viernes, 3 de abril de 2015

Periodistas. Joaquín López-Dóriga

Nueve vistazos para acercarse a Joaquín
Por Abraham Gorostieta


1. Joaquín López-Dóriga Velandia es un periodista que logra crear sentimientos positivos y adversos al mismo tiempo: se le cree y se le acepta ó es falso y se le rechaza. Lleva 15 años comunicando las noticias todas las noches en el noticiero estelar de Televisa. Durante la entrevista, niega ser líder de opinión, periodista de poder, niega ser influyente. Es, dice, sólo un reportero. Se le conoce por varios motes: El Teacher, le dice casi todo mundo que lo conoce. El Licenciado, como le dice su asistente o su secretaria en Radio Fórmula. El querido Joaquín, como se refieren Ciro Gómez Leyva, Carlos Marín y otros columnistas. López Choriga, “puro choro ese cuate” dicen en la UNAM los estudiantes. Sus antiguos compañeros de la fuente de presidencia en los sexenios de López Portillo y Salinas no tienen una buena opinión sobre él. Y la periodista de espectáculos, Maxine Woodside, le dice El divo de la noticia, y algo hay de cierto en eso, pues entrevistar a López-Dóriga es más difícil que entrevistar a diez secretarios de Estado; pero a él le gusta que le digan y se le conozca sólo como: reportero.
En su oficina, en Televisa, nos conducen hasta la sala de juntas. Un letrero bastante grande lo bautiza como El War room de JLD. Sobre las paredes hay todas las caricaturas que de él han hechos los distintos moneros de los diarios, bien enmarcadas. También su foto entrevistando a Juan Pablo II. A Ronald Reagan. Al fondo una pintura de formato grande, sin firma, da la impresión de ser un Siqueiros, la fuerza de su color, amarillo al fondo, con negros y rojos que rasgan el fondo ámbar por los trazos salvajes que lo cruzan, llevan su sello. En toda su oficina se pueden ver distintos sables de gala de la Marina.
Más al fondo, más retratos del periodista que son fieles huellas de su olfato como periodista y entrevistador. Ahí, en Vietnam, sentado sobre las ruedas de un tanque; otra en Irlanda del Norte, Israel, El Líbano, Iraq, Kuwait, Irán y Nicaragua. Abrazando o saludando lo mismo a poetas y escritores como Octavio Paz, Pablo Neruda o, García Márquez y Carlos Fuentes. Su que hacer lo llevo a estar enfrente de Salvador Allende, Indira Gandhi, Yasser Arafat o Alberto Fujimori. Son celebres sus entrevistas a Anastasio Somoza o Daniel Ortega. Sus crónicas de los funerales de Francisco Franco, así como las muertes del yugoslavo Josip Broz Tito o del primer ministro sueco Olof Palme. Ahí también, junto a Mauricio Garcés, María Félix, Julio Iglesias, Siqueiros, Rivera. Para ser alguien quién no se cansa de decir que “no hay periodistas poderosos y que él, desde luego no lo es y mucho menos, vanidoso”, los muros lo desmienten.
Hombre de largos silencios en sus respuestas. Las piensa mucho, distante, y tajante, un poco ensimismado, de respuestas cortas, concede un espacio de su tiempo para platicar.

2.  El reportero, tajante, dice no hablar de su infancia o sus padres “son de los temas que no hablo, sí, porque esa es mi vida privada”.
Nace en Madrid, en 1947, en el régimen de Franco. Su padre, Joaquín López Dóriga, era ingeniero naval militar “un hombre cariñoso y muy buena onda”[1], ha dicho el periodista. Su madre, María José Velandia, una mujer dedicada al hogar. Niño del mar, él mismo se describe: “Yo estoy en asuntos del mar desde niño; aprendí a velear a los 5 años”. Al enviudar, doña María José decide emigrar a tierras mexicanas, donde vivían sus padres. Así, el niño Joaquín, a sus diez años, y su hermana menor, María Cristina, conocen toda una tierra llena de olores, sabores y colores nuevos. Terminó sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Cumbres, en donde formó un periódico estudiantil donde “contaba cosas, de lo que luego supe eran crónicas”[2]. Ingresó en la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac, faltándole una sola materia para cumplir con los créditos requeridos, el joven López Dóriga decide abandonar sus estudios y entregarse a su pasión: el periodismo.
Y es que el oficio de reportear, desde un inicio, lo atrapó. Lo ha repetido tantas veces y lo repite también en esta ocasión: “yo soy reportero, me despierto pensando en periodismo, vivo pensando en periodismo, me duermo, pensando en periodismo y cuando sueño, sueño con periodismo”.

3. El periódico El Heraldo de México vio la luz en 1966. Gustavo Díaz Ordaz era el presidente en turno y Gabriel Alarcón Chargoy encabezaba al grupo de empresarios millonarios dueños del diario, donde estaba Manuel Espinosa Yglesias, Carlos Trouyet y Raúl Bailleres. De tintes conservadores y anticomunistas, El Heraldo entró con fuerza a la capital y para hacerse pronto de reporteros, los sueldos que ofrecía eran altos.
La familia Alarcón, en especial don Gabriel, mantuvo fuertes lazos con el poder. En el libro La otra guerra secreta, del investigador Jacinto Rodríguez Munguía, recopila varias cartas de don Gabriel al entonces presidente Díaz Ordaz en donde se puede leer una relación intensa, tersa, romántica, comprometida; como lo es la carta enviada el 24 de septiembre de 1968 al presidente, ahí Gabriel Alarcón escribe:

Antes que nada, deseo expresar a usted que la amistad y la lealtad que le profeso, las antepongo a todo, y al exponer seguidamente mi actuación en los problemas estudiantiles lo hago para que no exista duda de mi buena fe y entrega a su gobierno, y muy especialmente a que respaldo abiertamente su actuación valiente y sensata y patriótica. Usted, señor presidente me conoce y sabe que no soy falso. Estoy lo mismo que mis hijos, con usted y respaldamos firmemente su actuación con nuestra modesta forma de actuar, pero le pedimos su orientación… Desde el inicio de los alborotos he estado personal y telefónicamente en contacto con los siguientes colaboradores suyos: Lic. Luis Echeverría, quien me ha orientado e indicado líneas a seguir en cada caso externándome su conformidad con su actuación… El Procurador de la República. Nos pidió que se destacara, como lo hicimos, el acto de sabotaje en instalaciones de la CFE. Asimismo los retratos de varios aprehendidos y consignados… Gral. Corona del Rosal. Nos ha orientado sobre la forma en que nuestras informaciones resultan negativas a los agitadores… Dr. Emilio Martínez Manautou. El jueves pasado me llamó a primera hora para felicitarnos para felicitarnos por la forma en que se destacaba en primera plana la foto del Che y las aulas universitarias con nombres de líderes comunistas… Gral. Marcelino Barragán. Manifestó su agrado a nuestros reporteros por la forma en que se publicó la intervención del ejército y pidió que se destacara, cosa que hicimos la noticia de la exterminación de un grupo de bandoleros agitadores de la sierra de Chihuahua. Sinceramente creo que mi lealtad y la de mis hijos están a prueba de cualquier duda. Por muchos años se nos ha criticado nuestra parcialidad y entreguismo, pero le ratifico a usted que somos y hemos sido Diazordacistas y agradecidos leales y sinceros a usted. Señor presidente, nos sentimos en un cuarto oscuro y solamente usted nos puede dar la luz que necesitamos y señalarnos el camino a seguir.[3]

Un año después, en junio de 1969, el señor Alarcón se le aprobaron la constitución de dos compañías que controlaban cuando menos 40 salas de cine.
En abril de 1968, el joven López Dóriga, de 19 años de edad, ingresa a El Heraldo. No quiere hablar de la familia Alarcón ni de su estilo de hacer periodismo “de la familia Alarcón no puedo hablar”, responde. De lo que habla es de que “cubrí todo el conflicto del 68, y luego, y luego las olimpiadas del 12 de octubre. Cubrí desde la pedrada del 26 de julio hasta la madrugada del 3 de octubre, que luego se olvida el 3 de octubre”, enfatiza.
No se olvida, aunque el reportero, lo olvidó por muchos años. Desde aquel 3 de octubre de 1968 hasta 2003, el periodista no escribió sobre el tema. Una lectura de sus columnas en la Hemeroteca de la UNAM, de la revista que fundó y dirigió Respuesta, o de sus crónicas, constatan que el columnista no abordo el tema en las décadas de los 70, 80, 90 y fue hasta el año 2003, que hablo de ello, de pasada, pues el tema central fue que don Gabriel Alarcón una mañana del 3 de octubre, le dio su credencial de reportero.
De aquellos años, de la redacción de El Heraldo, el veterano periodista, Miguel Reyes Razo da unas estampas:

En el centro del pasillo principal de la redacción de El Heraldo de México, metido en su bien cortado traje, sin transpirar ni gritar una orden, Mario Santoscoy encendía –parsimonioso-, un cigarro gringo –“de carita”- con un caro “Dunhill”. Trabajador, madrugador, persona muy ordenada tenía el respeto y control de los reporteros. Santoscoy era ese día 2 de Octubre de 1968 el Jefe de Información. Él distribuía “fuentes” de Información. Él valoraba lo que los reporteros acarreaban. Muy temprano, a la hora de elaborar las órdenes había escrito: Reyes Razo: A las 5 de la tarde cubre el mitin en Tlatelolco. Reporte todo a la Jefatura de Información… Mientras fumaba aguardaba la comunicación del reportero.
El viernes 13 de septiembre había ocurrido la “Marcha del Silencio”. Desde Antropología hasta el Zócalo Reyes Razo reseñó el avance de la muchedumbre que lijó el Paseo de la Reforma. Sin gritos. Mudos. Fausto Trejo, Heberto Castillo…
“Ya estaba la vanguardia del Consejo Nacional de Huelga en el Zócalo y eran miles  los que se les unían desde Paseo de la Reforma…” , tecleó.
“¿No se da cuenta donde y para quién trabaja usted, Reyes Razo? –lo punzó Don Mario Santoscoy. “Otra entrada. Ándele. Y apúrese”.
Así era Don Mario Santoscoy. Exigente, duro, inflexible. Los reporteros tenían que hacer “buenas” entradas. Claras. Joaquín López-Dóriga aprendía. Informaba lo que ocurría en el aeropuerto.
Así estaban las cosas en “El Heraldo de México” la tarde del 2 de Octubre de 1968.
Reyes Razo pensó que la soldadesca se dedicaría  a repartir culatazos, golpes, insultos, frases humillantes, cuartelarias a los manifestantes.
Luego al escuchar algunas explosiones Reyes Razo pensó que la tropa dispersaba a la multitud disparándole balas de salva; amedrentándola.
Pero cuando todo se llenó de gritos y de disparos y de ayes Reyes Razo aceptó: “Ya me voy a morir”. Hizo breve despedida de los suyos. Padre, madre, esposa, hijos, hermanos. Ya me voy a morir”.
Y a trabajar. A llamar a Santoscoy.
“Escuche los disparos, señor. El Ejército…Las tanquetas…”
“Escuche. Se oye con toda claridad el tiroteo. Mande a otros reporteros, Don Mario. Yo no podré cubrir todo…
Eran las 5 y 10 de la tarde-noche del 2 de Octubre.
Los disparos perforaron gruesas tuberías. Escapaba el agua a raudales. Nerviosos, los soldados rompían a  golpes de culata los focos de los andadores de Tlatelolco. Detrás ambulantes protegidos con el emblema se anunciaban: “¡Cruz Roja…Cruz Roja…No disparen…
Civiles con el puño enguantado en blanco. Eduardo Quiroz –Jefe de fotógrafos de “El Heraldo de México”- iba con ellos. Trabajaba con ahínco Lalo. Tiroteo intenso. Luego calma. Plaza desierta. Llovida. Y los muchachos reducidos, arracimados junto a los muros de la iglesia. Tiros esporádicos.
Y entre empellones con leperadas rencorosas Reyes Razo salió de Tlatelolco. Se vio libre junto a las “Suites Tecpan”. Edificiazos propiedad de la familia Alarcón. Los dueños de “El Heraldo de México”.
Entró a la redacción. Don Alberto Peniche Blanco –Gerente del periódico- lo detuvo:
Se dirigió hacia el Jefe de Información. Le había mandado informaciones fragmentadas…
No llegó.
“Le habla Don Óscar. El joven Óscar Alarcón. Vamos…
El joven Óscar Alarcón entró:
“¡Que los maten a todos! ¡Bola de comunistas! ¡Rojos alborotadores! ¡Que los maten a todos! ¡Me cuestan mucho por concepto del Impuesto del Uno por ciento para educación para que anden en las calles alborotando! ¡Que los maten a todos! ¡Y usted Reyes Razo no le cuenta nada a nadie del periódico!
Mario Santoscoy se hizo cargo de la información.
Así, asá, Mario Santoscoy informó.
Así pasó el 2 de Octubre de 1968[4].

