura rítmica basada en cinco golpes de tambor lentos por cinco acelerados) y paso de ser contre dance a ser contradanza, danza y habanera en Cuba hasta llegar a ser Danzón y que finalmente llegó a México donde fue acogido gustosamente.

 

Nace un ritmo de raíces viejas

 

Hay un acuerdo general sobre que el origen del danzón se dio en Cuba. Sin embargo, el danzón no nació de la nada. Tiene sus antecedentes en el country dance, danza de campo oriunda de Inglaterra en el siglo XVII. El country dance animaba un sencillo baile de figuras y cuadros colectivos tocada por pequeñas bandas de viento de procedencia militar regidas por un timbal, instrumento de ordenanza llevado a Europa por las migraciones guerreras orientales desde la destrucción del Imperio Romano.

El ferviente espíritu mercantil de Inglaterra –los orígenes del capitalismo, pues-, exportó, junto con sus mercancías, sus bailes regionales y tradiciones a otras tierras de Europa, entre ellas el country dance. Así pues entró primero a Dinamarca y Holanda. Luego pasó a Bélgica y más tarde a Francia, en donde habría de arraigarse entre los comerciantes y los medianos propietarios terratenientes galos. Fue tal su éxito que en poco tiempo recibió su carta de naturalización a través de un equívoco idiomático, pues los burgueses galos en vez de traducirla con una denominación francesa que dijera danza campesina o rural, le llamaron contre dance, término que más tarde los hispanoamericanos lo traducirían como contradanza.

Asentada ya en Francia, la contre dance compitió con los ritmos nacionales de la época: el rigodón, el rondó, y el minué, los cuales dominaban los salones de la aristocracia y la gran burguesía francesa. Sin embargo, según el musicólogo y escritor cubano Alejo Carpentier, la contre dance no pudo ascender en la escala social de la gran nación europea: “no llegó a Versalles” pues “los cortesanos franceses la rechazaron porque provenía de villanos y plebeyos y porque no ofrecía ninguna dificultad coreográfica. Su sencilla galantería buenaza no les decía nada”, explicaba el escritor. A pesar de ello, los burgueses introdujeron en la contre dance elementos coreográficos propios de los bailes aristocráticos, tales como paseos, cadenas, hileras y hasta figuras menestrales como lanceros y bastoneros.

Y el escritor cubano abunda: “fue en esta solemnidad versallesca y en su carácter colectivo de origen donde el negro antillano halló los elementos ‘mágicos’ que le cautivaron de la contre dance”.  Es decir, su coreografía barroca les sugirió una semejanza con sus danzas tribales en las que simbolizaban su relación armónica con la naturaleza y sus combates de amor y guerra. Así fue como se apropiaron de ella, la ajustaron al ritmo que traían de África y le dieron una proyección musical diferentes. Pero no nos adelantemos.

La contre dance emigró de Europa a América a fines del siglo XVII, cuando Francia por medio de una guerra logró arrebatar a España una de sus posesiones en el Caribe: la Isla de la Española, actualmente dos naciones: Haití y República Dominicana. En esta isla, en manos francesas desde 1967, como consecuencia del Tratado de Ryswick, la contre dance halló nueva clientela entre los esclavos negros que hacían producir las plantaciones azucareras. Los africanos de la Española, la mayoría procedentes de los grupos étnicos ewes y dajomes, asimilaron el nuevo ritmo de las fiestas de sus explotadores y la empezaron a bailar en cañaverales y bohíos. Y lo hicieron de dos formas. Uno. Bailando la contre dance de una manera más libre y alegre. Dos. Introduciendo en la estructura musical de ésta el ritmo propio de los tambores rituales de África: el cinquillo.  

Así la contre dance que había sumado al timbal y los instrumentos de metal el temple suave del violín, el bajo, el violonchelo y la viola, sufrió una vital transformación que con los años la llevaría a convertirse en danzón. El tambor del vudú haitiano se hermano con el timbal euroasiático; a la vez que la lúcida y sobria alegría anglo-francesa se mezcló con la pasional entrega de la rumba española. Ya en las venas de los afroantillanos este ritmo emigró a todo el Caribe por medio de la esclavitud.  

