lunes, 8 de junio de 2015

Empresarios. Mario Vázquez Raña

INI INI

El poderoso Mario Vázquez Raña
Abraham Gorostieta

La vida del empresario de medios mexicanos, Mario Vázquez Raña bien podría dar para un guión cinematográfico: un migrante español que llega a México mientras en Europa termina la Segunda Guerra Mundial, y que logra hacerse a si mismo un presente lleno de riqueza, lujo y gloria. Un hombre que se entrevistó con los personajes más notables del mundo. Hizo un imperio de las imprentas y la prensa. Hombre poderoso durante décadas. Cercano, cercanísimo al poder político amasó una enorme fortuna que durante sus últimos años mantuvo un perfil bajo más no discreto. Sus mejores tiempos habían pasado, lo sabía él.
El empresario, oriundo de Avión, en Ourense, España, se perpetuó por más de cuarenta años al frente de un exitoso conglomerado de medios. Aprovechó sus talentos deportivos y como nadie les sacó jugo. Hábil, talentoso y sagaz para los negocios los supo combinar muy bien con la gloria deportiva y la amistad cercana que tiene todo dueño de periódicos con gente empoderada. Para querer entender la Historia de la Prensa Mexicana del siglo XX es necesario echarle un vistazo a la biografía de este prototipo de empresario exitoso, mezcla de cacique y magnate.
El empresario amasó su fortuna a través del poder político, amigo de presidentes en función multiplicó los diarios de su propiedad como si fuesen panes.
El historiador Carl Carlyle creía que “la Historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”, también creía que la Historia es una especie de Biblia que los “hombres deben descifrar y escribir, en la que también los escriben”. Durante siglo y medio diversas teorías y nuevas posturas han caído en forma de crítica sobre la afirmación del historiador escocés. Pero no es del todo sensato desestimar tal afirmación. Otro historiador, Enrique Krauze, sostiene que “hay historias y países que se ajustan a lo que formula Carlyle, y les queda como un traje a la medida. Uno de esos países, tal vez el más carlyleano de todos, es México”, sostiene el historiador.
Así, la biografía de Mario Vázquez Raña, su paso por la historia queda marcado por su hambre de riqueza, poder y éxito, común a todos los humanos, pero lo peculiar de este hombre es que supo estar en el lugar indicado, en el momento indicado, a la hora necesaria.