En aquellos años Joaquín era el más joven de la redacción. Santoscoy le pedía ir todos los días de suéter, así pasaba como estudiante. El joven reporteó las ceremonias al aire libre en el Zócalo, la toma del Casco de Santo Tomás, las asambleas y marchas de cientos de estudiantes. “Yo no conocía a los muertos hasta la madrugada del 3 de octubre en el Hospital Ruben Leñero después del tiroteo y matanza de la Plaza de las tres culturas. Fue impresionante entrar al anfiteatro de la tercera delegación donde estaban la mayoría de los cadáveres. Haberlos visto apilados ahí en el atrio de la iglesia en la misma plaza. Yo no conocía la muerte. Ahí la vi”[5], rememoró López Dóriga en una entrevista.
Mario Santoscoy, periodista forjado en diarios como La Nación y La Prensa, compadre y cercanísimo a don Manuel Buendía, fue uno de los maestros de Joaquín, “mi gran maestro fue Mario Santoscoy, que era el jefe de información”, hace una pausa, recuerda y habla: “no te daba consejos. Te corregía todos los días con una gran paciencia: esto no se escribe así y esto no se escribe así. Mi madre que tenía una maestría en filología románica, licenciada en filosofía y letras, me decía: ‘no te da pena escribir como escribes’, y ni modo aprendiendo, así se hace uno”, narra el periodista. Además de don Mario, López Dóriga se reconoce como alumno de Alberto Peniche Blanco, Ramón Cosío, Jacobo Zabludowsky, don José Pagés y Francisco Martínez de la Vega, sobre los dos últimos el periodista recuerda “yo hablaba muy seguido con ellos y eran muy generosos conmigo”.
Renuente, accede a hablar sobre la redacción de El Heraldo: “Era un periodismo joven y diferente. De grandes fotos, por ejemplo: el 68; todo lo que El Heraldo no decía en sus reportajes –porque lo que se hizo fue concentrar, (nosotros éramos reporteros y aportábamos nuestra información y ahí se redactaba la información)-, y lo que no decían las crónicas lo decían las fotos, eran planas enteras con fotos que decían todo”.
Orgulloso de sus inicios, con un dejo de añoranza, explica “en la redacción o mas bien El Heraldo tenía una de las mejores secciones culturales que dirigía Luis Spota. Estaban todos los jóvenes novelistas que iban a ser grandes”.
A lo largo de sus 47 años en el periodismo, “me dieron la planta del heraldo el 3 de octubre de 1968”, aclara. Una sola columna, escrita el 3 de octubre de 2003 da cuenta de los hechos, ahí narra que siendo un joven, se quedó dormido sobre su máquina de escribir y ahí lo sorprendió don Gabriel Alarcón. El día que Joaquín escribió esa única columna donde  habla de que sí hubo un ataque de las fuerzas armadas en contra de estudiantes -35 años después-, ese día, dejó de existir El Heraldo de México.

4. “A Televisa me trae Jacobo Zabludowsky”, reconoce sin titubeos. En 1970, el joven Joaquín iba a cubrir la Asamblea Anual del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en Copenhague. Jacobo lo ve en un sanborns y le informa que pronto comenzará un noticiero, “me mandas información, y yo le dije que sí. Lo consulté con Gabriel Alarcón y viendo que no tenía ningún problema hice simultáneamente mi carrera en El Heraldo y en 24 Horas”, narra el periodista.
De aquellos años, el Teacher aclara: “Jacobo Zabludowsky, inventó a los reporteros de televisión, antes del noticiero de Jacobo -que fue idea de Emilio Azcárraga Milmo y que luego la implementó Miguel Alemán, siendo el gran operador Jacobo-, los noticieros eran de los periódicos. El de canal 2 era de Excélsior y el del canal 4 de Novedades. Todavía en el 68 quién informó todo en televisión fue el noticiero Excélsior con Ignacio Martínez Carpinteiro”.
Discípulo de Zabludowsky, López Dóriga explica como aprendió el oficio: “A Jacobo le aprendí a trabajar todos los días, a trabajar incasablemente. Le aprendí que en el periodismo no hay inspiración sino hay transpiración. Es un ejercicio de trabajar incansablemente. Con Jacobo no había navidad y año nuevo, ni día de las madres. Todos los días trabajo, como hasta la fecha”.
Enfático, puntualiza: “Jacobo fue quien nos abrió la televisión a los reporteros, los noticieros eran de locutores que leían los textos que preparaban en los diarios, no había más. Jacobo nos abrió a los reporteros –todos de periódicos- el espacio de la televisión. No teníamos que tener buena voz ni presencia de galán. Éramos reporteros, no locutores que eran los grandes personajes de la radio. No puedes entender a la radio sin esos grandes locutores que luego pasaron a la televisión”.
Su mentor, Jacobo, recuerda  que el joven Joaquín tenía dos características fundamentales: estilo para redactar y tenacidad[6].
Se sonríe y narra una anécdota con su maestro: “Cuando muere Agustín Lara, yo le avise a Jacobo y nos fuimos juntos al hospital inglés donde llevaba semanas agonizando el compositor. Yo había hecho una nota porque Jacobo me dijo una noche ‘Vete al hospital inglés mañana, vete a las 4 am porque van a ingresar a Agustín Lara’. Estaba ahí desde las 4 am y de repente llega Agustín Lara acompañado de Malita Gómez Cepeda que era la secretaria de don Emilio Azcárraga Vidaurreta. Tardó semanas en morir, y cuando lo hace yo estaba en El Heraldo y le avise a Jacobo. Me dijo que nos veíamos en el hospital inglés e hicimos el recorrido del transporte del Hospital a Gayoso. Entonces ya para el lunes Jacobo me dice ‘pues échate la crónica’, y la hago. Salíamos de la oficina de Jacobo para el noticiero de las 11 pm y Jacobo me dice: ‘Vas a ver como mañana no va a faltar un cursi que empiece su nota diciendo: ya se apagó el farolito’. Me detuve al momento y le dije ahorita lo alcanzo. ‘¿A donde vas?’, me preguntó. A ver una cosa, respondí y corregí mi nota que empezaba: ayer se apago el farolito".
De 1970 a 1978 el joven López Dóriga se curtió. Llegó a ser jefe de información. A tener un noticiario de 15 minutos a las 12:15 de la noche y a cubrir las ausencias  de Jacobo. En 1977 comenzó a colaborar en Siempre! y en Novedades como columnista político. El periodista llevaba una carrera meteórica. Un viejo colega de la época, Raúl Sánchez Carrillo, lo recuerda como un excelente reportero, y también un galán noviero y un amante de la velocidad: “Fue un gran motociclista como yo; por los años de 1979 a 1981, más o menos nos íbamos a Acapulco, a Cuernavaca, él en su Honda 1300 y yo en una Kawasaki 900. Al Teacher, como le decían, y a la Muñeca, como me dicen, nos conocían como galanes por eso”[7].
Pero no todos sus colegas son generosos con el periodista, ni tienen tan gratos recuerdos con él, sus compañeros de la fuente del Departamento del Distrito Federal en aquellas épocas de Hank González, lo describen como alguien “muy prepotente”, “pesado, siempre con guaruras”, “se le abrían las puertas de todos lados debido a que era consentido”, “un periodista al que había que respetarlo y sus parrandas y atropellos eran bastante conocidos”. Otros aseguran haberlo visto apostando millones de pesos en la Feria de San Marcos y perderlos, “total, los pagaba Rodolfo Landeros” y algunos hacen hincapié en sus adicciones.
Para entonces sus compañeros de la fuente de Presidencia hablaban de la “cercanía” del periodista con el entonces presidente José López Portillo. En el libro Prensa vendida, de Rafael Rodríguez Castañeda se puede leer: “El 7 de junio de 1977, en la entrega de los Premios Nacionales de periodismo, el Presidente convocó a los galardonados a Los Pinos, acudieron a recibir el diploma, presea y un cheque de 50,000 pesos, entre otros Joaquín López Dóriga de Televisa, por entrevista, Carlos Monsiváis de Siempre! por crónica”[8].
En noviembre de 1978 es designado Director General de noticiarios y eventos especiales en Canal 13, la invitación se la hace el caricaturista Abel Quezada, efímero director del Canal por solo unas horas.

5. Canal 13 cambio su estatus jurídico en 1977 para ser rectorizado por la Secretaria de Gobernación, para este propósito, entre otros, fue creada la Dirección de Radio Televisión y Cinematografía (RTC) y se designó como su titular a Margarita López Portillo, hermana del presidente.
La rectoría de Margarita sobre Canal 13 fue caótica, se caracterizó por una inestabilidad política, administrativa y financiera. Innumerables cambios de director (19). Abel Quezada solo duro en su puesto unas horas el 1º de diciembre de 1976. Nulos mecanismos de control administrativo y de producción, dispendio y una alta nómina de empleados Free Lance, constituyeron parte de este panorama.
El académico Alejandro Olmos explica en el libro Apuntes para una historia de la Televisión mexicana: “A Margarita López Portillo se le responsabiliza de que gran parte de las decisiones que involucran al canal, se tomaran sin tener un conocimiento claro y profundo de la televisión. Eran decisiones verticales, arbitrarias, que inevitablemente terminaban por chocar con la realidad”[9].
“Los problemas se agudizaron luego de que en enero de 1978, la Secretaria de Hacienda finiquitó el fideicomiso para la operación del canal creado ex profeso al momento de ser adquirido por el Gobierno Federal a través de Somex”, explica Fernando Mejía Barquera[10].
Ello en la práctica permitió a la Secretaria de Gobernación y a Margarita López Portillo, nombrar directamente a los funcionarios del canal, de lo cual estaba imposibilitada hasta ese momento. En noviembre de 1978, se optó por reorganizar la dirección del canal, con la finalidad de que la información generada por el gobierno –en el contexto de la reforma política- se difundiera de la mejor manera posible entre la opinión pública. Se decidió contratar a uno de los periodistas con más trayectoria dentro de Televisa: López Dóriga. En 20 del diciembre de 1978 comenzó a transmitirse el noticiero Siete días.
El académico Alejandro Olmos narra: “la gestión de López Dóriga fue de claroscuros. Paralelamente al manejo, en ocasiones, bastante oficialista de la información, se desplegó una muy profesional cobertura de acontecimientos internacionales como la caída en 1979 de Anastasio Somoza en Nicaragua, lo que provocó que en determinadas coyunturas se incrementará su rating”[11].
El noticiario Día Siete que llegó a considerarse como una serie competencia de 24 Horas. Con frecuencia su noticiero ganaba las noticias de ocho columnas. Sus programas de comentarios alcanzaron cierta respetabilidad con la participación de algunos intelectuales y escritores como Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Jaime Sabines, Elena Poniatowska, Renato Leduc, Guillermo Jordan, Cristina Pacheco, Jorge Ibargüengoitia y Emilio Carballido. Día Siete peleaba las noticias a Zabludowsky “No pocas veces se habló de que ello era producto de su cercanía personal con  el entonces presidente José López Portillo”[12]. Amistad que nunca desmintió: “tengo tan pocos amigos que prefiero perder una nota que perder un amigo”[13].
El periodista Rafael Rodríguez Castañeda reseña: “En 1981, López Dóriga repitió y recibió de las manos de José López Portillo el premio nacional de periodismo en el género de noticia y por su programa Siete días que venía con su diploma, su presea y un cheque de 150,000 pesos. Director de noticias de Canal 13, López Dóriga aprovechaba su conocida relación amistosa con el presidente López Portillo para manejar en forma autónoma, a su capricho, el área a su cargo”[14].
La administración de López Dóriga terminaría, por vez primera en septiembre de 1981, en medio de una ola de ataques y denuncias de supuesto dispendio y prepotencia. El director de Comunicación Social de la presidencia, Luis Javier Solana, le informo de su cese, ordenado por “romper el orden institucional, al desobedecer órdenes precisas del Consejo de Administración y causar graves daños técnicos y económicos a la corporación”[15].
Ese principal acto de desacato tuvo que ver con su negativa a reinstalar –pese a que así lo había decidido Margarita López Portillo- al ex gerente de eventos deportivos, José Ramón Fernández, que en la víspera había sido sustituido por Jorge Berry.
            En una entrevista para la revista Líderes, el periodista recuerda: “El sábado 5 de septiembre de 1981 me corrieron de Canal 13 en condiciones muy lamentables, con acusaciones, con cercos de la entonces Federal de Seguridad por no participar en el proyecto político de sucesión que encabezaba Margarita López Portillo, ellos lo disfrazaron de muchos modos, pero finalmente ese fue el punto”[16]. López Dóriga se negó a favorecer en su espacio informativo al tapado Javier García Paniagua, como se lo pedía Margarita López Portillo.
Después de siete auditorias y un desestimiento de demanda por parte del socio principal de TV Azteca, Ricardo Salinas Pliego, el asunto fue olvidado.
Pero no todo fue fácil, un problema circulatorio en una pierna debido a la combinación de su alergia a la nicotina y su adicción al cigarrillo se agravó. Hacía siete meses había perdido dos dedos del pie izquierdo, y con esta crisis volvió a la silla de ruedas.
Otra versión sobre esos hechos la narra el periodista José Ramón Fernández: La época del gobierno de López Portillo fue de demasiado golpeteo con cambios de director todo el tiempo. Cuando fue director Pedro Ferríz padre (y también trabajaba aquí Ferríz hijo), quisieron correrme y me corrieron. Recibí un comunicado en el que me despedían. Tomé mis cosas y me salí del canal. Julio Scherer, entonces director de Proceso, me buscó y me hizo una entrevista fuerte. Luego de la publicación, me buscaron de RTC, alguien me dijo que la señora Margarita López Portillo no me conocía y no me había despedido, y que me regresara a trabajar a Canal 13. Me dijo que la señora Margarita no había firmado ese memorándum. Al mes regresé a Canal 13 y continué con mi trabajo en Deportes. En la entrevista explicó que López Dóriga y Ferríz chico habían hecho intrigas contra mí para meter a Jorge Berry. Que era su oportunidad para quedarse con todo. Al mes salió de Canal 13 el actual hombre omnipotente de las noticias, que acabo de ver en Acapulco en un yate precioso que decía Pemex”[17].