Es la contre dance la que llega a Cuba, por tres vías distintas: una, directamente de las cortes de España, otra, con los barcos ingleses que tomaron La Habana en 1762 y la tercera, tal vez la mas influyente, a través de los colonos franceses y sus sirvientes que llegaron a las regiones orientales de Cuba huyendo de la guerra de independencia en Haití. Sobre el año 1791 se gestó en Haití una revolución de esclavos de los centros azucareros contra los mayorales y patrones franceses que los explotaban y vejaban. Muchos de éstos emigraron hacia Cuba, entrando por la provincia de Oriente y llevaron consigo idioma, costumbres y manifestaciones artísticas.

Una vez en Cuba, y como consecuencia de esa incontrolable necesidad de asimilación que siempre ha caracterizado al músico cubano, la contre dance, sufriendo un proceso de criollización paulatina, se transformó en la ya nombrada contradanza cubana.

 

Llegada a Cubita la bella

 

En 1762 el duque de Abermake se apoderó violentamente de La Habana y estableció una eventual dominación británica en Cuba. Durante ese lapso el country dance incursionó en tierras americanas pero no arraigó ni generó ninguna influencia. Era evidente que le faltaba el sabor latino que los franceses le habían impuesto a su contre dance y que los españoles le adicionaron a ésta, tanto en Haití y Dominicana como en la propia Cuba, y así dar nacimiento al danzón.

A finales del siglo XVIII, en Cuba, las contradanzas y danzas eran bailes obligados en la sociedad de la época. Dos factores históricos contribuyeron a que el danzón naciera en Cuba y no en Haití, República Dominicana, o el sureste de las trece colonias de Inglaterra, hoy Estados Unidos. Uno de esos hechos fue la migración masiva de los colonos franceses asentados en la Isla Española, a raíz de la revolución independentista que los esclavos haitianos emprendieron en 1780 y que ganaron en 1789 pero fue hasta 1793 cuando se reconoció su triunfo cuando se abolió la esclavitud decretada por la Convención Nacional de Francia.

Los explotadores galos huyeron con sus riquezas, sus familias, su cultura, con algunos de sus esclavos y, desde luego, con su tradición musical, entre la que llevaron la contre dance. Su destino en el exilio fue Cuba y el sureste norteamericano. Ya instalados en este país el punto de reunión de los franco-haitianos fueron las provincias de Matanzas y Guantánamo, en el oriente de la isla. Allí establecieron sus nuevas fincas azucareras y sembraron, junto con los negros que les siguieron la contre dance.

El segundo factor que influyo en la creación del danzón en Cuba fue la riqueza musical de está isla, hecho que se debía a la disposición de Cuba como un centro geográfico estratégico en el Golfo de México. Desde la incursión de conquista hacia América, Cuba fue la llave del Golfo y el asentamiento natural de los migrantes europeos que deseaban acceder al norte y centro de América.

Mientras en Europa explotaba la Revolución Francesa en Matanzas y Guantánamo contagiaba de inmediato a los negros y mestizos cubanos que crearon una música-baile que denominaron contradanza. Pero la traducción de contre dance a contradanza no sólo fue literal; en la contradanza ya hispanizada, iba incorporada la sensibilidad y la tradición musical españolas latentes en Cuba. La contradanza, futura madre del danzón, promovió el surgimiento de grandes compositores cubanos en la primera mitad del siglo XIX, entre los cuales destacaron Manuel Saumell Robredo e Ignacio Cervantes, cuya importancia fue vital para el nacimiento del danzón. En el repertorio de Saumell hay una contradanza titulada La Tedezco, escrita alrededor de 1850, en la que varios musicólogos, entre ellos Carpentier, encontraron la estructura musical que más tarde tendría el danzón.

Las composiciones de Saumell sedujeron a los cubanos quienes buscaron una nueva forma coreográfica desechando la solemnidad y la dificultad de los cuadros, figuras, cadenas y paseos que se habían heredado de la contradanza. Era un baile más lento, más alegre y sobre todo más vulgar, que no compatibilizaba con los giros rápidos y estirados de la contradanza. Para la mitad del siglo XIX este baile había alcanzado tal popularidad entre las clases medias y bajas de Cuba, incluso se hacían certámenes en ciudades como Matanzas, Guantánamo y la propia Habana. La existencia de esta coreografía planteó entre los músicos y bailarines la necesidad de contar con una música especial para bailarla y que la independizara totalmente de la contradanza.  