Una epopeya exitosa

El impacto de la Primera Gran Guerra sobre España implicó una insólita prosperidad económica, aunque tuvo su contrapartida en el recrudecimiento del problema social encarnado en una verdadera lucha abierta entre patronos y obreros. La inestabilidad política y los tropiezos gubernamentales tuvo como consecuencia el golpe de estado del general Primo de Rivera. Las primeras consecuencias de la crisis económica mundial debilitaron seriamente a la Dictadura. Primo de Rivera, considerándose desasistido por el estamento militar que le había apoyado para llegar al poder, presentó su renuncia al Rey y éste intentó restaurar la legalidad constitucional en tanto se experimentaba una enorme crecida de los sectores republicanos y socialistas quien en 1931, huyendo el Rey del país instalaron un gobierno provisional republicano.
Avión es un municipio de Ourense, España. Una tierra aislada entre montañas donde vivía don Venancio Vázquez Álvarez, patriarca de la familia Vázquez Raña. Matarife de oficio, don Venancio tenía una verdadera devoción por la poesía y la literatura. Lector aficionado de Gustavo Adolfo Becquer y Benito Pérez Galdós, también de Leopoldo Alas pero su verdadera pasión eran las lecturas de Unamuno, de Antonio y Manuel Machado, Azorín, Baroja y Valle-Inclán.
La crisis económica y social por las que atravesaba España no auguraba un futuro seguro. Don Venancio pensaba esto, recién casado, joven y con muchos deseos de triunfar decidió emigrar, así que pidió un préstamo a un vecino y se hizo a la mar. Su primer destino fue Venezuela y ahí permaneció varios meses en compañía de su mujer, ambos tenían puesta la mirada en esa promesa de nación llamada México.
Llegaron a México en los primeros meses de 1929 pero curiosamente no llegaron a la Ciudad de México, sino que decidieron instalarse en Chihuahua, dónde don Venancio consiguió trabajo como obrero en las minas. Entre 1929 y 1935 nacieron los primeros cuatro hijos de don Venancio: Aurelio, Apolinar, Mario y Sara. El patriarca de la familia estaba decidido a labrarse un mejor futuro. Trabajando muy duro, doblando turnos comenzó a ahorrar sin saber aún para qué.
Pero el presente no le pintaba bien a la Familia Vázquez, la madre de Mario enfermó y don Venancio envió a su esposa e hijos de nuevo a Galicia, meses antes de que estallara la Guerra Civil Española. Así, la familia fue separada por unos años, madre e hijos permanecieron en España. El padre, decidido a triplicar esfuerzos se dedicó a trabajar y solo a eso.
Los emigrantes se abrían paso en México a través de su esfuerzo y sudor. La mayoría de los emigrantes gallegos iniciaban sus negocios como “vendecuadros”, que era como se les llamaba comúnmente a los vendedores ambulantes que cargaban sobre sus espaldas láminas enmarcadas de uso decorativo y que se trasladaban por las calles de la capital. La mayoría conseguían establecerse con un pequeño negocio por lo general en el centro de la ciudad, casi siempre dedicado a la venta de muebles.
Don Venancio Vázquez llego a la capital mexicana en 1937 tras años muy duros de arduo trabajo como minero. En la ciudad de México don Venancio fue vendecuadros y ya en 1940 logró abrir una modesta mueblería que vendía casi todo a crédito, hasta el punto que el crédito terminaría por convertirse en la base principal del negocio.
Ya instalado don Venancio en la capital del país y con un nuevo y modesto negocio pudo ver el futuro prometedor. Eran los gloriosos cuarentas. Diego Rivera y Frida Kalho se casaban por segunda vez. Las medidas revolucionarias tomadas por el Tata Lázaro Cárdenas (reforma agraria, fortalecimiento obrero, educación socialista y expropiación petrolera) beneficiaban al pueblo y sumergían a México en la abundancia pero también despertaban una activa oposición por parte de terratenientes, patrones, clérigos y parte de la clase alta de las ciudades quien identificaban a Cárdenas como un peligro comunista. Esto dio fuga de capitales, las inversiones se contrajeron y sobretodo, se dio una fiebre especulativa de terrenos urbanos que aumentaban su precio de la noche a la mañana. En la ciudad de México se veían circular los lujosos autos importados como los Packards, Lincolns y Cadillacs.
En 1940 el país tenía 19 millones 600 mil habitantes, repartidos, fundamentalmente, en el campo y las ciudades del interior. Pero la ciudad de México era el centro de la vida nacional. Comenzaba a despuntar una tendencia cosmopolita, atrás quedaba la corriente mexicanista: las mujeres cultas colgaban los rebozos y los vestidos de tehuanas y dejaban de usar los chongos, lo cual significó el triunfo rotundo de los intelectuales como Alfonso Reyes y Los Contemporáneos que pasaron de la “oposición” al pleno poder en la llamada República de las Letras. Atrás quedaba el muralismo con todo y Siqueiros, Rivera u Orozco y tomaba fuerza Rufino Tamayo, Juan Soriano, Carlos Mérida y Pedro Coronel. En este mismo 1940 Malcolm Lowry abandonó el país en franca banca rota sin saber que ocho años después regresaría y le iría peor, eso sí, ya llevaba buena parte escrita de su novela Bajo el volcán. Y ya el joven José Revueltas escribía su primera obra Los muros de agua. En la revista Taller aparecían los ensayos y poemas de los jóvenes Efraín Huerta y Octavio Paz.
Con los ahorros de su trabajo, don Venancio Vázquez montó su negocio: una tienda de muebles para el hogar, con la bonanza de la década y con mucho esfuerzo propio, el patriarca se hizo también de un pequeño almacén en un barrio marginal de la capital. Así, de forma paulatina, el retorno de la familia del viejo continente se dio. La esposa de don Venancio primero, luego sus hijos, Aurelio, Sara y Apolinar. Mario fue el último en regresar, poco antes de 1950. Ya por entonces habían nacido Olegario y Abel.
Pero la infancia de Mario Vázquez Raña había sido en Galicia, en Avión. Cuando partió hacia México, el joven Mario tenía 13 años. No sabía expresarse en castellano, solo hablaba gallego. Su niñez la vivió con sus abuelos maternos y su trabajo consistía en estar al cuidado de vacas y de recolectar madera de los montes comunales de Avión.
Así, poco a poco la familia se fue adaptando a su nueva vida. En su pequeño negocio, los hijos de don Venancio se fueron forjando en carácter. Todos cooperaban en el negocio familiar. Los muchachos y niños trabajaban desde pequeños, alternando su labor con la escuela. Al comenzar la década de los cincuenta el futuro les sonreía a los Vázquez no sin traerles tragedias: los dos hijos mayores de don Venancio murieron prematuramente.
Durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines el pequeño local prosperó y fue creciendo hasta que ya en la década de los setenta, Almacenes Vázquez alcanzó dimensiones notables y cambió su nombre a Hermanos Vázquez.
Así fue como nació el Imperio de los Vázquez Raña. De un changarrito muy modesto y del crédito a las familias que aspiraban a la clase media. Del local comercial que se dedicaba a la venta de muebles a crédito y que pronto logró hacerse de un almacén y que también llegó a transformarse en una fábrica de hechura de muebles y que hoy en día es una cadena de tiendas exitosa. En una entrevista concedida por el magnate Mario Vázquez Raña al periodista Franjo Fernández Cid en noviembre de 1983 explica:

Todos mis hermanos -Aurelio, Apolinar, Mario, Olegario, Abel y la única hembra, Sarita- comenzamos a trabajar desde muy pequeños. Yo comencé a los 13 años, alternando con mis estudios de primaria, ya que tenía la ventaja de tener el colegio al lado del negocio.