6. “No me gusta que me digan periodista, sino reportero, como todos los reporteros diariamente salgo a la calle y reporteo brutalmente”[18], le dijo López Dóriga a la periodista Elvira García. Y de periodismo le gusta hablar, un poco.
Para él no hay que elegir en cuanto si el periodismo es un oficio o una profesión: “Es un oficio en el que hay que ser muy profesional”, asegura y pronto ataja: “yo no tengo definición de lo que es el periodismo mexicano, cada quien ejerce el periodismo como quiere, no hay una regla”.
Enfático señala, dando golpes con su dedo índice sobre su escritorio “Yo ejerzo el periodismo y me voy a los hechos, por eso digo que a mi me han demandado pero jamás me han desmentido. La regla que aprendí es que una información la tienes que confirmar y confirmar y confirmar y una vez que la tienes confirmada, hay que confirmarla otra vez. Con el tema de las redes se ante pone la velocidad a la información; en lo que yo nunca voy a caer”.
Se acomoda en su silla, no esta a gusto, se vuelve acomodar, se le dan ejemplos de periodistas que ejercen el columnismo con poca seriedad. Se le pide su opinión sobre el exceso de opinión que sufre la prensa mexicana, diarios como Excélsior que llegan a tener ochenta columnas al día, y así andan varios grandes diarios, mas los de provincia. Se vuelve acomodar sobre su sillón y opina: “pues cada quien su vida y sus diarios y sus medios, sí, pienso que no sobra, mientras más opinión mejor, más pluralidad y la gente elige”. Se insiste sobre el género al que todo periodista aspira. La columna. El reportero inquiere: “La columna no es el genero sucio del periodismo. Puede ser y no puede ser depende de cómo se use. Yo escribo la columna y adiós, es como todo, cualquier instrumento. Un bisturí puede salvar una vida o matar una persona. No creo en esas generalizaciones, un genero sucio puede ser lo que sea, depende como lo uses”.
Y abunda: “La columna es un trabajo de todos los días, hay que reportear, esto es un trabajo de transpiración, no de inspiración. Hay que buscar la nota, corretearla, confirmarla y reconfirmarla. Aquí no es de decir, ‘hijoles, hoy no estoy inspirado’ y ya no hago columna, ah chinga, es de disciplina, de trabajo, de esfuerzo”.
No le gusta hablar de periodismo mexicano, no le gusta platicar sobre deontología, sobre las reglas. No se aventura a dar un concepto sobre lo que él considera que es periodismo, nada. “Hay tantas clases de periodismo como periodistas hay, como medios hay, pero además ante el abanico que hay la gente elige. Yo soy un trabajador del periodismo, de la información, soy un reportero. Yo hago un periodismo estrictamente informativo. Alguna vez alguien me decía: ‘no, es que nosotros tenemos que formar y crear opinión’. Y no. Yo no. No soy un formador, soy un informador. Mi tarea es informar. Ese cuento de los líderes de opinión que alguien se inventó, no jamás, yo nunca he conocido a un líder de opinión. Lo mío es informar, no crear criterios, menos opinión pública, no educar, solo informar, soy un reportero”.
Entonces se le pregunta por el método López Dóriga para enseñar a informar y solo informar, y si se ha perdido la escuela que existía en las redacciones, justo como él aprendió. “No se pierde la escuela en las redacciones. Yo lo hago todos los días. Yo no hago escuela, no soy tan arrogante. Lo que yo hago es tratar de que la nota quede lo mejor posible. Alguna vez alguien se molestó y yo le dije ‘mira, ni te molestes, sí, porqué sí a ti te molesta que yo te corrija, más me podría molestar a mi estarte corrigiendo la nota 4 veces’. A mi una vez Mario Santoscoy me hizo hacer una nota siete veces. Esto es un oficio”.
Periodista de silencios, periodista que no contesta, periodista que no quiere hablar de periodistas, baja la guardia y accede: ¿Usted cree que Julio Scherer es el periodista más importante de la segunda mitad del siglo XX en México?, se le pregunta. Un silencio largo, mira al que pregunta, sus ojos encendidos: “Sí, claro que sí, y antes de él fue José Pagés, son grandes personajes del periodismo sin los cuales, sin uno y el otro no se podría entender el periodismo de hoy”, responde. Otro silencio largo, abunda: “José Pagés en su tiempo y Julio Scherer en el suyo abrieron un periodismo que no existía. El de la Libertad de Expresión”.
Amigo de don Manuel Buendía, con su voz en el recuerdo y con silencios largos,  el reportero recuerda: “Claro que conocí a Manuel Buendía, muy bien. El día que lo matan, yo tenía mi oficina en la calle de Marsella, a 4 cuadras de la de Manuel en Insurgentes. Cuando yo llegué a Insurgentes todavía estaba el cadáver de Manuel en la banqueta. Nos habíamos visto días antes. Habíamos comido en El Rincón Gaucho de Wolf Rubinski. Lo vi a Manuel, ahí en el suelo y no me lo creía y son cosas que no te las puedes creer. No lo quise ver muerto. Escribí, por su puesto. Había salido de su oficina, iba al estacionamiento y lo mataron por la espalda. Manuel Buendía era lo que muchos queríamos ser, el gran periodista, el gran reportero el gran columnista, el gran personaje”.
Se acomodo bien en su sillón, recuerda a uno de sus maestros: “Escribí en Siempre! José Pagés Llergo era un hombre extraordinario, cuando hablan de El Quijote como su símbolo, yo creo que el quijote se quedaba corto. Con las historias y sobretodo con la generosidad. Don José se adelantó a su tiempo. Convirtió la revista Siempre! en una trinchera de los que no tenían trinchera. Una vez un colaborador le dijo: ‘Maestro, voy a hacer un periódico’. ‘¿Y por qué va a hacer un periódico?’, pregunta Pagés. ‘Es que ya compré una rotativa’ le responden. ‘¡Ah chinga!, entonces ¿si usted tuviera un cañón haría una guerra?”.
El reportero esta relajado. Se le pide otra estampa: “Trate poco a Granados Chapa, pero lo conocí por mi relación con Manuel Buendía. Él también es de esos grandes personajes del periodismo, sobre todo porque él nunca transigió con el poder, sale de Excélsior y sigue a Julio. Su historia”
Una estampa más: “Coincidí con Carlos Denegri en la cobertura del lanzamiento del Apolo 12. Yo estaba con mi máquina portátil y llegó Carlos Denegri con un reportero, un fotógrafo, con una secretaria, con un traductor y con un operador suyo de telex. Impresionante Carlos Denegri. No, no tuve mayor trato con él, solo lo vi esa vez. Nunca me saludo. Una vez le dije, ‘oiga le hablaron por teléfono y contesté’ y me dice ‘¿y usted por qué toma mis llamadas?’. ‘Pues llamaron a mi teléfono’, le respondí y se dio la vuelta y se fue. Fuera de eso no tengo una imagen de él. En mi niñez lo recuerdo en un programa que tenía en el canal 2 y terminaba siempre diciendo ‘Dios mediante’ fuera de eso, nada”.
La mayoría de los periodistas se sienten incómodos al hablar sobre Carlos Denegri, el periodistas que era talentoso con la letras, con olfato, que sabía dónde estaba la noticia, pero que al mismo tiempo era parrandero, drogadicto, mujeriego, golpeador, prepotente, no se media para usar su poder y usar a los hombres del poder a su antojo y capricho, los periodistas no se quieren ver reflejados en ese espejo, que de alguna forma, también es la prensa mexicana.

8. Las autoridades de Canal 13 volvieron a contratarlo en febrero de 1985 como director de noticias del Instituto Mexicano de Televisión, Imevision puesto en el que duro exactamente un año. Cuatro años antes, en 1981 funda y dirige la revista Respuesta y el programa radiofónico Respuestas. En 1987 regresa a El Heraldo como columnista.
Distintos colegas hablan de historias de López Dóriga en sus años como reportero de la fuente de presidencia. Historias reales y fantásticas. Todas coinciden en su cercanía con los Presidentes de México. El reportero responde sobre su amistad con don José López Portillo, pero pronto regresa a sus silencios y evasiones: “Yo conocí a José López Portillo cuando él era subsecretario de Patrimonio Nacional con el maestro Flores de la Peña -de quien yo si era muy amigo-, y era director de la Facultad de Economía. López Portillo era muy amigo de Echeverría y ahí lo empecé a tratar, y yo cubría la fuente financiera y era el más joven de todos los reporteros. Una vez Ortiz Mena fue secretario de Hacienda y yo a los 21 era reportero de El Heraldo y Ortiz Mena me dice ‘oiga joven ¿usted que hace en esta conferencia de prensa?’ Yo vengo de El Heraldo de México, le respondí”.
Un largo silencio. El reportero aclara: “Los presidentes no tienen amigos. Tienen un compromiso, un deber, una misión. Quien se considere amigo de un presidente esta equivocado. Como Scherer que se creyó amigo de Echeverría”, enfático aclara: “A ver, los presidentes no tienen amigos, o no deben tener amigos o dicho de otro modo o la suma de todo, nadie puede creer y sobretodo los periodistas que es amigo del presidente”.
En el libro, Los Presidentes, de Julio Scherer, el veterano periodista narra:

Las exclusivas de Miguel de la Madrid han sido para Enrique Loubet, Joaquín López Dóriga, Regino Díaz Redondo en dos ocasiones y Guillermo Ochoa y Ángel Trinidad Ferreira. No hay interrupción en esos coloquios, alguna discrepancia, algún momento de tensión, los diálogos son tersos, fluidos, agua que corre sobre un lecho de arena.
Consta en las entrevistas exclusivas que el licenciado De la Madrid  es equilibrado, sin titubeos, certero, hecho para el trabajo y el reposo en su momento, unidas las cualidades personales a las dotes de mando. Al presidente no se le pregunta acerca de la intima responsabilidad que compartió con el licenciado José López Portillo en el sexenio pasado, por ejemplo. Tampoco se le pregunta por José López Portillo, antagonista de su existencia[19].

En el sexenio de Carlos Salinas, López Dóriga cubría la fuente de presidencia. Sus colegas de la fuente narran: “Joaquín era sumamente talentoso para la crónica, era distante con nosotros, siempre había alguien entrajado cerca de él”, otro: “el ya tenía mucha experiencia en cubrir giras presidenciales, nos llevaba de calle a todos”, otro más: “en las giras fuera de México del presidente, ese periodista y Fidel Samaniego, eran los consentidos. El equipo de logística de presidencia le asignaba a una persona que le cuidara sus cosas y las llevara a la habitación del hotel”. Uno más: “Joaquín siempre tuvo un asiento aparte de los demás reporteros en el avión presidencial”. Y otro: “Les daban habitaciones de primera, incluso en el mismo hotel donde se hospedaba el presidente, y tenían una camioneta especial con chofer”. Uno final: “El presidente los llevaba en su mismo vehículo para platicarles detalles que le interesaba sacar. A cambio les facilitaba las entrevistas con los secretarios de Estado”.
En el libro La Herencia, del doctor Jorge Castañeda se lee también sobre esta cercanía:

Salinas tenía que felicitarse a sí mismo: Camacho había perdido su última oportunidad para saltarse las trancas. A partir de ese preciso instante, al iniciar Salinas su gira por el Pacífico, se dedica a la otra vertiente de la doble tarea en curso: Contentar a Colosio y acabar de izar la capucha. En una cena en Ciudad Obregón con don Luis Colosio, padre de Donaldo, en donde estuvieron José Carreño Carlón y Manlio Fabio Beltrones. “Salinas había recurrido a dos nuevos guiños: referirse a Sonora en su discurso como una tierra de triunfadores y aconsejarle a dos periodistas incluidos en la gira y especialmente allegados al mandatario, Fidel Samaniego y Joaquín López Dóriga, tratar bien a Colosio: “les conviene”[20].