Este grupo de bailarines buscó entonces un compositor con la capacidad musical y la sensibilidad popular indispensables para crear un ritmo más sosegado, menos rápido, que permitiera al vulgo tener su propia identidad. 

Desde ese momento el danzón dominó el escenario musical en Cuba.

El primer danzón se estrenó el 1 de enero de 1879, en el Liceo de Matanzas, la ciudad de su autor, Miguel Faílde, mulato, cornetenista y músico de envidiable talento, que, al frente de su orquesta típica, de viento, no hacía mas que confirmar una de las razones por las que esa capital de provincia, situada unos 100 kilómetros al este de La Habana, fuera proclamada en 1860 como La Atenas de Cuba.

Atravesada por tres ríos que desembocan en su bahía abierta, Matanzas ha sido, desde su fundación el 12 de octubre de 1693, cantada por poetas, pintores y músicos, cuna de grandes artistas, y célebre por las tertulias literarias, el desarrollo del teatro, la temprana introducción de la imprenta, su Biblioteca Pública, su Liceo y por instituciones de la dimensión de su Teatro Sauto.

Es en este marco en el que Failde estrena el danzón, produciendo entre los bailadores un impacto extraordinario. El músico es elogiado y obligado a repetir la pieza, llamada Las Alturas de Simpson, como homenaje a uno de los barrios mas populares de la ciudad. Para entonces, la orquesta fue adquiriendo también su propio carácter local, con mayor tendencia hacia lo popular, integrándose con piano, 4 violines, una flauta, un contrabajo, un timbalito y un guayo (güiro), independientemente de la charanga que también se denominó Danzonera Típica Cubana, integrada con clarinete, trompeta, trombón, bombardino, dos timbales y güiro, a la que muy pronto se incorporaron los violines y el contrabajo.

Posteriormente el género continuó desarrollándose y, en 1910, el director de orquesta José Urfé, compuso El Bombín de Barreto, primer danzón con una parte más movida llamada “montuno”, lo que propició que la coreografía tradicional, algo rígida, fuera sustituida por una más abierta.

El danzón fue instituido como el baile nacional de Cuba hasta los años 20. Resultaría casi imposible cuantificar los danzones cubanos que han destacado dentro y fuera de ese país, sin embargo, es Almendra, de Abelardo Valdez el más conocido y gustado. Y es curioso señalar que habiendo sido Cuba la cuna del danzón, en los últimos tiempos tiende a desaparecer, pues se interpreta muy esporádicamente. Entre los conjuntos musicales cubanos que en nuestros días tocan el danzón con mayor propiedad, sobresalen la Orquesta Aragón y la Orquesta de Rodrigo Pratts. Desgraciadamente en Cuba, después de una época de auge, el danzón entro en franca decadencia, a pesar del surgimiento de algunas variantes exitosas como el danzonete y el chachacha. Para sobrevivir como género popular el danzón tuvo que emigrar a un país vecino del mar Caribe: México. Es en México donde el danzón, originalmente nacido en Cuba, se sigue cultivando y bailando.

 

La conquista de México

Entre Yucatán y Veracruz

 

El danzón, haciendo homenaje a su naturaleza viajera, tomó a continuación carta de naturaleza en México y otras regiones del mundo, donde los distintos músicos lo cultivaron y enriquecieron. El danzón, pues, pasando por el Estrecho de Yucatán, conquistó a la blanca Mérida y penetró después en Veracruz donde sentó sus reales. En los primeros años del presente siglo, el danzón llegó a México por Veracruz y la península de Yucatán, junto con una maravillosa inmigración de cubanos que salieron de su país precisamente por las convulsiones políticas resultantes de su reciente independencia de España, la intervención de los Estados Unidos de América y la instauración de su primer régimen constitucional.

La música popular de las costas del Golfo de México -particularmente la de Veracruz- muy pronto se vio enriquecida con el danzón, y no fueron pocos los compositores, músicos y bailarines que se asimilaron a tan agradable género tropical, mismo que arraigo definitivamente conservando los elementos originales de estructura y ritmo -con su típico cinquillo- pero adquiriendo, a su vez, características locales. La danzonera aumentó paulatinamente su dotación instrumental incorporando, en la sección de maderas: saxofones altos, saxofones tenores y, en forma muy destacada, el saxofón barítono, sin menoscabo de emplear, ocasionalmente, el sax soprano; en los metales, se aumenta el número de trompetas y trombones y se sustituye el bombardino por el figle, actualmente en desuso. Persisten violines y el contrabajo, asimismo, las percusiones básicas de los timbales y el güiro que se complementan de ordinario con claves.