El gran salto: Empresario de periódicos

La inquietud de Mario Vázquez Raña por los diarios y la prensa nace desde muy joven,  a la edad de 18 años fundó la revista, México en Guardia. La revista trata sobre temas diversos de política. Este fue el punto de arranque de este empresario mueblero adentrándose en el ámbito de los rotativos. Dueño de una cadena de diarios, El Sol de México, y de un diario muy popular La Prensa, además de cadenas de radio.   Sabiéndose un hombre exitoso y de poder supo cultivar lazos de amistad con los más destacados políticos tanto de México como del resto del continente americano. En entrevista con el periodista Franjo Fernández, Vázquez Raña se dice consciente de que “representa en su país a los medios de comunicación” y agrega: “con los medios que representó sirvo al pueblo mexicano y a mí Gobierno”.
Su nombre aparecía en la cabecera de todos y cada uno de los diarios -como presidente y director general de OEM-. Él mismo fue “reportero” y entrevistó a las más destacadas personalidades de la política mexicana y de América, Europa y Asia. Sus entrevistas se publicaron siempre a ocho columnas. Su trabajo “periodístico” ha sido recogido en el libro Diálogo con la Historia y que hasta ahora van tres volúmenes en donde el magnate conversó con 150 jefes de estado.
            El despegue de Mario Vázquez Raña es en el año de 1976, justo cuando el sexenio de su amigo personal, Luis Echeverría concluía. La primera intención financiera del joven Mario fue comprar una empresa de frigoríficos que pertenecía al Gobierno. Pero el Gobierno le advirtió que no estaba en venta. Lo que sí estaba a la venta era la cadena de Prensa El Sol de México, del coronel José García Valseca, que por aquel entonces tan sólo tenía 26 diarios. “Y la acabamos comprando”, comentó el magante al periodista Fernández Cid.
            La presencia de Luis Echeverría en la vida financiera de Mario Vázquez Raña ha estado presente en los hechos y en rumores. En los hechos: cuando el empresario mueblero adquirió la cadena de prensa El Sol de México, el saliente vocero de presidencial, Fausto Zapata, aparecía en el directorio de los diarios, incluso, cuando el secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia dejó su cargo, el magnate lo nombró director editorial de todos los soles. En los rumores: en aquellos tiempos se decía que Luis Echeverría, era socio de Vázquez Raña, además de amigo desde hacía muchos años.
En entrevista con Fernández Cid el propio Mario explica: “Cuando Echeverría se enteró de que yo estaba algo interesado en esta cadena de Prensa me invitó a conversar con él. Se limitó a animarme para que la comprara, pero nada más. La compré y me dediqué a sanearla y poco a poco la fuimos ampliando”, y agrega en la misma entrevista: “Tengo intereses también en la televisión y la radio de diferentes estados mexicanos”.
En 1965 el coronel José García Valseca fundó El Sol de México que se sumaba a la cadena periodística guiada por el mismo coronel desde 1941, fecha en que aparece el periódico Esto, primer diario rotográfico y en tabloide dedicado a la información deportiva bajo el auspicio de Maximino Ávila Camacho. En el inicio de la historia de El Sol de México, el diario mostró a través de sus páginas escritas, ser conservador y sobretodo anticomunista.
En 1969, Mario Santaella, dueño de La Prensa enfrentaba conflictos laborales en su diario. Entre varias cosas que los cooperativistas de La Prensa le reprochaban era su cercana, cercanísima relación con el dueño de los Soles, José García Valseca a quien definían como “un gángster del periodismo”. García Valseca era dueño en ese momento de una cadena de 26 diarios convirtiéndose en la más importante de ésta época, al grado que llego a tener más periódicos que el consorcio Hearts de Estados Unidos.
            Una estampa que define al coronel García Valseca la escribe Carlos Monsiváis en su libro A ustedes les consta:

El coronel García Valseca, el emperador del anticomunismo profesional, afirma en una fiesta de aniversario de El Sol de Puebla: “Y para mi no tiene precio la satisfacción de que en el sitio donde hace muchos años vendía empanadas de vigilia, hoy venda empanadas de cultura”.

El periodista yucateco, también gobernador de su estado natal, Carlos Loret de Mola murió en un accidente automovilístico en la carretera Toluca-Zihuatanejo dejando un libro inédito sobre el coronel García Valseca, su hijo Rafael Loret afirmó haber rescatado algunas cuartillas originales del libro Mi Coronel. La revista Proceso dio a conocer algunas de ellas en la que destacan ciertos párrafos:

Ha llegado a bordo de una limosina negra, más larga que la cuaresma. Junto al chofer viaja un ayudante, Manuel Vázquez, de ostentosa pistola. Otra 45  descansa sobre el brazo del asiento trasero derecho del vehículo; y al cinto, mal disimula un revólver 38 corto. En verdad no corre peligro; pero es de esos hombres que fueron a la revolución y que han adquirido relieve social y político significativos…
Los hilos de todos los periódicos y de las oficinas centrales capitalinas estaban en sus celosas manos. A nadie, nunca, le confió la totalidad de sus secretos. Quiénes les servíamos estábamos enterados de un área o de varias. Jamás del panorama general. En medio de un aparente caos, aquellos negocios progresaban. La prueba era el auge de su condición de magnate, y el equilibrio económico de las empresas, basado en un control estricto de los gastos. En cuanto uno de los periódicos comenzaba a producir, el Coronel se encargaba de girar documentos bancarios cuantiosos, mes a mes, contra su administración local, para cobrarle el servicio, renta de locales y maquinarias, y hasta honorarios de dirigentes nacionales de la empresa. La publicidad generada en el Distrito Federal para los diarios de provincia se quedaba, con uno u otro pretexto, en la caja de Bucareli 18, de dónde jamás salió a su lugar de generación…
El Coronel era un hombre del sistema político vigente en México. Un representativo de toda una generación de revolucionarios, presidencialista a fondo, leal al Ejército, criticón de los ministros, enemigo del ejido, fiel en el culto cívico a Calles y a Miguel Alemán, quien le profesó cordial y sincera admiración y auténtica amistad; pero como muchos de éstos hombres revolucionarios, admitía en una fracción de su espíritu cierta postura admirativa para algunos hombres de derecha, dictadores como modelos de la necesaria autoridad. Era autoritario y autoritarista.
     