Jorge Fernández Menéndez, escribe en la contraportada del libro Crónicas del poder, escrito por Joaquín López Dóriga: “ese periodismo fino y riguroso, pasional e irónico, culto y mordaz, de Joaquín López Dóriga, un maestro en contar historias, en lograr que el lector literalmente vea en sus crónicas lo que esta sucediendo, la historia que el periodista cuenta”. El libro son las crónicas que el reportero realizó durante el sexenio de Salinas de Gortari. En la presentación del mismo el periodista escribe: “seguir a todas partes a un Presidente de México como Carlos Salinas con su personal estilo de gobernar y de hacer las cosas. De él, lo que más he admirado es su capacidad de sobreponerse, de ajustar la historia a su tiempo y de resurgir todas y cada una de las veces que le quisieron sepultar. En lo personal, aún no puedo comprender esa fuerza para separar, desde las profundidades del dolor, los deberes de un hombre de Estado, de su duelo, de sus duelos… Es un hombre que me asombra todos los días”.
Se le pregunta sobre el estilo de don Julio de reportear, de descubrir y descubrirse en sus libros. Silencio. Se acomoda en su sillón y habla: “Julio Scherer es un gran personaje. Yo creo que lo que Scherer retrata en sus libros es una cosa: el trato personal que pudiera tener con los políticos y otra es la información que poseía”, y regresa al tema: “Los periodistas no somos amigos de poderosos. Los amigos del poder, ellos no te consideran sus amigos. Yo he tratado a todos los presidentes de México. Yo saludaría a Carlos Salinas si es que él me saluda. En alguna ocasión en una boda nos saludamos”.

9. “Nunca hay que perder la capacidad de asombro, de indignación, y a veces, hasta de enojo”, recomienda el reportero. Explica sobre su sobreexposición: “Yo estoy sujeto a escrutinio publico todos los días, todas las noches, todas las mañanas, a quien me quiera leer, todo el día al que me quiera escuchar en la radio y todas las noches a quien me quiera ver en la televisión. No es que uno quiera o no, uno esta y punto. Además a un escrutinio implacable”.
Estuvo en Mvs radio con un programa de entrevistas. De ahí se fue a la estación Radio Fórmula, propiedad del empresario Rogerio Azcárraga, a hacer un noticiario radial todos los días. En diciembre de 1997, a invitación de Bernardo Gómez y Emilio Azcárraga Jean, regresa a Televisa, Félix Cortes Camarillo, le llevó la invitación, que consistía en hacer un programa periodístico semanal de entrevistas y reportajes que llevó el nombre Chapultepec 18, “no hubo condiciones de regreso, tuve una conversación breve pero muy clara con Bernardo Gómez. Prácticamente creo que solo nos vimos a los ojos y estuvimos de acuerdo” luego vino una platica con Emilio “nuestro pacto es de un apretón de manos y nuestro contrato es de mirarnos a los ojos. No hay ningún papel”[21]. Nuevamente, su ascenso fue meteórico. Al año era conductor del espacio de noticias matutino Primero Noticias y en poco tiempo, relevó en la conducción al periodista Guillermo Ortega, quien era el que daba las noticias en el noticiario estelar de la empresa. El reportero rememora: “el único que no quería ir al noticiero de la noche era yo. Yo era feliz por la mañana”.
De aquellos años el periodista explica la ruptura en Televisa: “La transición en Televisa a la llegada de Azcárraga Jean fue como una familia que se separa. Esto era una familia y se separa. Yo estoy aquí y todos los que trabajamos aquí estamos más tiempo aquí, que con nuestras familias. Me sentí muy triste cuando se fue Jacobo, yo lo repito, no hubiera sido reportero de televisión sin la generosidad de Jacobo, él fue quien me invitó en esa primera etapa, ya en la segunda etapa me invito Emilio Azcárraga Jean y Bernardo Gómez 20 años después”.
Para el periodista: “Televisa ha tenido la virtud e inteligencia de transformarse como se ha transformado el país, me refiero en esta etapa. Es un país diferente, es una Televisa diferente”. Durante 15 años, Joaquín López Dóriga, todas las noches ha dado las noticias.  Se le pide un par de estampas, una descripción sobre dos personajes tan disímbolos e iguales: Deme una estampa de Emilio Azcárraga Milmo, una estampa que le mueva los sentimientos, los afectos, se le pide. Silencios. Mira de nuevo al que pregunta. Piensa mucho, responde: “Te la debo. Te la debo que me mueva los sentimientos. Para buscarla”. Deme una estampa de Emilio Azcárraga Jean: “Más que estampa es una conducta de respeto y afecto mutuo”.
Todos los días se levanta a las 6 am y termina pasada la media noche. “Ni modo que escriba libros de 2 a 5  de la mañana” responde cuando se le dice que nos debe muchos libros. Se le pregunta sobre el conflicto de ser poderoso y tener mucho dinero y el ser un “simple reportero”. El periodista explica: “En el periodismo te haces millonario pero yo tanto en la radio como en Televisa tengo condiciones excepcionales de trabajo”. Dice el periodista, quien vive en la zona exclusiva de las Torres de Polanco, en Rubén Darío,  donde los departamentos cuestan desde 1,500,000 dólares.
La entrevista esta por concluir. El periodista reflexiona sobre sí mismo: “Yo quiero ser un periodista hasta el ultimo día de mi vida, no aspiro a ser un gran periodista, no trabajo para obtener un premio o reconocimientos. Mi mayor reconocimiento es trabajar todos los días. No soy periodista poderoso, no los hay, la poderosa es la información. A mi me niegan llamadas”, aclara, por si al que entrevista no le ha quedado claro, repite: “yo no soy un periodista poderoso”.
Un silencio largo, el reportero piensa y concluye: “trabajo desde la mañana hasta la noche, cuando me despierto lo primero que hago es pensar en que voy a escribir en la columna, mi mujer se enoja conmigo porque yo digo que me despierto pensando en periodismo, y me voy a dormir pensando en periodismo y cuando sueño, sueño en periodismo”, un silencio más. “Mi familia es la principal damnificada, me dicen, oye, que sacrificio el que haces y trabajar todo el día y yo contesto, ‘para mi no es ningún sacrificio’. Sacrificio es para mi familia, es la principal damnificada y además es también un acto de egoísmo de uno hacia ellos. Para mi lo más importante es mi familia y mira que paradoja, no le dedico tiempo a mi familia”.




[1] Entrevista con la Revista Líderes Mexicanos. Tomo 73.
[2] Entrevista con la Revista Contralínea. Texto de Verónica Díaz
[3] La otra guerra secreta. Jacinto Rodríguez Munguía. Pag. 109, 110 y 111.
[4] A 44 años de los hechos, queda la memoria. Miguel Reyes Razo, 03 octubre de 2012
[5] Entrevista Revista Líderes Mexicanos. Tomo 73
[6] Entrevista con la Revista Contralínea. Texto de Verónica Díaz
[7] Entrevista con la Revista Contralínea. Texto de Verónica Díaz
[8] Prensa Vendida. Rafael Rodríguez Castañeda.
[9] Apuntes para una historia de la Televisión Mexicana. Del Canal 13 a Tv Azteca. Alejandro Olmos.
[10] La Industria de la Radio y la Televisión y la política de Estado mexicano 1920-1994. Fernando Mejía Barquera.
[11] Apuntes para una historia de la Televisión Mexicana. Del Canal 13 a Tv Azteca. Alejandro Olmos.
[12] La Industria de la Radio y la Televisión y la política de Estado mexicano 1920-1994. Fernando Mejía Barquera.
[13] Detrás de la máquina me siento Superman. Entrevista con Guadalupe Reyes y Katia D’ Artigues
[14] Prensa Vendida. Rafael Rodríguez Castañeda.
[15] La Jornada semanal. Num. 74. Columna Medios. Raúl Trejo Delarbre.
[16] Entrevista con la Revista Líderes Mexicanos. Tomo 73.
[17] Entrevista de José Antonio Fernández a José Ramón Fernández. Canal 100.
[18] Ahora dicen de él cosas teribles, yo los vi tirárseles a los pies  y llenarle la frente de incienso. Crónica, 20 de agosto de 1996. Elvira García.
[19] Los Presidentes, Julio Scherer García. Grijalbo.
[20] La Herencia, Jorge G. Castañeda. Alfaguara.
[21] Entrevista con la Revista Líderes Mexicanos. Tomo 73.








viernes, 13 de marzo de 2015

Interpretes. Tania Libertad

Distintas maneras de ver a Tania Libertad
Por Abraham Gorostieta


Tania Libertad es la intérprete –no cantante, pronto aclara ella- más sobresaliente de Latinoamérica. Su voz ha viajado desde el Perú, su tierra natal y ha conquistado la India, China, Japón. Hace tres años fue nombrada embajadora de la cultura de Perú. Festejo los 50 años de su carrera en un concierto en las legendarias tierras del Machú Pichú. Amiga y compañera de cantantes, compositores, pintores, poetas y escritores. De políticos y empresarios como Carlos Slim. Tania Libertad es un ser muy singular. Nos recibe en la intimidad de su estudio, prepara un nuevo disco acompañada de las intérpretes Eugenia León y Guadalupe Pineda que muy pronto estará a la venta. Al fondo una colección de instrumentos de viento, una batería, varias guitarras, sobre la pared una pintura del famoso pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, Tania Libertad se sienta sobre su sillón y comienza a platicar.

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Su padre, don Carlos, era un bohemio que gustaba de tocar la guitarra y dárselas de compositor, explica Tania con una ligera sonrisa mirando a su pasado y agrega: “Tocaba muy bien la guitarra y se la pasaba dando serenata a otras mujeres que no eran mi madre” y, ríe, con aire de nostalgia. Frunce el seño, se acomoda varias veces en su asiento y continúa platicando con esa voz ronca que la caracteriza: “Tuve una relación muy extraña con mi padre, gracias a él tengo la ideología y los ideales que tengo pero mi padre fue muy duro con migo y mis 15 hermanos, fue muy necio, muy autoritario”.
Anarquista peruano, a su padre le gustaba escribir sobre las revoluciones de izquierda que ocurrían en esos tiempos, lector del ruso Mijaíl Aleksandrovich Bakunin, padre del anarquismo, don Carlos escribía en todo periódico obrero bajo el seudónimo de Solrac, cosa que lo metió en diferentes problemas. A Tania le brillan los ojos cuando recuerda esto y nos cuenta: “Tuvimos una serie de problemas por los escritos de mi padre, y entonces a él lo castigaba mucho su sindicato y lo mandaban lejos, lejos a radicar, a ver si así dejaba de meterse en problemas, pero nunca dejó de hacerlo”.

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Nace en la tierra de Zaña, Perú, en la provincia de Chiclayo de la región Lambayeque fundada en 1563. Nace ahí debido a uno de los “correctivos” que su padre recibe. A Tania le vuelven a brillar los ojos cuando habla de sus raíces: “México y Perú son las dos grandes culturas de nuestro pasado. Los dos pilares de nuestra América: Los Incas y los Mexicas. Sumamente creativos, nos dieron cultura, texturas, identidad, música, fuerza, y cuando llega el mestizaje, la fusión de culturas es tan grande que lo tenemos todo, y lo que teníamos, se refuerza a grados inimaginables”.
Y continúa: “Tenemos los grandes tesoros artesanales, la comida, pero la música es una fusión maravillosa, tengo una intuición –se acerca al que esto escribe para confesarle un secreto- en el Perú la música es más sincopada que en los otros ritmos negros en otros lados que son mas pegados a la tierra, son más cuadrados, sin embargo la música peruana no ha llegado a ser tan popular como el vallenato, o la bachata o la cumbia”, explica en secreto y continua su platica.