Orquestas como la famosísima de los Hermanos Concha, que después amenizaría las noches del Salón México, se formaron en el año de 1927 de intenso intercambio entre la península y la isla de Cuba. Posteriormente el danzón llego a Veracruz, en donde a diferencia de Yucatán, todavía es un elemento vivo y activo de la vida cultural del pueblo jarocho. Tan pronto las partituras llegaron al puerto de Veracruz a través de los barcos mercantes, empezaron a formarse danzoneras que ejecutaban el danzón con muy peculiar estilo veracruzano.

Entre las donzoneras que empezaron a destacar podemos nombrar a la de Severiano y Albertico, a las de los Chinos Ramírez, la Danzonera Pazos y la Banda de Marina de Puerto dirigida por Camerino Vásquez y Luis Cardona Rojas, quienes instauraron la costumbre de tocar danzón en el zócalo dos veces por semana, costumbre, que se volvió tradición y se conserva hasta nuestros días.

De Veracruz el danzón emigro a la cuidad de México donde ha evolucionado a lo largo de los años, manteniéndose vigente y en el gusto popular, alimentando la historia cultural de México con salones como el recientemente resucitado Salón México, o los ya tradicionales Salón Colonia, Los Ángeles o el California dancing Club.

El icono de la música Danzonera lo constituye la canción llamada “Nereidas” que ha deleitado a chicos y grandes (mas a los grandes) a lo largo de las décadas. Entre otras canciones están Almendra, Siboney, Teléfono a larga distancia, etc.

Hasta la fecha, en el puerto de Veracruz goza de gran fama el barrio de La Guaca, sobre la intersección de las calles de Manuel Doblado y 1° de Mayo, donde los jarochos bailan el danzón con mayor propiedad, hasta en la vía pública durante el Carnaval, y de continuo, en el aledaño -y no menos famoso- salón de fiestas del Sindicato de Estibadores, sin menoscabo de las exhibiciones semanales que hacen los bailadores en la Plaza de Armas acompañados por la Banda Municipal de Música. Orquestas como la famosísima de los Hermanos Concha, que después amenizaría las noches del Salón México, se formaron en el año de 1927 de intenso intercambio entre la península y la isla de Cuba. Posteriormente el danzón llego a Veracruz, en donde a diferencia de Yucatán, todavía es un elemento vivo y activo de la vida cultural del pueblo jarocho. Tan pronto las partituras llegaron al puerto de Veracruz a través de los barcos mercantes, empezaron a formarse danzoneras que ejecutaban el danzón con muy peculiar estilo veracruzano.

El Danzón tuvo una connotación mas aristocrática que el son y el bolero. Ya sea en la ciudad de México o en Veracruz, el danzón es un elemento vigente de nuestra música popular, que se mantiene vivo como género bailable, quizás por su innegable elemento erótico, sutil refinado, en una época en que el baile de pareja parece estar desapareciendo.

El danzón tiene cuatro etapas de su historia en México: la primera, desde su llegada hasta los momentos acendrados de la lucha revolucionaria de 1910-1913. La segunda, llevará una influencia definitiva en la evolución de la radio y es casi concomitante con los primeros pasos de la discografía, tendrá que ver con las formas del divertimento colectivo entre los años de 1913 y 1933. Una tercera fase estará asociada con los aparatos reproductores y los espacios recreativos donde se reproducen las sonoridades y las maneras de interpretar el danzón –salones de baile con orquestas-, que nos remite desde el año 1935 hasta 1964, cuando dichos salones de baile van a dejar su espacio legítimo a otras zonas de baile que transformarán los modelos de expresión de las danzas y bailes populares.

Por ultimo, puede hablarse de una cuarta etapa de letargo y renacimiento de viejas formas que se han reintegrado a los bailes colectivos populares, para defender su existencia y, con ello, demostrar que el danzón tiene una estructura que lo puede hacer permanente.