A finales de 1973, el coronel García Valseca, manifestó su deseo de vender la cadena periodística que finalmente quedo en manos del gobierno, aunque figuraba el mismo coronel como director. El investigador Jacinto R. Munguía en el libro La otra guerra secreta documenta la historia. El investigador cuenta que García Valseca perdió sus diarios debido a las deudas adquiridas con el gobierno. El entonces presidente Luis Echeverría no perdonó las deudas y ordenó intervenir a través de la Sociedad Mexicana de Crédito (Somex) para quedarse con la cadena de diarios. En 1974 los diarios estaban bajo el control de un fideicomiso en el cual el gobierno era el socio mayoritario. Como agradecimiento y reconocimiento, el gobierno dejaría como presidente y director de los diarios al coronel García Valseca, aunque no por mucho tiempo.
A finales de ese mismo año, un grupo de inversionistas adquiriría la empresa. El grupo estaba formado por Mario Vázquez Raña como socio mayoritario –así como sus hermanos Olegario y Abel-, Juan Francisco Ealy Ortiz como presidente del Consejo de Administración, Fausto Zapata Loredo –encargado de comunicación social de la presidencia de Echeverría- y Francisco Javier Alejo, quienes junto con Mario Moya Palencia habían formado parte del gobierno de Luis Echeverría. Así, la cadena de diarios del coronel cambiaría de nombre y se llamaría Organización Editorial Mexicana. Munguía nos recuerda que “la operación de venta ocurrió en secreto, sin concurso público alguno”.
Entonces fue nombrado el periodista Benjamín Wong Castañeda como director general, pero el gusto no le duro mucho pues al dejar la secretaría de Gobernación, Mario Moya Palencia, gran amigo de Mario Vázquez Raña, fue nombrado como director general de toda la cadena de Organización Editorial Mexicana en marzo de 1977. La noticia apareció en primera plana en El Sol de México. Benjamín Wong renunciaba irrevocablemente “por así convenir a sus intereses personales”. También, en esos mismos días el diario informaba que el empresario Juan Francisco Ealy Ortiz dejaba la presidencia del Consejo de Administración para “dedicarse exclusivamente a El Universal”. Jacinto R. Munguía apunta que al mes del nombramiento de Moya Palencia como director general, un grupo de colaboradores renunció a las páginas editoriales del diario pues “en menos de dos meses de gestión de Moya Palencia fueron censurados o suprimidos unos cincuenta artículos entregados para su publicación” en El Sol de México.
En marzo de 2007, el periodista Jorge Fernández Menéndez, en su libro, Nadie supo nada, habla sobre el pleito que existía entre el presidente Echeverría y el empresario regiomontano Eugenio Garza Sada. Un pleito casi ideológico que era aderezado tras “la renuncia obligada” de Alfonso Martínez Domínguez, entonces regente del Distrito Federal, nuevoleonés de origen, después de la represión estudiantil del llamado Jueves de Corpus; la expulsión de la orden jesuita instalada en Monterrey en la pastoral ética del Tecnológico de Monterrey, por don Eugenio Garza Sada tras la única huelga que paralizó en su historia a la institución, dicha orden muy cercana al arzobispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, el “Obispo Rojo”, quien también apadrinó desde la Teología de la Liberación, al Frente Auténtico del Trabajo (FAT), que amenazaba al sindicalismo blanco de Monterrey lo cual desató una huelga en las empresas Cinsa y Cifunsa; y la imposición de Pedro Zorrilla Martínez, oriundo de Tamaulipas, como gobernador de Nuevo León.
Jorge Fernández nos recuerda que fue bajo la gestión de Zorrilla Martínez cuando se dieron las invasiones de tierras urbanas y las “huelgas locas”. Además, se crearon las condiciones para que floreciera en Monterrey una poderosa célula de la Liga 23 de Septiembre que terminó asesinando al empresario regiomontano.
Sumado a esto, se da el quiebre del periódico El Norte en donde don Alejandro Junco sale y se quedan sus dos hijos al frente de diario. Todo esto junto, eran las razones del pleito entre Garza Sada y Echeverría.
Amigo de don Eugenio Garza Sada era el coronel García Valseca, quien buscó al empresario y le informó que su poderosa cadena de diarios estaba a punto de ser intervenida por el gobierno federal debido a sus adeudos millonarios con PIPSA. Don Eugenio Garza Sada aprovecho la oportunidad para retar al presidente “cercano al socialismo”. El empresario juntaría el dinero suficiente –apoyado por el poderoso grupo Monterrey- para el rescate. A cambio, le pidió que le cediera el control de los diarios y colocar al frente de esa cadena al periodista Salvador Borrego.
Pronto Echeverría se enteró del interés del Grupo Monterrey en la Cadena García Valseca e hizo todo para que Mario Vázquez Raña quedara al frente de “Los Soles”. Don Eugenio Garza Sada aceleró el pago y todo estuvo a horas de consumarse. El atentado y asesinato en Monterrey, la mañana del 17 de septiembre de 1973, realizado por una célula de la Liga Comunista 23 de Septiembre, frenó el cierre de la operación. Todo esto, narrado en el libro Cómo García Valseca fundó y perdió 37 periódicos y cómo Eugenio Garza Sada trató de rescatarlos y perdió la vida, del periodista Salvador Borrego.
Jorge Fernández Menéndez en el libro Nadie Supo Nada: La Verdadera Historia del Asesinato de Eugenio Garza Sada, también rescata la historia, don Eugenio Garza Sada traía consigo ese día el cheque con el que rescataría la Cadena García Valseca.