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Su padre nació en la selva peruana, su abuelo en Manaos, Brasil, su madre en Jayanca. Su padre siendo un adulto se roba a su madre que tenía 15 años. Zaña es el único poblado negro que hay en la costa del Perú. Tanía dice que es una ferviente creyente del destino. “Yo soy costa, es decir, nací en tierras negras y españolas”, explica la cantante. Se le pregunta sobre Dios y rápido contesta: “Creo en una especie de Dios, la música es un Dios, el amor es un Dios, el sentimiento que me inspira es una forma de Dios” y se sonríe y juega un poco con sus manos.
Sus dedos están inquietos, se le pregunta sobre una de sus pasiones: la comida. Le gusta preparar ceviche de Guitarra, papa a la guancaina, el arroz con pato, ají de gallina, lomo salteado. “Preparo toda esa comida muy a mi estilo, porque yo aprendí a cocinar estando una vez en México, no en el Perú, pero toda esa comida y más, la preparo a mi forma para recibir a mis amigos, como lo hacía con Mercedes Sosa o Gabriel García Márquez, o con Saramago, o con mi adorado Manzanero”.
Pronto explica: “La guitarra es un pescado que no existe acá, ni siquiera en Lima, pero es un pescado que lo secan con sal y lo hacen en tiritas, entonces lo remojas para quitarle el exceso de sal, picas cebolla morada muy finita, jitomate, y un poco de ajo, cilantro si gustas, lo revuelves todo, le agregas jugo de limón y condimentas. Tienes preparadas unas tostadas bien fritas y secas y les untas mayonesa y una rodaja de aguacate y listo, tienes ceviche de Guitarra”.

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Conoció a José Saramago en 1997, mientras daba un concierto en homenaje a Rafael Alberti en Madrid que le había pedido la Unesco. Saramago la escuchaba en primera fila y Tania cantaba el poema La Paloma que también canta Joan Manuel Serrat. Saramago aún no era premio Nobel, tres meses después Tanía musicaliza los poemas de Mario Benedetti  (la vida, ese paréntesis) con el apoyo de Editorial Alfaguara. Pero ahí surgió la amistad y cada vez que Tania viajaba a España tenía que llevar muchos discos suyos y Saramago le confesaba: “No sé por qué, pero todo mundo me roba tus discos”.
Cuando Tania termina el disco sobre Benedetti, le pide al propio Mario un prólogo a lo que contesta el poeta: “No puedo Tania, me da mucha vergüenza tener que autoelogiarme”, Tania rememora esa experiencia: “y yo medio en broma y medio en serio le digo a Alfaguara que se lo pidamos a Saramago y se lo pedimos y dijo que sí, pero a la semana lo nombran premio Nobel y yo pensé que ya no me lo haría, pero él escribió el prólogo en el trayecto de Lanzarote a Lisboa, en pleno vuelo y se lo agradezco mucho por todas las cosas hermosas que él escribe sobre mi trabajo”.

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Creyente del destino, Tania no vacila en contar que él fue quien la ha llevado a ser amiga de tantos y tan reconocidos escritores: Mario Vargas Llosa, José Saramago, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Milan Kundera, entre otros, pero Tania tiene bien presente en su memoria a Juan Gonzalo Rose, ese gran poeta peruano, que ganó tres veces el premio nacional de poesía, que fue deportado de su tierra y quien fue quien la llevo de la mano por el camino de las letras latinoamericanas. Así conoció a Chabuca Granda. 
Tanía recuerda sobre Chabuca: Tengo tanto que decir sobre ella, era una mujer sumamente sabía. Uno de joven es muy aventado y todos los cantantes jóvenes le reclamamos una vez el por qué se había ido a cantar a Chile si estaba Pinochet y ella me dijo algo, que hasta ahora conservó como una gran frase: “Mira Tania, yo mis amistades las hago por afecto, no por ideología”, y me decía otra cada vez que yo le reclamaba algo o la jalaba para algún movimiento: “Estas pecando de joven”, fue una gran maestra.
Tanía se pone un poco melancólica y recuerda: “A Mercedes Sosa yo le aprendí mucho. Cuando se muere La negra Sosa yo inicié mi participación en las redes sociales. Para mi fue la muerte de una era y el comienzo de otra, me dolió en el alma la muerte de mi Negra. Para mi en la música latinoamericana no habrá nadie como Mercedes Sosa por su trayectoria, su fuerza, el color de su voz, su compromiso, una mujer que supo disfrutar de la vida, hicimos una linda amistad, en su casa de Buenos Aires, a México, en esta casa venía mucho a comer la comida peruana que yo le hacía. Yo quería que Mercedes grabará un disco de Huapangos con mariachi, una vez que vino a mi casa yo quise que grabara unas canciones y rápidamente me di a la tarea de conseguir un mariachi, solo pude conseguir 4 músicos del mariachi Gama Mil, y mi Mercedes estaba fascinada y no canto huapangos, sino cantó como 20 veces la canción Mucho corazón de José Alfredo Jiménez”.

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“Conocí a Serrat en el Perú, en 1975, y a Benedetti, en 1968 a Manzanero, yo le abría sus conciertos”. A los 9 años graba su primer disco. A los 11 canta en Guayaquil con Marco Antonio Muñiz y Carmen Salinas, pero Manzanero fue especial. “Creo mucho en el destino” repite otra vez, “una vez me leyeron los caracoles en Río de Janeiro, Brasil, y me dijeron que mi nombre estaría vinculado con muchas personas que su apellido o su nombre estuviera vinculado con la letra M, y sí, y sabes, tengo mucha afinidad con el numero 13, las letras de mi nombre suman trece y así con muchas cosas y el 13 es un numero que me ha seguido en mi vida”.
Se le pregunta a Tanía por otro icono musical latinoamericano: Víctor Jara, en seguida responde con ese brillo en los ojos y en su mirada perdida en el tiempo. “Yo canté con el en el campo de Marte en Lima, el último concierto que dio, estoy conversando con él en el camerino y yo estaba muy sacada de onda porque no era muy aceptada por la izquierda peruana pero la derecha peruana ya me aborrecía, así somos los peruanos, no sabemos tener un centro, muy radicales y pasionales somos, no hay medias tintas. Y yo le platicaba a Víctor Jara esto. Estaba muy joven yo. Aún no profundizaba en lecturas de izquierda y marxistas, pero Víctor todo amor me daba grandes consejos y me abrazaba”.

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Los cantantes nos retiramos cuando ya no podemos en todos los sentidos, cuando la voz no da, el movimiento no da, las condiciones físicas no dan, explica Tania al que esto escribe, y aclara: “Hay una diferencia entre cantante e interprete, yo soy interprete, cantante hay muchos y te puedes poner a estudiar y si tienes una voz bonita y estudias puedes llegar a ser cantante, pero ser interprete es muy difícil: saber transmitir los sentimientos, las emociones, entenderlos y asimilarlos, que te calen y luego tu poderlos interpretar, del alma mía a el alma de los demás, el día que yo ya no pueda hacer eso será el día que me retire. Y sabes, aprendí mucho de los caminos que hay que recorrer para llegar a ser una interprete honesta, para llegar a escoger un buen repertorio, para no engañar a la gente y todo esto lo puedo transmitir a las siguientes generaciones. Como una asesora, una productora. Puede que de cantante me retire pero como interprete puede ser que llegue a ser como Chabela Vargas, que solo como ella y nadie más decía las cosas como solo ella podía decirlas. Y Chabuca igual, ella me decía ‘Yo soy un san Bernardo que canta’ pero cuando tu la escuchabas cantar y lloras, porque te llega al alma, igual que Manzanero, lo escucho y lo siento en el alma”.

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Dice el periodista Ricardo Rocha que “Tania canta con el alma y con el corazón” y la peruana se ríe y añora esas palabras y explica: “Ricardo fue y es mi gran amigo desde que llegué a México, su hermana Alicia fue de las primeras que me dieron trabajo, y como a veces yo no tenía dinero para ir en las navidades a mi Perú y estar con los míos pues me la pasaba con la familia de Ricardo que también son muy míos”.
No es adicta a la moda, y se explica: “Veme, estoy de mezclilla, con una camisa blanca que no falta en mi closet, igual las mascaditas, y veo que las modas van y vienen y bueno, ahora ando yo como siempre pero creo que ahora esto se llama hippie-chic-bohemio, pero cuando yo la usaba era simplemente ropa. Soy una gente que no me veras en una alfombra roja, nunca, fíjate lo que te digo, no me gusta que me vean más allá de lo que yo quiero que me vean, ni que me vean por la marca de mi bolso, de mis zapatos, por el diseñador de mi vestido quien sea dicho, me los diseño yo. Hay gente que dice que me visto horrible pero en el momento que abro la boca, es ahí donde quiero que me vean, no en lo que uso”.





          

Crítica de Arte. Avelina Lésper

Avelina Lésper, Crítica de arte.
Todos podemos hacer nuestro el arte

Abraham Gorostieta

Avelina Lésper es una mujer que cabe en una sola palabra: ojos. A través de ellos se expresa, se comunica, se explica, transmite. A partir de ellos mira, entiende, analiza, crítica. No se anda con rodeos. Es una mujer directa, la franqueza y claridad son sus mejores argumentos. No pretende hacer una cruzada por definir lo que es arte pero eso sí, con toda su voz denuncia que el arte contemporáneo esta lleno de mediocridad, de farsas y que es un enorme fraude financiero. Es, sin querer serlo, una especie de Jean Baudrillard, el gran filósofo y sociólogo francés, que nos decía que la realidad que vivimos, la híperrealidad es un chistorete. Avelina Lésper piensa sobre sí misma: “Yo estoy siendo lo que tengo que ser y que hacer, nada más. Yo no le pongo nombre a lo que hago, yo veo algo, digo lo que veo y lo escribo. Yo sólo soy un espectador privilegiado en el sentido de que me otorgué el derecho de ver, ser y saber. Nada más”.
De muy niña ha sido viajante. Ha conocido el mundo, pero sobretodo ha conocido las grandes obras de arte: “Mi familia y yo viajábamos mucho. Desde muy niña estuve en el mundo de los museos debido a determinadas circunstancias familiares. Esto me da la oportunidad de que antes de cumplir 18 años, yo ya conocía los grandes museos del mundo y había estado en contacto con las grandes obras de arte, las mejores”. A esa edad, Avelina ya conocía el Louvre y el Orsay de París; el Museo Reina Sofía, en Madrid; el Museo Británico y la National Gallery, en Londres; el Guggenheim, en Bilbao; el Rijksmuseum, en Amsterdam; los museos Vaticanos; la Galería de los Ufizzi, en Florencia; el Hermitage, en San Petersburgo y el Museo del Prado, donde a los 11 años, la niña Avelina quería robarse El Jardín de la Alegría de El Bosco: “me atrapó desde el principio, tan fuerte y violento, tan hermoso”.
Sus ojos no dejan de moverse, se encienden a ratos y explica: “Yo ya tenía un filtro que adquirí en esos años, un criterio ya formado y sabía que me producía placer, que me producía conocimiento. Tú cuando estás frente a una obra, intercambias impresiones, le das tu tiempo y ella te lo da a ti, la dejas que entre a tu persona. Entonces cuando pasa esto, tú ya sabes con que tipo de obras quieres pasar el resto de tu día en un museo o en la vida”. No tenía que pensarlo mucho, pronto la adolescente se matriculó en la universidad y decidió así su destino: Conocer, entender y apreciar el arte. La crítica recuerda: “cuando empecé a estudiar arte y los maestros me empiezan a decir: ‘bueno, esto es arte porque así lo dice la teoría, así lo dice la historia del arte’ y yo pensaba ‘pero no me producen ningún sentimiento, nada’. Pero sin duda eran piezas únicas”.
Toda su formación ha sido con base en la historia del arte. No es pintora, no esculpe, no diseña. “La crítica ha estado separada de la factura desde siempre”, aclara. “Actualmente, la crítica es una mafia, un intercambio de favores” y sus ojos se encienden, y hablan con pasión: “Me han dicho dogmatica, contestataria, de cerrazón que me acusen de más cosas, de todo lo que quieran, que no se limiten porque eso quiere decir que están incómodos, sí están cómodos con mi crítica, entonces para que la hago”. No da tregua: “Estar fuera del establishment del arte y la critica del arte me hace ser absolutamente libre y feliz. Que los del Fonca se repartan sus becas y sus premios”. Y sentencia: “La mafia del arte mexicano es bien sumisa porque solo hay un jefe y los demás literalmente son esclavos”.

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Avelina Lésper es una mujer dura, tiene que serlo. No se puede permitir titubear. Pero sus ojos la delatan, a través de su mirada, uno descubre la gran sensibilidad de la crítica. Sus grandes ojos marrón se abren y se descubren: “La idea que defiendo es que todo mundo puede hacer suyo el arte, lo hacemos constantemente, cuando tu escuchas por primera vez a Mozart o a Bach, y lo haces tuyo, pues sabes que eso no tiene dueño, es de todos. El arte no se queda en el artista ni es del artista, se va más allá de él”.