 

Los salones de baile

 

Desde los primeros años del siglo XX surgieron y proliferaron en el Distrito Federal  salones de baile que sirvieron para bailar valses, tangos, blues y danzones. En 1905 surgió el primer salón verdaderamente danzonero, en el barrio de Indios Verdes, con el nombre de La quinta corona; meses más tarde surgió El mercado de las flores, al que visitaban casi exclusivamente las personas más humildes, pues los de la clase media eran criticados si iban a bailar ahí. El salón tenía el nombre de Mercado Mignón.

El salón de La quinta real, situado en la Calzada de Guadalupe, era visitado por boxeadores además de un público variado; no boxeadores profesionales precisamente, sino púgiles de ocasión que eran bailadores de los barrios de Guerrero y Peralvillo, muy dispuestos a pelear, lo que duró muchos años. En la Plaza de Santos Degollado fue fundado otro salón, y allí surgieron los primeros concursos de baile de danzón que con el tiempo, en los principales salones, constituían el mejor y más popular evento. En 1908 surgió otro salón, la academia Metropolitana, donde surgieron mediante concursos los primeros campeones. Ese año se abrió el Lecumberri, el Cervantes, el Bucareli Hall y el Olimpia —llamado después Progreso— en los altos del teatro Díaz León. En 1910 el Alhambra, más tarde el Tivolito, luego el Azteca y así hasta alcanzar una buena cantidad de salones que muchos bailadores tenían como “las catedrales del danzón”.

Pero siguiendo la trayectoria del danzón hacia el interior del país, luego de haber arraigado sólidamente en las costas del Golfo, cabe señalar que el 20 de abril de 1920 se inaugura en la capital -en el edificio de la antigua panadería de Los Gallos acondicionado exprofeso- sobre la calle Pensador Mexicano, lo que sería el templo del baile popular y el palacio de la música tropical por antonomasia... el tradicional y legendario Salón México -entre las 7 de la noche y el amanecer del día siguiente- de preferencia por animosa clientela populachera auténtica de “rompe y rasga”, que imprimió al sitio un vibrante y peculiar ambiente muy recordado hasta ahora por quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y en dónde, por supuesto, el danzón se mantuvo en lugar preponderante.

Son innumerables los acontecimientos, anécdotas y leyendas surgidas en el ámbito de este salón, y bien podría hacerse una compilación sería por cuanto a su contribución en el folclor urbano. Amador Pérez Torres Dimas, compositor oaxaqueño del clásico danzón Nereidas y reconocido director, retirado, de bandas de música y danzoneras (por muchos años, precisamente en el Salón México), narra “...había concursos de tango, de danzón, de pasodoble y hasta de vals clásico ...Ventura Miranda era el rey, el campeón del danzón. Las mujeres consideraban un gran honor que las tomara por pareja. Y en las navidades, se organizaba una auténtica posada, con María y José seleccionados entre los clientes habituales, quienes llegaban en burro con un niño rubio alquilado en el vecindario del 2 de Abril y Pensador Mexicano”.

Y abunda:  “...delimitaban la categoría y condición de la clientela, tres espaciosos salones que eran conocidos, respectivamente, como ‘del sebo’, ‘de la manteca’ y ‘de la mantequilla’ este último -por supuesto-, era el de mayor alcurnia dentro de la tónica general del lugar...”, incluso existía un texto con el irónico letrero -colocado seguramente en el salón del sebo-, que advertía: “Se suplica abstenerse de arrojar colillas encendidas en el piso, para evitar que las señoritas se quemen los pies”.

En 1936, el célebre compositor neoyorquino Aarón Coplan tomó el nombre de este salón de baile e inspirado en su singular ambiente, escribió una de sus más deliciosas y conocidas obras, precisamente Salón México aunque, curiosamente, no utilizó tema musical relacionado con el danzón y si el tema de una canción popular del siglo XIX El mosquito.

Después de los treintas, se vivió en México un verdadero auge de la música tropical convirtiéndose en legendarios en el género del danzón los nombres de Tomás Ponce Reyes, Babuco, Juan de Dios Concha, Dimas y Prieto. Surge entonces el grito especial introductorio a toda interpretación de danzón: ¡Hey Familia! ¡Danzón dedicado a Antonio y familia que lo acompañan! Expresión traída de la Veracruz a la capital por Babuco.