*****

Sí García Valseca no pudo adquirir La Prensa, Mario Vázquez Raña sí lo hizo.
Durante los últimos años de la gestión del presidente Plutarco Elías Calles, los miembros de la compañía de Rotograbado fundan el diario La Prensa el 30 de agosto de 1928, el director general fue el periodista español Miguel Ordorica, siete años después y tras un cierre temporal de cinco meses los trabajadores decidieron echarlo andar pero esta vez como una cooperativa. En 1959 trece cooperativistas fueron expulsados. El director general gerente era Mario Santaella de la Cagija. Para entonces, el periodista Manuel Buendía hacia gala de su virtuosismo y de lo aguda de su pluma, hecho que molestó al gobierno quien aprovecho el descontento de los cooperativistas expulsados para prolongar el conflicto que duro varios años más, hasta la intervención del gobierno en 1961 a través de la Secretaría de Industria y Comercio cuyo titular era Raúl Salinas Lozano quien “impuso” la línea que debía seguir La Prensa. Así, Mario Santaella de la Cagija encabezó el diario con mayor tiraje y lectores en México. En 1992 el diario fue vendido a una sociedad anónima en 90 millones de dólares. Según el investigador Jacinto R. Munguía a los cooperativistas y trabajadores solo les habían repartido apenas unos dos millones de pesos.
En el mes de mayo de 1999, un grupo de ex cooperativistas de La Prensa entabló una demanda judicial (SC 2003/98) contra el Grupo Santillana–perteneciente al influyente grupo de medios español Prisa cuyo patriarca fue Jesús Polanco– por haber adquirido mediante argucias ilegales la propiedad de ese periódico. Los ex trabajadores argumentaron haber sido defraudados al desaparecer mediante “triquiñuelas” a la Sociedad Cooperativa, es decir, a la razón social, que amparaba a dicha publicación.
En 1993, el Grupo Santillana compró en 90 millones de dólares a Editora de Periódicos S.C.L. el 49 por ciento de las acciones del diario La Prensa. En esa transacción, el 51 por ciento de las acciones restantes estaban en poder del ex presidente de los banqueros y ex dueño del Banco del Atlántico, Carlos Abredop Dávila. Los ex trabajadores y cooperativistas no alcanzaron a comprender nunca como fue que los editores de El País y el ex banquero vendieron La Prensa a Mario Vázquez Raña en 60 millones de dólares tres años después.
En distintas entrevistas que ha dado el magnate de los medios impresos, Mario Vázquez Raña, ha dicho que sólo “por casualidad” es dueño de una de las cadenas periodísticas más grandes del mundo, es más, ha declarado que para él “el periodismo es un hobby”.
El empresario mucho antes de adquirir La Prensa, decidió separarse de forma amistosa  de la sociedad que mantenía con sus hermanos y establecer su propia empresa editorial, tras la compra de los periódicos de la Cadena Sol. Su hermano Apolinar continúa siendo socio en los negocios liderados por Olegario, mientras que Abel vendió sus acciones a sus hermanos y formó el entonces Grupo K2, dedicado, entre otras actividades, al mantenimiento de líneas e instalaciones telefónicas, y que también controla las firmas Muebles Briones, Tubos Briones y Briomica.
En 1986, Mario Vázquez Raña compró la agencia de noticias United Press International (UPI), una de las cinco grandes agencias de noticias internacionales. La empresa estaba en bancarrota por una deuda de 41 millones de dólares y la operación de sus salvamento se realizaba bajo supervisión del gobierno estadunidense. Vázquez Raña ofreció absorber la deuda e invertir otros 20 millones de dólares en capital de trabajo. En un cable transmitido por la UPI y publicado íntegramente por El Sol de México dio cuenta de esto. En el cable se da cuenta de que la OEM “consta de 71 diarios con un tiraje global de 2.1 millones de ejemplares”.
El hecho atrajo la mirada del diario estadunidense The New York Times que se entrevistó inmediatamente con el magnate. En la entrevista, Mario Vázquez Raña explica que el dinero para comprar la UPI no provenía de sus ganancias de la OEM sino de los cerca de 60 millones de dólares que obtuvo al vender a sus hermanos Olegario y Apolinar las acciones que le pertenecían dentro de la empresa mueblera Hermanos Vázquez.
En ese entonces, la UPI calculaba la fortuna personal del magnate en mil millones de dólares. El diario Washington Times buscó a su vez al empresario que aprovecho el foro para marcar una distancia que ya le molestaba:

-          Cuando Luis Echeverría llegó a la Presidencia, no me hizo ningún favor. Al contrario, yo le hice favores, muchos favores…
-          Se le acusa de haber comprado la cadena El Sol por encargo personal de Echeverría. (Pregunta del diario)
-          Eso es mentira. El gobierno aceptó mi oferta porque yo garanticé que pagaría todo el dinero que se debía. Luis Echeverría es mi amigo. No es uno de mis amigos más íntimos. Mi amigo más íntimo es el actual presidente Miguel de la Madrid. Pero Echeverría fue mi amigo y sigue siendo mi amigo… En los últimos diez años, mis periódicos no han mencionado el nombre de Luis Echeverría más de diez veces. Echeverría no ha tenido nunca ninguna participación aquí, ni siquiera de opinión… Mi primer error fue dar mano libre a Fausto Zapata para dirigir el lado editorial del periódico. Ese error dio lugar al rumor de que yo era un mero prestanombres de Echeverría… Cometí también el error de traer a mi amigo – que fue mi amigo, es mi amigo y seguirá siendo mi amigo- Mario Moya Palencia como director general de la OEM. Lo puse como director general porque yo no podía hacerlo todo. Pero ¿Qué pasa cuando entra Moya Palencia? Había sido secretario de Gobernación con Echeverría. Así que la gente dijo: Echeverría es el que controla a Vázquez Raña. Absoluta mentira.

Pero para Mario Vázquez Raña las cosas no iban bien en ese negocio. La compra se complicaba en Estados Unidos. La UPI perdió algunos de sus más importantes ejecutivos los cuales fueron cesados o renunciaron. También, clientes importantes como The New York Times, The Dallas Times Herald, The Denver Post, The Hartford Courant y el diario japonés Mainichi, entre otros dejaron de prescindir de los servicios noticiosos de la agencia.
Malcolm Huges, editor ejecutivo de la UPI que renunció explicó en una entrevista en el The New York Times: “Lo cierto es que UPI ha sufrido serias cancelaciones por parte de sus periódicos clientes. No sé si esto se debe a Vázquez Raña, a la calidad del servicio o a problemas económicos”. En el libro Prensa Vendida el periodista Rafael Rodríguez Castañeda abunda en la entrevista con Huges:

El presidente de cualquier organización noticiosa tiene derecho de consultar con el editor la política editorial, pero el editor es el que debe decidir a quién contrata o a quién despide. Yo estoy seguro de que los dueños del Time, por ejemplo, hacen sugerencias a sus editores, pero hasta ahí nomás. Ningún editor es tan arrogante como para suponer que lo sabe todo. Yo no hubiera tenido reparo en discutir la política editorial con el presidente Milton Benjamin e inclusive con Vázquez Raña y participar así en todo proceso de toma de decisiones, porque una vez que está tomada, a quien corresponde ponerla en práctica, cómo y con quién, es el editor. No pudo ser así en mi caso y por tanto renuncié en protesta por mis desacuerdos con Benjamin, que tiene toda la confianza de Vázquez Raña.