-¿Cómo poder acercarse al arte sino se tienen la herramientas necesarias?
-Con sensibilidad, que es una característica humana y es un proceso cognitivo. Todo mundo es sensible a la belleza que dicho sea de paso, es una invención. Hay dos tipos de belleza: una, que es natural y que la ves en el cielo, en las flores, en las montañas, en la noche, en la naturaleza y dos, la belleza artificial que es la que inventamos los seres humanos a través de la inteligencia, que es lo que tratamos de recrear, lo que nos conmueve, lo que nos emociona y a parir de esto tratamos de que eso comunique, entonces tratamos de hacerlo a través de la belleza y eso no significa que algo sea bonito. La belleza va mucho más allá de ser bonito, la belleza puede ser terrible pero es un proceso cognitivo, es decir, cuando asimilas y reproduces. Esa es la invención de la belleza. Eso es el arte.

Para Lésper esta claro todo: “Todos los seres humanos somos sensibles a la música, a lo que vemos, a la poesía y a las letras y pasa algo muy curioso, siempre quieres tener más. Más conocimiento. Mientras más estudias quieres saber más para ti. Eso es lo único que sucede. Pero es una gran mentira decir que si a una gente no le gusta una obra es porque no le entiende. Entonces es falso que el arte contemporáneo la gente no lo entienda, todo mundo tiene la capacidad de tener sensibilidad por la belleza. En todo caso, se sentirán más comprendidos o más contenidos, el arte nos contiene, con una obra u otra, eso es derecho de la psique de cada quién. Alguien te puede decir, ‘yo me siento totalmente contenido en una naturaleza muerta de Cezane’ y otro podrá decir que con ‘un abstracto’, pero esas dos personas buscaron una obra para hablar de sí mismos, es decir, que los contenga, que los retrate, eso es lo que nos proporciona el arte”.

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Estamos en el museo de la Fundación Sebastián, el famoso escultor mexicano. Avelina esta en su salsa, cómoda, a gusto. Ella se ha ganado su lugar. Ha sorteado una serie de batallas a lo largo de su trayectoria profesional, es curadora y crítica. Tiene una serie de entrevistas a artistas plásticos que se pueden ver en el canal de Milenio Televisión. También hay que decir que la prensa ha construido un mito en torno a Lésper: No es una Juana de Arco en contra del arte contemporáneo.
Nuevamente clava su mirada para explicar su quehacer: “La crítica no es cuestión de gusto y el arte si es cuestión de gustos. El arte se estudia, se analiza, se cuestiona y genera pensamiento y conocimiento. Lo que yo he visto es que hay muchas expresiones de arte contemporáneo que simplemente no alcanzan el tratamiento de arte porque tienen muchas deficiencias de concepto, de factura, de contacto con el público”.
            “El mercado del arte maneja muchísimo más dinero que toda la publicidad junta”, sentencia nuevamente. Artistas como Gabriel Orozco, Damien Hirst, Takashi Murakami, Jeff Koons no le agradan, dice que sus obras carecen de valor, que están tan preocupados por ser irreverentes, por ser bonitos, por ser complacientes, y ante el análisis serio, los artistas se defienden diciendo: “somos irónicos”. Lésper explica que esta mala factura del arte contemporáneo te limita como espectador: 

Es que no tienes esa posibilidad de ver otra realidad y eso produce mucho desencanto, porque ese es el trabajo del arte, darte algo que no esta en la calle porque el arte no se parece a nada de lo que hay. Eso es lo uno busca, en cambio con el arte contemporáneo, los artistas y su trabajo, el que sea, todos son iguales. En la circunstancia que sea, todos son iguales. Cuando tu lees una novela, no estas buscando leer tu vida, estas buscando leer otra realidad y entonces sí, encontrarte a ti pero en otro. Cuando vas a un museo y ves algo de Gabriel Orozco o quien sea y ves una fotografía, una sandía o un… estas viendo lo mismo que ves en el supermercado, en los mercados o en los tiraderos y entonces no tienes la posibilidad de ver otra realidad que te transmita que te comunique algo, el artista te la esta negando”.

-El arte mexicano no tiene los alcances para internacionalizarse, a pesar de su rica historia, esto es todo fenómeno, ¿cómo podemos explicarlo?
-Paradójicamente los únicos que han vendido bien han sido pintores. Frida Kalhó y Diego Rivera son los Top Ten, Tamayo, Toledo, los pintores oaxaqueños son los que venden bien fuera de México. Y el arte contemporáneo mexicano no vende bien por una sola razón, imitan mucho al arte anglosajón. Entonces, de comprar arte original y tener una copia, pues mejor le inviertes al original. También el arte mexicano tiene un problema muy suyo, es muy folclórico, todo mundo le tira al kitsch, al luchador, a la mascara, a la piñata y eso hace que el arte mexicano se vuelva muy regionalista. Comprar arte mexicano es ya un asunto antropológico, no un asunto cosmopolita, es decir, universal.

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El arte tiene que ser universal, dice Avelina con sus expresivos ojos. “Tienes que sentir que hay algo de ti en una obra que miras. Es lo que pasa con los grabados y las tintas japonesas, tu ves un Katsushika Hokusai  y dices ‘así es el mar, como lo hace él’ y es Japón, pero si tu ves una piñata eso es only in México, y entonces no te da esa oportunidad como ser humano de prolongarte fuera de ti. Te encierras en el microcosmos de tu paisito folclórico, de tu calle, de tu pedacito de tierra”.
-Hábleme de Marcel Duchamp, ¿con los ready made comenzó todo?
-Con Duchamp comenzó con una de las expresiones e hizo varias obras importantes, lo que hacía él no era propiamente una tendencia, porque el dadaísmo sembró mucho de lo que hay ahora en el arte contemporáneo. Duchamp partió el urinario pero lo que él aportó y fue fundamental, fue el haber firmado el urinario con un seudónimo y además, haber dicho que la sola acción de que él como artista designara un objeto como arte, lo hacía arte. Eso fue fundamental para desarrollar una corriente en la que no era necesario que alcanzarás ningún nivel de calidad, ni de investigación, ni de cultura para que la obra alcanzara nivel de arte, bastaba con el sólo deseo del artista. Una designación del artista. Eso sí fue fundamental y se retoma en los años de finales de las décadas de los cincuenta y principios de los sesenta. De ahí han surgido toda una serie de creaciones de objetos que carecen de cualquier implicación artística pero son arte por designación.
José Luis Martínez, director de Laberinto, la invita a escribir una columna semanal. La gente lee sus criticas porque necesita escuchar una voz diferente acerca de lo que se esta haciendo en el arte: “siento que sí tengo una comunicación y una retroalimentación con mis lectores, lo que más me gusta es que a las personas si les interesa la crítica, si les interesa leer sobre el arte, que no es para entendidos como decían”. Sus ojos escudriñan y se expresan: “No es mi objetivo sentir satisfacción en mi trabajo, si fuera así, vendería coches. Es hacer un trabajo, mi objetivo es construir”.
Entera, se levanta y sentencia: “Lo que me indigna es la cobardía. Lo que me conmueve es el riesgo”, ella es Avelina Lésper.



Escritores. Paco Ignacio Taibo II

Paco Ignacio Taibo II, 64 años viviendo con furia.
Abraham Gorostieta

Enciende un cigarrillo, aspira profundo, le da el golpe, suelta el humo y al fin habla: ¿Hay una multa por mentarle su madre al Presidente? Pregunta el escritor Paco Ignacio Taibo II a un concurrido auditorio compuesto, en su mayoría, por jóvenes, mientras presenta su último trabajo como historiador: Yaquis, Historia de una guerra popular y de un genocidio en México. ¿Sí/No?, vuelve a preguntar el escritor y lanza la siguiente interrogante: Oigan, ¿y la multa es cara? “Te ayudamos a pagarla Paco” se escucha una voz al fondo del auditorio. Paco está contento, se ríe y agrega: “Ah bueno, entonces: ¡Que vaya y chingue a su madre Enrique Peña Nieto!” grita el escritor y arranca sentidos y sonoros aplausos por parte de la concurrencia. Vivas y bravos grita la gente en el improvisado auditorio de la Feria del Libro en el Zócalo capitalino.
“Este cabrón si tiene huevos”, comenta Antonia López, una mujer de 62 años que al salir al zócalo y ver al escritor se tomó un tiempo para escuchar la plática en dónde los nombres de Santa Anna y Porfirio Díaz causaban sinceros chiflidos que mentaban madres.

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Paco, un hombre que confiesa a Instantáneas Mexicanas  que ama la vida, que al terminar de escribir un libro sólo descansa 24 horas y comienza a trabajar en otro. Que odia las entrevistas largas pues “uno no puede ser ingenioso por más de veinte minutos seguidos” explica. Que fuma como desesperado sus cigarros cubanos y que toma demasiadas Coca Colas. Que se enfurece al hablar sobre los apátridas de la historia nacional. Ese hombre es Paco Ignacio Taibo II, un hombre que vive la vida con un gozo enfurecido.
En la reciente Feria del Libro Internacional que se celebra anualmente en Guadalajara los libros del historiador fueron los que más se vendieron según dio a conocer su casa editora Planeta. Taibo es y será un novelista, un historiador, un biógrafo, un periodista, un cronista, pero, sobretodo, un militante de la izquierda política mexicana “porque así debe de ser, es lo honesto” indica el también organizador y director –por veinticinco años seguidos- del Festival Internacional de Novela Negra que se celebra en Gijón, España.  
Franco, sencillo y de trato amable Paco Ignacio explica que no tiene ningún ritual a la hora de escribir, solo necesita sus cajetillas de cigarros cubanos y sus coca colas. “Escribo todos los días a la hora que puedo, quiero o debo, no tengo horarios ni obligaciones de hacerlo pero todos los días escribo un poco o un mucho, a veces catorce horas seguidas a veces 10 minutos”, cuenta a Instantáneas Mexicanas el biógrafo de El Che Guevara, quien opina también sobre la otra biografía mexicana sobre el mismo personaje que escribió el intelectual Jorge Castañeda, La vida en Rojo, “No me gustó, no me parece mala, pero no puedes hacer una biografía cuando ya de entrada, sabes lo que vas a biografiar, si ya tienes una idea preconcebida”.
Sobre El Che, Paco Ignacio cuenta que al hacer la investigación para biografiarlo, al acercarse a las fotografías que existen sobre Ernesto Guevara percibió algo: El Che siempre aparecía en todas las fotos con su uniforme de guerrillero, con sus botas calzadas pero con los últimos ojales de las botas sin abrochar, las agujetas sueltas. “Esto me intrigo mucho y me di a la tarea de investigar este hecho. A lo largo de mi investigación pude tratar con personas que lo conocieron y lo trataron y poco a poco fui descubriendo el misterio de sus botas sin abrochar: Ernesto estaba siempre ocupado, no tenía tiempo para desperdiciarlo y abrocharse las botas era desperdiciar el tiempo. Al igual que Castro, que no perdía tiempo en rasurase”. Enciende su segundo cigarro

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Paco es un autor prolífico, inicia su historia como novelista con la primera de las nueve novelas que ha escrito en donde el personaje principal es el detective Héctor Belascoarán Shayne: Días de combate, de ahí le siguieron Cosa fácil, Algunas Nubes, No habrá final feliz, Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, Amorosos fantasmas, Sueños de frontera, Desvanecidos difuntos y Adiós, Madrid. Pero Belascoarán es un personaje atípico pues es cojo, tuerto, comparte su oficina con otros personajes, es ingeniero, pero en la primera novela era un ser normal. El escritor del género negro se ríe, con la mirada agradece la lectura de sus novelas y explica: “El deterioro de mi detective ha sido progresivo y tiene que ver con que andar en las historias que él anda constituye un oficio en el que no existe la impunidad”.
Taibo es el escritor que no acaba nunca de llenarse, escribir es un entremés que disfruta y lo tranquiliza, pero siempre quiere más. Para él la novela negra es “un exorcismo, porque cuando lo peor lo cuentas ya no sucede”. Y define que la literatura es un fenómeno social dónde interviene el escritor, el lector, el editor. Paco Ignacio es un escritor militante que honra y canta a la libertad de los pueblos y arde y se rebela contra los otros, los tiranos.
Sonriente, de mezclilla de pies a cabeza explica que una buena novela dura mas que un orgasmo, pero sobre todo las novelas “tienen la virtud de hacerte ver el mundo con los ojos de otro; ofrece información en profundidad sobre una sociedad, explora los paisajes humanos y contiene material estimulante para la imaginación; es quizá el acto cultural más subversivo que hoy existe”.