En los años cuarenta, México vivió una explosión de algarabía y su vida nocturna era brillante. Pero en el año de 1957 se dicto una ley para cuidar las buenas conciencias que decretó: “Deben cerrarse los establecimientos a la una de la mañana para garantizar que la familia del obrero reciba su salario y que no se dilapide en centros de vicio el patrimonio familiar”, firmado por el licenciado Ernesto P Uruchurtu. Regente de la ciudad de México. Desde esa fecha al danzón se les fueron cerrando las puertas.

Son numerosos los directores de danzoneras y orquestas, compositores, arreglistas y ejecutantes del género, los que han adquirido fama y prestigio gracias a los salones populares de baile capitalinos y que, en una u otra forma, han participado en el auge del danzón mexicano, cuya ejecución también se escucha con frecuencia en bandas de música, marimbas, mariachis y otros grupos no necesariamente tropicales. Pueden mencionarse sobresalientes -con riesgo de omitir injusta pero involuntariamente a algunos-, entre los de origen cubano: Consejo Valiente Roberts Acerina, Mariano Mercerón y Arturo Núñez. Y asimismo entre los mexicanos ocupan relevante lugar: el ya mencionado Amador Pérez Torres Dimas, el veracruzano Noé Fajardo, el yucateco José Gamboa Ceballos, el chiapaneco Rafael de Paz, Carlos Campos con su muy particular estilo; Everardo y Juan Córdoba, Agustín Pasos, Marciano Pacheco, José Bojórquez, Macario Luna y tantos más cuya relación resultaría, a la vez que difícil de completar, extraordinariamente amplia.

Entre los danzones más conocidos pueden citarse: Nereidas (Amador Pérez Torres Dimas), Pulque para 2 (Gus Moreno), Mocambo (Emilio Renté), Teléfono a larga distancia (Aniceto Díaz), Paludismo agudo (Esteban Alfonzo), La Negra (Gonzalo N. Bravo), Playa Suave (Ernesto Domínguez), Acapulco (Gus Moreno), Salón México (Tomás Ponce Reyes), Acayucan (Macario Luna) y Blanca Estela (Emilio B. Rosado).

Actualmente no hay nadie que no haya sucumbido a los encantos de esta música sugestiva, insinuante, en la que coquetean y conspiran las cortesanas maneras de una afrancesada Europa con los caribeños vapores del aguardiente y el seductor aroma de la guayaba. ¿O no?

 
FIN
*Este texto se publicó en la revista El Búho.

Artes. Palacio de Bellas Artes


 El Palacio de Bellas Artes
Ochenta años de esplendor, cien años de historia

Abraham Gorostieta

En una solemne y majestuosa ceremonia fue inaugurado oficialmente el Palacio de Bellas Artes, un veintinueve de septiembre de 1934 por el presidente de México Abelardo L. Rodríguez. Se inició así una nueva etapa en la vida cultural mexicana, una puerta al desarrollo y expresión artística. Considerado uno de los edificios más bellos de la Ciudad de México, la historia del Palacio de Bellas Artes fue una de las tareas más largas y costosas en las obras de construcción de esta ciudad. Treinta años duro su planeación, diseño y construcción. En síntesis el Palacio es un claro ejemplo de la evolución tardía de nuestra cultura que es aplazada por periodos de nuestra historia contemporánea.
Así pues, el Palacio de Bellas Artes vio el esplendor del Porfirismo, la llegada de la Revolución Mexicana, las guerras intestinas por el poder de los jefes máximos de la Revolución, el retiro de los militares del gobierno, la llegada al poder de los civiles y la llegada de los tecnócratas.