Para ese entonces la riqueza en materia periodística de Mario Vázquez Raña era de 70 diarios de la OEM, con una circulación global de 2.2 millones de ejemplares y un consumo anual de 75 mil toneladas de papel. Además del 97 por ciento del control de las acciones de la UPI, según informaba el propio magnate en sus diarios y agregaba: “En catorce de los periódicos pierdo dinero. ¿Por qué no los quitó? Porque a lo mejor con las ganancias de dos o tres cobró esa pérdida. Tengo unos 24 señores periódicos”.
Pero la aventura de la UPI no le resulto al magnate mexicano  
A finales del mes de enero de 1988 comenzó a circular el libro Down to the wire. UPI’s fight for suvirval de los ex reporteros de la UPI Gregory Gordon y Ron Cohen en donde relatan el fracaso de Vázquez Raña en esa aventura periodística:

Vázquez estaba empeñado en manejar UPI de la manera como había manejado su imperio mexicano, donde presumía de haber despedido a mil gerentes y centralizado el poder en un pequeño círculo. Ese tipo de medicina probó ser peligroso para UPI. Primero, si seguía despidiendo más ejecutivos crearía aún más confusión y descontrol en una compañía que necesitaba desesperadamente estabilidad. Segundo, el simplista acercamiento de la mano dura nunca había solucionado nada en la UPI, y menos lo haría ahora, cuando lo que necesitaba la UPI era volver a crecer…
Resucitar a la UPI hubiera desalentado aún a alguien con profundo conocimiento del periodismo norteamericano. Mario Vázquez Raña encontró la tarea imposible. No podía leer los periódicos o siquiera los cables de su agencia y se mostraba ignorante o apático ante las complejidades de tratar con los barones del periodismo norteamericano…
Hubo un enorme número de cancelaciones de servicios, algunas de ellas de clientes importantes. La UPI se vio obligada a cerrar oficinas internacionales y también en Estado Unidos. En enero de 1988 la compañía estaba virtualmente paralizada. Para colmo, el sindicato estaba presionando para que el magnate mexicano cumpliera su promesa de darle participación accionaria.

En el libro, también se explica que Vázquez Raña, desesperado, decidió aceptar el ofrecimiento que le había hecho Earl Brian: quedarse con UPI en calidad de “arrendatario”. Relevaría de las responsabilidades financieras al mexicano, pero no compartiría con él las utilidades. Pagaría las deudas sin que Vázquez Raña viera un quinto. El acuerdo aclaraba que si después de diez años, Brian no podía resusitar la agencia, el control podría regresar a Vázquez Raña. El 19 de febrero de 1989 se anunció la nueva transacción. La UPI pasó a control de una empresa recién creada por Brian, la World News Wire. En esta ocasión, Vázquez Raña perdió.
Otra estampa sobre Mario Vázquez Raña y su estilo de hacer negocios la conocimos en el mes de marzo de 2005. Una riña familiar entre los hermanos Vázquez Raña se hizo pública. Su hermano Olegario fue entrevistado por la periodista Carmen Aristegüi en su programa de radio Hoy por hoy en donde narró ciertas diferencias con su hermano Mario. En la entrevista Olegario negó los vínculos de sus empresas con el poder pues aseguró que “nunca he tenido un negocio político ni con ningún político, nunca he hecho un negocio que dependa de la política”. Sin embargo, la cercanía de los Vázquez Raña con el poder –en especial con Luis Echeverría- ha sido documentada en distintos libros.
Cuenta Olegario Vázquez Raña a la periodista:

Yo ya no me quiero meter más hondo, si no, voy a buscar problemas muy serios (risas) porque nosotros, cuando se compró la (Organización) Editorial Mexicana, en realidad creo que ahí se recibió cierta ayuda del gobierno del Presidente… Pero al año, don Mario Vázquez Raña dijo “el poder no se comparte y ustedes van pa’ fuera” y nos liquido nuestras participaciones como quiso, cuando quiso y los tres hermanos fuimos para afuera y él se quedo adentro. Entonces sí alguien recibió ayuda, pues nosotros no fuimos, desde luego queda clarísimo, ¿no?

Sabedor de su inmensa fortuna, Vázquez Raña utilizó al máximo sus periódicos como instrumentos de presión para apuntalar sus negocios y su proyección política. Al igual que el coronel José García Valseca, a Vázquez Raña –rodeado siempre de un séquito de guardaespaldas- nadie se le acercaba.

De regreso a las raíces

Avión es una tierra fantástica e irreal. Es un municipio de Ourense aislado entre montañas en donde la vida pasa lentamente y en donde la opulencia magnánima y la pobreza urgente conviven todos los días. El censo de 2012 dice que es un poblado de
2.804 habitantes. Pero es un censo de habitantes fantasmas. La mayoría de los lugareños no vive en el pueblo. Sus vecinos están diseminados por 32 aldeas mal comunicadas. No hay trabajo tampoco, salvo en alguna época cuando las minas de wolframio le dieron algún esplendor a la zona durante la Segunda Guerra Mundial. Avión en sí, es una aldea de fantasmas, por lo menos durante diez meses al año.
En los dos meses que dura el verano el pueblo se transforma.
Se sabe que los Vázquez Raña llegaron al pueblo porque su avión privado aterriza en el aeropuerto de Vigo procedente de México. De él irán descendiendo sus hijos y sus nietos, sus cocineros y sus guardaespaldas. Junto a la terminal, una flotilla de coches de lujo, todos ellos de su propiedad, les conducirán durante una hora llena de curvas hasta Avión.
En una crónica del reportero Pablo Ordaz, en el diario español El País  publicada en 2005 se nos describe la llegada de los Vázquez Raña a su tierra natal y su vida de lujos. Ordaz nos cuenta sobre la mansión de Mario o de su hermano Olegario. Cualquiera de las dos cuenta con un salón donde el primer domingo de agosto almuerzan 300 personas sentadas, y un garaje donde a estas horas aún hiberna una docena de vehículos de lujo, cuenta una vecina de los Vázquez Raña al reportero Ordaz y detalla: “Dos Mercedes 600 de color blanco, Ferraris, Porsches, deportivos de la marca BMW, y ese coche inglés tan elegante, Rolls-Royce”. Cuenta también –continúa la vecina describiendo- con una piscina con vistas, una cancha de tenis digna de Roland Garros y, sobre todo, un jardín en pendiente donde los setos gigantes son esculpidos durante todo el año por una empresa de jardinería.
Ordaz, en su espléndida crónica nos cuenta:

En Avión, en 2004 se matricularon un total de 108 Mercedes, 25 BMW y 12 Porsche Cayenne. Las casas de los Vázquez Raña son las más vistosas, pero no la únicas. Aquí y allá, sin orden estético ni concierto urbanístico, se levantan los chalés de los indianos, a cuál más ostentoso y con el garaje mejor surtido.
Pero entonces llega el verano y los Ferrari se despiertan. Es entonces cuando los 2.000 vecinos de Avión que aún viven en México regresan a su tierra por vacaciones. Será porque fueron más listos o porque tuvieron la suerte que se les negó a otros, lo cierto es que muchos de los que se fueron buscando fortuna terminaron encontrándola.
El resultado de todo aquello se puede ver en Avión en cuanto llega el buen tiempo. Hay un dato que habla por sí solo: durante 2004, el parque automovilístico del pueblo se enriqueció con 483 coches de lujo, que se registraron con matrícula turística, a la que sólo pueden acceder los residentes en el extranjero. El sistema tiene la ventaja de que el coche sale un 28% más barato (no se paga ni la matriculación ni el IVA). El inconveniente es que sólo puede circular durante seis meses, tras los cuales es precintado por Aduanas. Si bien en el caso de los indianos de Avión esto no es un incordio: “Los mexicanos”, así los llaman aquí, “sólo suelen venir en verano”.
Según datos de Automovilistas Europeos Asociados, el año pasado se matricularon en Avión con placa turística 108 Mercedes Benz E320; 25 BMW 320; 23 Audi A4; 12 PorscheCayenne Turbo... El 23% de los coches de lujo con matrícula turística de España están en Avión. “No sé la cifra exacta, pero aquí”, confirma el alcalde en funciones, “hay cientos de BMW y cientos de Mercedes”. Una flota parecida a la de Marbella o Niza.
Se trata del signo mayor de ostentación, de la forma socialmente convenida de decir sin palabras que todo sigue marchando a pedir de boca. Pero en Avión todo el mundo se conoce. Saben que la fortuna de los hermanos Vázquez Raña no tiene parangón. Olegario es el dueño de la red privada de hospitales más grande de México, y posee además hoteles, restaurantes, tiendas de muebles... Su hermano Mario es el “mero mero” -una expresión mexicana que quiere decir el gran jefe- de los medios de comunicación y una figura relevante del Comité Olímpico Internacional (COI).

Avión es un pueblo más, perdido entre las montañas de Ourense, pero no hay que dejarse engañar, este pueblito cuenta con seis bancos internacionales. Y durante los diez meses restantes del año decenas de albañiles trabajan todo el año para dejar exquisitas las casas de los aldeanos. También hay un pequeño ejército de vendedores de la Mercedes rondando durante el verano.
Pero cruzar el Atlántico es un gusto que se dan los Vázquez Raña –Mario, Olegario y Abel- en cualquier mes. En el periódico El Confidencial, en marzo de 2012, nos relata una de las tantas visitas de cualquiera de los hermanos:

Pasar menos de 48 horas en la vieja madre patria es algo natural para los millonarios Vázquez Raña. Y lo hacen con una agenda de lo más selecta y concurrida para tan breve espacio de tiempo…
En primer lugar, (Mario) pasó por despachar con el Rey Juan Carlos, con el que tuvo una audiencia privada para refrescar su relación de amistad, como demuestra la condecoración en 2009 a Mario Vázquez Raña con la Gran Cruz al Merito Civil. Lo primero es lo primero y nunca está de más pisar moqueta del Palacio Real.
A continuación, el empresario mexicano quedó a comer con el gran Isidoro Álvarez, el todopoderoso presidente de El Corte Inglés.
Ese miércoles, Real Madrid y Barcelona celebraban el partido de vuelta de su cruce en semifinales de la Copa del Rey. Y cómo no, Vázquez Raña tenía un hueco reservado en el palco del Santiago Bernabéu para un evento tan sonado, aunque lo hizo como invitado de Sandro Rosell, bien conectado con ese mercado, y no de Florentino Pérez.

Los Vázquez Raña siempre han estado muy cerca del PRI, dice un reportaje publicado por la agencia de noticias ANSA publicado en enero de 2006. Y también cercano a muchos presidentes, una parte del reportaje es la siguiente:

Tras el triunfo de Vicente Fox, se trajeron de vacaciones a Galicia al candidato “prisita” perdedor, Francisco Labastida, para que se curase las heridas de la derrota. En él habían invertido muchos millones de pesos.
Claro que también antes habían pasado por el pueblo orensano de Avión los presidentes José López Portillo y Ernesto Zedillo, ambos en visita privada, mantenida en secreto y cuando todavía estaban en el poder.
Los Vázquez Raña no suelen faltar a las fiestas del pueblo, a mediados de Agosto, por San Roque, ni tampoco por San Martiño, para asistir a los fastos domésticos que acompañan a la matanza del cerdo.