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Ha escrito más de 50 libros y la gran mayoría de sus obras han sido traducidas a una docena de idiomas y han sido publicadas en 28 países. Ganador en tres ocasiones del prestigioso premio internacional Dashiell Hammett, del codiciado premio italiano Bancarella y ganador del premio Planeta Joaquin Mortiz, Paco Ignacio Taibo II busca superarse constantemente. “Todos los días uno siente que encontró la mejor manera de escribir lo que uno quiere, qué encontré la mejor manera de contarlo, de contar lo que necesitaba decir tan bien como podía, lo investigue tan bien como debía” y sentencia “Si no tienes una continúa autocrítica presionándote estas muerto como escritor”.
En sus libros hay una mezcla de géneros, la historia con la novela, la crónica con el reportaje y la novela negra, el biógrafo de Francisco Villa nuevamente sonríe y explica: “Lo hago a propósito, no me gustan los géneros puros. Me gustan los géneros que voy creando: la novela de acción-aventura-policiaca-negra-histórica. No creo la fidelidad al género, creo en la fidelidad a la historia que uno va contando”.
Uno de sus libros más leídos es el de Muertos incómodos que escribió al limón con el guerrillero mexicano conocido como El Subcomandante Marcos. Es una novela negra que disfrutó mucho comenta a Instantáneas Mexicanas el escritor y narra: “Una vez llegó una carta a mi casa. Era del Sub en dónde me preguntaba: ‘¿Quieres escribir una novela a cuatro manos? Sí dices que sí empezamos hoy’. Y dije que sí”.
La carta llegó por medio de un propio que llego muy misterioso. “A partir de ahí empecé con él la escritura de Muertos incómodos. Nunca nos vimos en la elaboración del libro, todo era por medio de correspondencia que me entregaban de manera misteriosa, muy subterránea, pero manteníamos un carteo muy nutrido, cartas que me entregaban en mano”. Todas las páginas que le eran enviadas iban firmadas por Marcos para que no las falsificaran. “Luego teníamos otra correspondencia paralela en donde le decía o me decía: ‘no me avientes más personajes secundarios mi buen’… ‘No estés chingándome con eso mano’… ‘Abusado con el personaje que te envié en el capítulo 5 porque lo quiero usar para esto, entonces, úsalo en el mismo sentido’… Guardó la correspondencia con el Subcomandante Marcos que algún día publicaré”, cuenta Paco Ignacio mientras le da una onda bocanada a su cigarro.
“Yo le tengo mucho cariño al Sub, un gran aprecio. Me parece que es un hombre congruente con sus ideas y sus propuestas. Muchas veces no coincidimos pero no importa, esta del lado bueno”, dice en un tono serio, muy formal el escritor mientras se lame los bigotes de morsa buscando quizá, algo del sabor del trago de la coca cola de lata que lo acompaña.
“A Andrés Manuel López Obrador también lo quiero mucho, y al igual, muchas veces no coincidimos pero no importa, esta del lado bueno. Y el lado bueno es estar al servicio del pueblo. Y esa es la clave. ¿De que lado te pones? ¿Al servicio de la oligarquía o al servicio del pueblo? Los que están del lado bueno, los quiero a todos”. Sentencia Taibo II mientras ya se ha formado una larga fila en donde estamos para tomarse una foto con el escritor, que les firme un cuaderno, una servilleta, para darle la mano y saludarlo.

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Emilio Salgari fue muy importante en la infancia del escritor “el gran calor que despedían sus novelas, la pasión que había ahí me marco a los cinco, seis años”, recuerda. Nace en Gijón, España en 1949. Y al encender su cuarto cigarro narra: “Fui un niño enfermo, sin televisión con muchas horas de cama y mucho tiempo para leer, lo que me daba un gran placer. También salía a jugar al parque por las tardes. Y todas las enfermedades que padecen los niños yo las tuve todas. Escarlatina, Sarampión, Viruela, Hepatitis, Paperas, Gripe en todas sus formas, todo”.
Para platicar con Taibo II basta simplemente saludarlo, es un hombre que tiene cierto aire a Joaquín Pardavé. Robusto, su rostro no marca el paso del tiempo. Sus padres migran de España y lo traen a México a los nueve años de edad, él mismo recrea ese episodio: “entonces fue muy sorprendente porque tarde treinta días en llegar, entonces para mí fue como ir al fin del mundo y era otro mundo, en efecto, otros colores, maneras de hablar, de comportarse, nombres, olores, todo era diferente. Mi primer mango lo comí en La Habana. La primera toronja en mi vida fue en Veracruz. No conocía mucha fruta y comida”.
Debe ser difícil ser extranjero, sobretodo ser español y llegar a México. Un país en el que se enseña a los niños que los españoles son malos, tiranos, conquistadores y que la muerte de ellos en el período de la Independencia fue la solución. Paco toma todo con humor y dice que “los mexicanos me trataron bien, era el gachupín, había de todo, hay –en todos los países, supongo, sucede- mexicanos culeros y mexicanos a toda madre, a mi me tocaron muchos a toda madre y algunos culeros, que siempre los hay”.
Su padre, Paco Ignacio Taibo I fue un gran periodista cultural, biógrafo de grandes actrices y actores mexicanos, de pintores y poetas. Melómano consumado, escribió grandes libros sobre la cocina mexicana. Tiene poco tiempo que murió. Taibo II cuenta a Instantáneas Mexicanas sobre El Jefe, como cariñosamente se dirigen a él sus hijos: “Mi padre era maravilloso. Continuamente hablo con él, lo veo, lo abrazo, discuto, diálogo y me divierto con él. Tengo un inmenso anecdotario que me acompaña en mi vida con él”. Fuma, mira a su alrededor y continúa: “El Jefe era excepcional. A veces me dicen ‘¿Y no te pesa en la espalda ser hijo de escritor, nieto de periodista?’ y pues contesto que sí, que me pesa, pero el lado bueno. Cuando terminé mi primera novela, tuve una reunión nocturna con El Jefe, en esta reunión él planteó: ‘¿Y ahora, cómo nos vamos a llamar?’, me preguntó. ‘Pues que se te ocurre’, le dije. Entonces él dijo: ‘Paco Ignacio Taibo I y Paco Ignacio Taibo II’. ‘¿Oye Jefe, y no suena muy monárquico?’ le pregunte. Y me responde ‘No, no, es como los jugadores de haiailaque’, y al día siguiente él empezó a firmar sus textos periodísticos como Paco Ignacio Taibo II cosa que me pareció de una generosidad enorme para un chico de 19 años darle derecho de nombre”.
Varios de sus libros tocan un episodio en la vida nacional: 2 de octubre de 1968. Mira al entrevistador y sonoramente dice: “Soy memoria viva del 68, la herida no cierra. Mi padre me protegía, quería y no quería que yo estuviera inmiscuido en esos asuntos. Tanto así que me envía a España el 1 de octubre de 1968, me dijo: ‘Mis amigos me dicen que estás en la lista de Gobernación de la gente que van a detener, y sabes, como eres extranjero te van a fumigar’. Me convenció, tomé un avión a Madrid pero el día seis, cuando me entere que había sucedido regrese”.

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Es sabido que la hospitalidad y generosidad de don Paco Ignacio Taibo I no tenía límites, los tres últimos días de cada semana se hacían grandes comilonas en la casa de los Taibo, a ella concurrían escritores, pintores, escultores, cantantes, actrices y actores, poetas, empresarios, académicos y cineastas. El mismo Jefe cocinaba para sus invitados. Don Paco era así, generoso. La fortuna que hizo en la vida se fue en comida los fines de semana. Su hijo recuerda así a su viejo: “Cada semana había un convivió en mi casa, comilonas que se hacían en la casa. La casa de mi familia sigue siendo –ahora sin mi padre- un lugar dónde se come con 10 o doce personas invitadas, conservamos esa tradición, lo hacemos casi a diario, y la comida es algo muy divertido, lúdico, porque primero se come muy bien y luego el debate era y es maravilloso. Ahí conocí a gente muy talentosa, apasionante, ahí conocí a Buñuel, León Felipe, a Carlos Barral, Carballido, uy, la lista es tremenda”.
Taibo II es un obsesivo. Lo fue con la biografía sobre Pancho Villa “es una obsesión que me sigue acompañando, todavía tengo que trabajar una vez más sobre Pancho Villa, será una ampliación de mi investigación biográfica sobre él”, explica. Pancho Villa toma Zacatecas es una obra magistral en donde convergen los talentos de Taibo II y el dibujante Eko. “Trabajar con él fue maravilloso, me cambio la manera de entender el comic, Eko es un genio. Tiene una capacidad narrativa notable, es más, estamos trabajando de nuevo. En un comic, que se va a llamar El muro y el machete”.
Pancho Villa toma Zacatecas no solamente narra una de las batallas más sangrientas de la Revolución Mexicana, en la que federales y villistas se tiraron con saña, sino que explora los mitos y rumores en torno a la figura de Pancho Villa y su magnética personalidad. “No recuerdo cómo empezó esto, me parece que los hermanos Pinzón  me propusieron que hiciera una novela gráfica y yo dije: ¡Ni madres, no quiero hacer cómic! Y me dijeron ellos: Sí, hazlo con quien quieras. Entonces pensé en Eko, a quien había seguido en su etapa de dibujante de cartones para el New York Times y luego en su etapa erótica, pero le había perdido la huella. Yo siempre pensé que Eko era uno de los mejores dibujantes que hay en el país”.
La estética de Pancho Villa toma Zacatecas es singular, los grabados de Eko son oscuros y caóticos, y dotan a la obra de una sensación violenta, desesperada. Sus ilustraciones no respetan viñetas ni formatos, lo que da la novela un carácter complejo y profundo, donde a veces los diálogos son primordiales y, en otras, apenas son tres palabras del escritor las que se cuelan en las ilustraciones de Eko.
Sus críticos lo toman como un escritor militante, a Paco no le molesta el tema y responde a bote pronto: “No es pecado serlo. ¿Cuál es la bronca?” y pronto añade: “Ser militante no me margina y sabes, estaría bien que me quemaran mis críticos, en foto, así vendería aún más. La verdad no me interesa la opinión de quien dice eso, yo ya encontré mi lugar con mis lectores, ya no me pueden bloquear. Te bloquean cuando eres poco conocido, te ningunean, y eso a mi me vale madres a estas alturas. No me interesan las mafias culturales ni estar dentro de ellas ni ser agregado cultural en ninguna embajada”.
La entrevista esta por terminar, la cajetilla de cigarros también. Paco Ignacio tiene un brillo en su mirada, jugador y retador, malicioso, suelta: “La gloria es algo cotidiano, no es una cantina cuyo portero es Octavio Paz. Cuando tus lectores te llaman por tu nombre es un lazo inquebrantable, me pasa en México, en Atenas, en Berlín. Eso es la gloria”.

“Sabes, lo que me hace enojar mucho es el pinche gobierno y las entrevistas largas, las cortas son a toda madre, nadie puede ser ingenioso por más de veinte minutos, luego de eso ya valiste madre. Una entrevista es una lucha de esgrima y está ya duro más del doble de lo requerido”, concluye.







domingo, 7 de diciembre de 2014

Compositores. Armando Manzanero

Armando Manzanero, un maya muy universal
Abraham Gorostieta

Don Armando o Manzanita, como le dicen sus amigos, es un hombre que cumple ocho décadas el próximo diciembre. Viajante consumado y experimentado no hay país que no conozca. Sus placeres son conocer nuevas tierras, nuevos olores, nuevos sabores. Su pasión: El Amor. 
Instantáneas Mexicanas  se dio a la tarea de localizar al Maestro -como también le llaman- y fue así que nos enteramos que andaba de gira por Perú, luego lo llamamos y estaba en Madrid. Días después estaba en Nueva York, Londres, Argentina. Así lo hace saber: “Soy un viajador nato. Sólo me gusta viajar; no me gusta estar en mi casa. Sólo estoy en ella cuando tengo mucho trabajo, cuando tengo mucho que hacer, o compromisos que no puedo eludir”, dice con esa voz tan característica que lo hace inconfundible. 
Otra pasión, irse de “shopping” es lo que le fascina al autor de cerca de 600 canciones. De trato sencillo, franco y ameno, habla con acento yucateco, y en cada palabra que expresa de amor, alarga las vocales, cierra los ojos y siente antes de hablar: “Soy toda una señora completa porque lo mismo le compro ropa a esa señora que amo tanto, que un perfume, que unos zapatos, todo lo que ella quiera y se me antoje comprarle. Uy, a mis nietos, a mis hijas, me encanta comprar y me sé las medidas de todas y cada una de ellas”, dice con sonrisa pícara mientras se acomoda su sombrero muy al estilo de Goran Bregovic mientras platica con Instantáneas Mexicanas.