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En el mes de marzo de 1901 el proyecto le fue encomendado al eminente arquitecto italiano de 30 años de edad, Amado Boari. Es bien conocida la orientación europeísta que prevaleció durante el régimen de Porfirio Díaz (1877-1911). Todas las tendencias del arte buscaban la incorporación de México a la Cultura Universal y “sólo podía” lograrse en los términos y trayectos de los científicos y artistas europeos. El gobierno del general Díaz adoptó esta perspectiva a conciencia, la hizo suya. Entonces, todos los terrenos fueron contagiados por esta “orientación”, la filosofía, la ciencia y el arte; más aún también lo fueron en el campo de las costumbres ciudadanas, de la moda y el protocolo oficial. No se podría escapar la arquitectura de que introdujeran a México los nuevos estilos europeos, e incluso los materiales de construcción.
En este caso se trataba, en 1901, de hacer la construcción de un gran Teatro Nacional; pero desde el principio se contó con poco tiempo para la preparación –sólo nueve años-, para los festejos programados, en conmemoración del Centenario de la Independencia; además se pretendía que este Teatro Nacional superara en todos los sentidos a los mejores teatros europeos.
En aquel año, Adamo Boari viajó a México para recibir el encargo de construir la magna obra. El lugar del futuro Teatro Nacional era en el costado oriente del parque de la Alameda, donde se encontraba el teatro de Santa Anna, construido sesenta años antes, por el arquitecto Lorenzo de la Hidalga e inaugurado por el presidente Santa Anna en enero de 1844.
En julio de 1901, cuatro meses después de que Boari hubiese aceptado su encargo, el Teatro Nacional de Santa Anna fue demolido. Se expropiaron también las casas que ocupaban el espacio de lo que hoy llega hasta la avenida Juárez y que tapaban totalmente el acceso a la calle 5 de Mayo. Uno de los propósitos del proyecto era precisamente hacer transitable una avenida que uniera al Zócalo con el Paseo de la Reforma.
Adamo Boari fue entonces comisionado por el gobierno de Díaz para realizar los estudios previos que considerara necesarios. Dedicó todo lo que quedaba del año 1901 y la primera mitad de 1902 a recorrer Europa con el objeto como dijo luego en sus memorias, de “estudiar los principales teatros y proporcionarme así los datos comparativos necesarios”. Al regreso de su largo viaje definió su elección con las siguientes palabras:

Un nuevo movimiento parece iniciarse en los albores del presente siglo, movimiento que se impone porque ha nacido espontáneamente en varios países preclaros por sus tradiciones y sentimientos artísticos. Me refiero al arte nuevo. No cabe duda que el adjetivo ‘nuevo’ refiriéndose a la palabra arte carece de sentido; pero, como quiera que se llame: Liberty Art, o Arte Florial, o bien Art Nouveau, tal calificativo, vago pero universal, sirve perfectamente para traducir las diversas manifestaciones de este movimiento cosmopolita modernísimo... Lo dicho hasta aquí es sólo un preámbulo para asentar que la arquitectura exterior del futuro Teatro Nacional de México será, ciertamente, de las antiguas proporciones clásicas, pero rejuvenecidas con las nuevas aplicaciones: y en cuanto a la interior, seguirá más libre las huellas trazadas por el Nuevo Arte Decorativo Moderno.

Adamo Boarí tenía ya pensado su proyecto y pronto presentaría los planos. En julio de 1092 propuso su primera idea de lo que sería el Teatro Nacional, ahora Palacio de Bellas Artes: “el edificio podía considerarse dividido en dos partes: una, como verdadero teatro de ópera; otra, iluminada con luz directa puede funcionar independientemente de la primera y permanecer siempre abierta. Albergaría un gran salón para fiestas, que a su vez pudiera servir para conciertos, reuniones académicas, etc., también tendría un gran restaurante y un suntuoso hall con entrada independiente para los carruajes”.
Finalmente en marzo de 1904, presentaría su proyecto definitivo ante la SCOP (Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas). Dieciocho planos, dos acuarelas, y una memoria explícita fueron estudiados por una Comisión  compuesta por los arquitectos Rivas Mercado, Gorozpe, Campos, Fernández Leal y otros.
En sus memorias el joven arquitecto Boari visualizaba así su obra:

El teatro surge en el centro de la capital al lado de un vasto y añoso parque. Una pergóla recubierta de flores tropicales liga y conjuga el antiguo bosque con los nuevos jardines del teatro. El edificio esta revestido íntegramente en sus cuatro fachadas, de mármoles italianos y mexicanos. Mide 96 metros de frente y 116 de largo, y ocupa una superficie de dos hectáreas, incluyendo rampas y escaleras.

Y así seguía describiendo hasta los más mínimos detalles. El presupuesto de la obra era de 4,190,884.00 pesos y su duración aproximada de 4 años. Así en el mes de noviembre de 1904 se iniciaron las obras de excavación. Los trabajos alcanzaron su máxima intensidad entre los años de 1908 a 1910, vencido ya el plazo originalmente estimado y pisando el año del Centenario de la Independencia, motivo por el cual fue mandado a construir.