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Nació en Yucatán un 7 de diciembre de 1935. Su infancia estuvo muy cerca de su abuela, una mujer maya, pero pronto el maestro aclara: “yo hablo poco de maya, lo aprendí de niño pero se me ha dispersado. El maya no es una lengua fácil pero en mi vida está la vida del maya, el hablar, el sentir, el pensar del maya. Siento con toda mi alma, pero en serio con toda mi alma, el no haber vivido en esa época (La Conquista) y echarme una docena de españoles de los que asesinaron a mucha gente de la mía”, y pone una mano sobre la otra y mira a la cámara satisfecho.
Su padre, don Santiago Manzanero, era uno de los trovadores más reconocidos de la Península Caribeña. Hombre estricto y reacio, forjó en el niño Armando el gusto por la música, así lo recuerda el autor de Adoro: “Era un trovador con mucha visión pero le faltó el toque que a veces uno debe de tener de desarraigo y salir a conocer el mundo. Mi padre, siempre pensó y vivió en Yucatán. Fue el segundo mexicano que llega a Estados Unidos y graba un disco -el primero fue Gutty Cárdenas-, después de que los norteamericanos mostraron genuino interés y querían que él se quedara a estudiar música, siempre y cuando se hiciera americano. Mi padre no quiso y se regresó a Yucatán, y eso le costó no ser un personaje importante en la música mexicana. No supo despegar”.
Don Santiago exigía que su hijo tocara el piano como se tocaba en esa época, que compusiera como se hacía en ese tiempo, cosa que causaba conflictos y “mi madre lo amaba demasiado, entonces lo que dijera mi padre, siempre estaba bien”. Don Armando hace una pausa y reflexiona “Mi padre fue muy exigente conmigo. Pienso que sí estuvo bien porque me hizo disciplinado y responsable. Si yo no hubiera tenido esa energía yo no habría sido tan bien formado en muchos aspectos”.
Rita Maqueiro Chi, su abuela formó parte importante en la vida del cantautor, “es el amor de mi vida”, señala y explica: “es lo que más amé en la vida mía. Pero sucede una cosa muy curiosa. La amé el día que dejé de tenerla, como pasa con las cosas grandes. ‘Uno’ es el amor del abuelo, el abuelo se desvive por el nieto y el nieto todo le parece normal y como que todo está bien, pero cuando se van y ‘uno’ recuerda todas esas cosas grandes que la vida me ha regalado y es cuando digo ¡Caramba qué abuela la vida me dio!”.
Don Armando es el segundo de cuatro hermanos, con quienes conserva una relación muy estrecha y ve que no les falte nada. Pero nada es fácil en la vida del compositor. A los 8 años de edad ingresa a la escuela de Bellas Artes de Mérida “aprovechando que la directora era tía-abuela de mi madre”, comenta. A los diez años aún no se decidía por un instrumento, tocaba el violín pero le faltaba el arco, entonces su madre cambió una máquina de coser por un piano “muy desvencijado pero era lo que había para empezar”, recuerda.

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Armando Manzanero se siente muy orgulloso de sí mismo: “Sé que a la gente le gustaría leer que fui una creación de mis padres, pero no, me hice yo solito”. Su primer trabajo serio es a los 7 años en un circo casi por accidente: “Un día fui a una función y el músico no tenía cómo meter los timbales al show. Me tocó la época más natural de los circos: dos músicos tocaban afuera de la carpa para invitar a la gente y cuando empezaba la función, tocaban adentro para amenizar el espectáculo. Ese día supe que yo iba a ser músico también. Así empecé, tocando timbales en un circo”, recuerda el Maestro y sonríe.
Pronto aclara: “Estoy loco por el circo, soy fanático de los circos, si no hubiera sido compositor y músico, me hubiera gustado ser dueño de un circo para viajar por todo el mundo en un buen camping, de poder divertir a la gente, de poder reír con ellos, de tener contacto con los animales”, hace una pausa y frunce el ceño: “A mí se me hace de muy poca madre que ahora los políticos ‘ecologistas’ no quieran que haya circos con animales. De no ser por los circos yo jamás habría conocido un elefante a la edad de 7 años, a un león o un tigre. Es sólo por justificar la existencia de un partido político. También quieren que quiten a los toros, o las peleas de gallos, y eso es no tener madre”, concluye con energía.

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En 1951 ya es un músico profesional y trabaja en diversas orquestas, como El Grupo Tulipanes y la Orquesta de los Hermanos Madariaga, de don Adriano, “un tipazo, lo recuerdo como si fuera ayer, linda gente, eran muchos hermanos músicos, lo recuerdo con mucho amor y con una delicia como no tiene idea, muy yucateco, muy joven, muy buen trompetista. Los mexicanos siempre han sido muy buenos trompetistas por el labio grueso que tenemos y hace que el sonido sea fuerte. Si Dámaso Pérez Prado no hubiera venido a México no hubiera pegado su Orquesta, y es que daba unas notas altísimas”, dice don Armando con su mirada perdida en el tiempo.
En pleno “milagro mexicano”, cuando el “cachorro de la Revolución” era presidente, Agustín Lara y María Félix se casaban, nacía la XEW y los tríos dominaban la escena musical junto con las radionovelas, un compositor muy famoso fue de gira a Yucatán, Luis Demetrio, autor de canciones como La Puerta. En ese viaje conoció al joven Armando quien aceptó de inmediato su oferta de trabajo. Fue así como con maletas en mano llega a la capital un 5 de mayo de 1957.
Nombres claves son en la vida del Maestro, como el de Rafael de Paz: “Ah, mi papá. El papá que yo hubiera querido tener, fue mi maestro de música, mi amigo, la primera persona que me hizo mi primera grabación, fue él quien me aconsejó: Manzanero, nunca se meta usted en cosa de mujeres... José Sabre: fue un señor no fácil, de un carácter muy irascible, pero fue un señor que me enseñó mucho cuando se sentaba a tocar piano… Mario Ruiz Armengol: Otro gran monstruo de la música mexicana, veracruzano. Un músico que cuando uno escuchaba cómo escribía las letras, las cuerdas, uy, uno se olvidaba hasta de su genio ¡Uy Jesús, qué mal carácter que tenía!... Jesús Zarzosa: El señor que escribió el arreglo de mi primera grabación que me hace grande en México. Escribe el arreglo para la canción Llorando estoy y que la graba Boby Capó… Roberto Pérez Vázquez: Un gran pianista, impresionante. Tuvo un grupo que aún existe que se llama Los violines de Villafontana, al lado de Jorge Ortega”.
El Candilejas fue el primer Cabaret donde trabajó por recomendación de Luis Demetrio. Se llamaba así porque estaba de moda la canción que compuso Charles Chaplin, pero el trabajo duró muy poco tiempo porque el lugar no tenía en regla sus papeles. Francisco Nuñez, “un amigo al quien quise mucho, con todo mi amor lo recuerdo, me llevó al Pollito y ahí conocí a infinidad de artistas”, explica don Manzanero.
“A don Pedro Vargas lo conocí por Luis Demetrio. Era un hombre muy inteligente porque al compositor de moda, a ése le grababa. Lucho Gatica lo conozco porque yo era promotor de una compañía de música, EMI. Le grabé discos a La Sonora Santanera en la CBS Columbia, entrañables y adorables, los amo con toda mi alma, a Angélica María y tantos más”, rememora el compositor mientras mira la gran cantidad de fotos que hay sobre la pared.
Se detiene en la de Rubén Fuentes, “Este señor me dijo un día: Manzita, ahí está el estudio, haga usted lo que quiera”. Más fotos: “Jamás traté a Agustín Lara, pero era genial verlo llegar, con su saco rojo y pantalón color crema, su porrito o cigarro, y a darle al piano. A José Antonio Méndez si lo traté, era chiquito como yo, igual de negrito que yo, igual de afónico que yo pero tocaba su guitarra de manera celestial. Gracias a José Antonio Méndez fue que me atreví a grabar, porque cuando yo lo escuche con esa voz afónica pero con ese sentimiento tan suyo, tan cubano, yo dije: también puedo hacerlo. Una persona muy linda y preciosa, me dijo que me iba a grabar y no lo hizo, se fue antes a Cuba con el triunfo de la Revolución y no regresó más. Pero le aprendí mucho, la forma de armonizar y sobretodo que yo podía hablar de ciertos temas. A Freddy Noriega lo grabé, trabajé con él y fue una gran persona y lo admiré mucho, me gustaba su piano, cómo cantaba, su jazz, un músico muy avanzado para esa época y ése fue el problema, que su estilo no era muy popular”, añora el Maestro. 

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Si Almodóvar tiene sus mujeres, don Armando también, así ha grabado con Tania Libertad, Eugenia León, Guadalupe Pineda, Astrid Hadad, Susana Zabaleta, entre otras. Las mujeres no le son ajenas y los temas de ellas o sobre ellas menos, pero, siendo hombre de esfuerzo, confiesa: “La musa es algo que inventó quién sabe quién para justificar que un señor pueda realizar un trabajo de creación. No es cierto que el señor que va a pintar un cuadro, va a componer o va escribir un libro se inspire en musas. Ya naces con esa predisposición. Hoy por la mañana le dije a mi muchacho que me compusiera la televisión para ver un canal, porque para eso soy negado, en cambio para componer una canción, ésa me sale solita. Lo que sucede es que cuando uno tiene algo que decir y hay amor de por medio es muy fácil. Y a veces, más original”.
Y es que el amor no es cosa que él no conozca, lo disfruta y lo hace suyo, es así como explica que “los momentos más gratos que he tenido es cuando me encuentro con la señora que amo. No lo cambio por nada. Cuando estoy con ella no quiero saber absolutamente de nada”.
Pero no todo en la vida es amor. ¿Qué dice el Maestro cuando es la otra moneda: el sufrimiento? “El amor no se sufre, lo que pasa es que no puede ser toda la vida dulzura. Tiene sus momentos difíciles, de contrariedades y eso hace que uno no la pase muy bien pero tampoco, si un amor lo hace sufrir a usted y hace que usted la pase muy mal, ¡no chingue!, déjela porque en esta vida Dios nos puso para pasarla bien. Pero sufrimiento no, porque cuando uno decide amar a una gente usted ya sabe de lo que se trata. Además uno debe de tener la capacidad de que sí se está sufriendo o una persona te hace sufrir lo mejor es desecharla. ¡Cámbiela!”.
Las heridas de amor son un buen tema y además muy recurrente en las canciones mexicanas, para don Armando es claro que “todos pasamos por un mal momento. No conozco a ninguna persona que diga que todo es esplendor. Lo único que uno tiene que hacer es conseguir una balanza y en ella poner las cosas buenas y las cosas que no son muy buenas y por el lado que se vaya la balanza es la decisión que uno debe de tomar y una cosa que también recomiendo es no hay que ponerse las manos en el pecho y sentarse a llorar, hay que tomar una decisión y hay que poner los huevos de por medio”. 
Instantáneas Mexicanas quiere saber los secretos de un buen conquistador, el arte de seducir. Manzanero sin empacho responde: “Una mujer se conquista fácilmente. Hay que decirles sí a todo y dejarlas hablar. ‘Sí mi amor, sí mamacita, claro que sí, Sí mi vida, lo que tú quieras, Sí chiquita, se te ve muy bonito, Sí mi amor, cómpratelo’. Y sobre todo, teniendo la atención con ellas. A la mujer hay que atenderla, hay que cuidarla, ver por ella, como dice un dicho de Martín Urieta: No menospreciarla, porque a veces pensamos porque somos hombres podemos hacer y deshacer por fuera y podemos ser galanes y muy chingones y no nos damos cuenta que nosotros tenemos con ‘qué’ pero ellas tienen ‘por dónde’”. 

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Buen comedor, buen conversador, Manzanita confiesa sus gustos gastronómicos: “Me encanta la buena comida. Soy de Yucatán, entonces tengo mis guisos predilectos, pero amo la comida oaxaqueña. Para mí el Mole es el platillo más aristócrata que puede existir, en todas sus manifestaciones. Me gusta mucho la carne, no puedo vivir sin ella. La comida poblana me encanta. La comida china es única y devoro lo que me pongan enfrente”.
Hombre octagenario, con gusto comparte su conocimiento: “A los ochenta años uno ya aprende a que hay que saber esperar, cuándo retirarse. Depende mucho el poder de observación que tenga cada quien. Hay unos que llegan a los ochenta y siguen siendo unos pendejos como cuando tenían 20. Depende el tipo de gente. Yo he aprendido cuándo retirarme, cuándo esperar, a no hablar de más, he aprendido a ser correcto con la gente, a tener paciencia, a ser tolerante, cosa que le pido a Dios mucho. Una gran cantidad de cosas que se aprenden con la edad que yo tengo cuando se quiere aprender y, uno aprende a que uno nunca termina de aprender”.
Don Armando Manzanero lo ha visto casi todo, lo ha comido casi todo. Pero aún “le falta mucho que conocer”, como él dice, es por eso que viaja tanto, que trabaja tanto. Ahora mismo saldrá a París, tiene todo listo ya. Se despide de Instantáneas Mexicanas y deja una confesión más: “El éxito es algo que uno conoce cuando uno deja de tenerlo. Si uno se descuida puede ser momentáneo, efímero y si tienes poca calidad puede ser hasta pasajero, así que hay que seguir chambeando”.

*Fotografía de Luis Gómez Pichardo