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En ese lapso se avanzó bastante, pero el Teatro no pudo ser terminado para la fecha prevista. En 1913, tras el asesinato del presidente Francisco I. Madero y la irrupción en el poder de Victoriano Huerta, se suspendió la obra y Adamo Boari tuvo que abandonar el proyecto en 1916. La intensidad de aquella época y los grandes cambios políticos y sociales que vivió el país en ese período, en medio de la gran crisis económica que se padecía, impidió que se continuara la construcción. El edificio quedo inconcluso por más de 19 años. Algunos intentos de retomar el trabajo, como el ordenado por Venustiano Carranza en 1919, fueron fallidos, y no fue sino hasta 1932 cuando se reanudaron las obras. El proyecto de Adamo Boari volvía a cobrar vida, pero en gran parte sería modificado: eran otros los intereses nacionales en el campo de la cultura, y nuevas las necesidades que lo revitalizaron.
En el segundo periodo –el de la terminación-, (1932-1934), la tarea se reorientó en función de la síntesis del proyecto propuesta por el arquitecto Federico E. Mariscal y de la idea que tenía el ingeniero Alberto J. Pani, secretario de Hacienda, de contar con un edificio que albergara una institución nacional de carácter artístico. Este segundo programa arquitectónico se caracterizó por la adaptación de los interiores a las nuevas necesidades y por el aprovechamiento de los espacios que en el proyecto de Boari tenían un sentido únicamente decorativo.
La nueva distribución del interior del Teatro Nacional dio lugar a un espléndido museo. De las paredes interiores del palacio faltan algunas de las esculturas y adornos propuestos por Boari, pero en cambió se cuenta con obras de los muralistas José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Jorge González Camarena y Rufino  Tamayo.
La entrada para carruajes se convirtió en parte del edificio, ampliando su planta. El originalmente Teatro Nacional, ahora Palacio de Bellas Artes y sede del Instituto Nacional de Bellas Artes, es resultado de dos épocas, y de muchas ideologías estéticas y sociales y finalmente de una necesidad. Todos estos elementos conjugados representan parte importante de la historia cultural de México, en gran medida refleja la evolución tardía y aplazada por varios periodos de nuestra historia contemporánea.


FIN FIN.

Datos curiosos:

Estética en la estructura del Palacio

Se han discutido mucho los valores estéticos del Palacio de Bellas Artes. En 1930, cuando el arquitecto Mariscal reconsideró el proyecto de Boari, y más aún en 1932, cuando el ingeniero Alberto J. Pani, modificó esencialmente su sentido, las opiniones sobre el Palacio eran despectivas entre arquitectos, críticos, profesores y artistas. 

El Hundimiento del Palacio de Bellas Artes

Previniendo el enorme peso del edificio (enorme estructura de acero, estructura adicional de concreto, paramentos de mármol), Boari encomendó su cimentación a un eminente constructor norteamericano, el arquitecto W. H. Birlomire, de Nueva York, que, de acuerdo con Boari, concibió un compacto emparrillado de viguetas, relleno de concreto, lo que se trataba de una “plataforma flotante”. Dicha cimentación fue realizada en un término relativamente breve (seis meses). No se calculó bien o se excedió el peso del edificio en más de dos kilos por centímetro cuadrado. Cuando empezaron a colocarse los paramentos todo el edificio comenzó a hundirse. La casa Milliken Brothers, de Nueva York, propuso, y fue aceptado, circundar la plataforma con ataguía de acero engargolada, e inyectar el terreno con una mezcla de cemento y lechada de cal grasa. Se aplicaron 20 inyecciones de este tipo entre 1909 y 1911, y gastando 950 toneladas de cemento. En 1919 por órdenes de Venustiano Carranza se repitió el tratamiento, pues el hundimiento siguió. Nuevas inyecciones se realizaron en 1922 y cuando el arquitecto Mariscal entregó la obra terminada el ingeniero Marte R. Gómez dio por sentado en su informe que el hundimiento había sido detenido. Años después el hundimiento siguió. En la década de los sesenta el hundimiento por fin se detuvo con las nuevas técnicas de inyección.