La ostentación de la riqueza es una de las normas para don Mario o sus hermanos. Quien lo conoció supo de sus gustos exquisitos en su vestir: telas especiales, ropa hecha a la medida y exclusiva. Cuenta el periodista Franjo Fernández Cid que el magnate “con su traje azul y su pelo rubio, desprende un aire de ejecutivo europeo. Habla con ese acentillo mexicano que poco tiene que ver con el idioma de sus antepasados. Se expresa con mil cuidados y delicadezas, como los hombres en los que pesa más, la razón que las emociones”. Los guardaespaldas que lo rodeaban todo el tiempo hacían casi imperceptible sus trajes por lo general con una delgada línea estilo inglés que se estampa en su vestido. Al acercarse la línea va tomando otra forma, la de un nombre que se repite al infinito: Mario Vázquez Raña, Mario Vázquez Raña, Mario Vázquez Raña, Mario Vázquez Raña…
Su cocinero personal tampoco se le despegaba. Autos lujosos, aviones privados, mansiones de sultanes. Dentro del folclor mexicano en el puerto de Acapulco un viaje en bote presume como atractivo turístico: “la mansión más grande de la costera, la que abarca dimensiones fantásticas y que al lado de ella las demás mansiones palidecen, es la de Vázquez Raña”. A Mario le gustaba llevar sobre la solapa de sus trajes un llamativo emblema olímpico de oro puro, que lo identifica con el deporte, otra de sus pasiones.   
*****

Al contrario de Carlos Slim, Mario Vázquez Raña no tenía el toque del rey Midas. Uno de sus grandes fracasos en negocios fue cuando se arriesgó, temerariamente, al rescate de PIPSA, empresa propiedad del Gobierno que abastecía de papel periódico a todos los medios escritos del país. Don Mario imaginó el poder que tendría si él controlaba el papel periódico que abastecía a los diarios del país, como lo hizo por muchos años el Secretario de Gobernación en turno. Pero don Mario erró, la pronta apertura del mercado, la disminución de precios y la facilidad para importar papel hizo del rescate de PIPSA un mal negocio.
Amigo de grandes figuras, el propio Slim frecuentaba su casa en Avion, a don Mario le gustaba estar rodeado de grandes figuras de las letras nacionales y latinoamericanas: García Márquez, Monsiváis, Fernando Benítez, entre otros. También le gustaba la compañía de don Julio Scherer, aunque Scherer  tuvo cierto desdén por el magnate.
A mediados del año 2010, una serie de cables del gobierno de Estados Unidos sobre la política interior de muchos países fueron dados a conocer por Julian Assange. Durante décadas, el gobierno de EUA estuvo interesado por los conflictos nacionales y la política interna de México. Embajadores estadounidenses servían como “espías” a su gobierno. Buscaban reuniones con personajes destacados de la vida política e intelectual y luego escribían reportes a sus gobiernos. El “caso Excélsior” fue de su interés.
El embajador John Jova buscó a don Julio en agosto de 1976, quería saber las impresiones y el futuro del periodista, una vez que fue echado del periódico Excélsior. En el cable 1976MEXICO10575_b, Jova refiere una conversación que sostuvo con Scherer En un domicilio particular. En el cable el embajador escribe: “Julio Scherer dice que en el curso del asunto de Excélsior su vida había sido amenazada”. Y busca aclarar de primera fuente, un rumor: Scherer se va a trabajar para El Sol, la cadena de periódicos propiedad de Mario Vázquez Raña y en la cual “el presidente Echeverría, tenemos buenas razones para creerlo, ha adquirido un gran interés”. Don Julio le confirma al embajador que Vázquez Raña le había hecho una oferta. Sobre la respuesta del periodista, el cable de Wikileaks dice: “La reacción de Scherer a la oferta, aparentemente hecha no mucho después de su despido, aún era emocional –‘Yo nunca haría eso. Yo nunca trabajaría para esas personas. No soy una prostituta’”. En la parte final, el diplomático estadunidense comenta sobre su propio juicio con respecto al periodista: “Scherer en este punto en particular no es un comentarista objetivo y es una persona emocional en cualquier momento”.
En el libro, Estos Años, Julio Scherer narra una estampa sobre don Mario:

Varias veces disfrutamos platillos chinos en uno de los comedores de su oficina en el tercer piso de las calles de Serapio Rendón, y alguna vez me propuso que trabajáramos juntos. El sitio donde nos reuníamos era peculiar, fresco hasta parecer al aire librey frente a grupos de animales enjaulados que a él lo divertían. Vázquez Raña no se da importancia, es alegre, simpático. A cada momento me indicaba que mirara los ojos de las pequeñas bestias, sus largas colas, su existencia rutinaria… Vázquez Raña me fue contando que es noticia donde quiera que se presente y que cuida su salud y su figura como un hombre de Estado. Fue así como me enteré que había importado de China a un médico, a un masajista y a un cocinero para que mantuvieran su bienestar físico en el punto más alto y la línea de su cuerpo en la excelencia.


Un deportista Forbes

Pasando la primera década del siglo XXI México fue sede de los Juegos Panamericanos. El evento deportivo lo inauguró y clausuró el empresario Mario Vázquez Raña quien fue reelecto por sexta ocasión en 2002 como presidente de la Asociación de Comités Olímpicos Nacionales (ACNO), misma que ocupó desde 1979 y cuyo mandato terminó en 2014.  También estuvo al frente de la Organización Deportiva Panamericana –lo estuvo durante tres décadas- y desde entonces fue “candidato único” y consiguió reelegirse por aclamación para el periodo 2012-2016, que no concluyó.
Como deportista su trayectoria fue fugaz: campeón nacional e internacional de tiró con arco en las olimpiadas del 68. De ahí en más ha sido directivo o presidente de distintos organismos deportivos nacionales e internacionales. Y como nadie, Mario Vázquez Raña, al frente del deporte mexicano, fue sobreviviente de ocho sexenios: Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. En diversas entrevistas el propio Vázquez Raña dijo que tenía “una de las carreras olímpicas más ricas del mundo”.
Durante su vida “deportiva”, la revista Proceso ha documentado su permanencia  al frente del organismo rector del deporte en México. A través de declaraciones y entrevistas distintos adversarios de Vázquez Raña lo acusaron de “la compra de votos cuando es reelecto y, por supuesto, de las conciencias de una gran parte de los representantes de las federaciones deportivas que integran el Comité Olímpico Mexicano (COM). Cronistas deportivos –que cobran como ‘asesores’ del COM- han escrito a lo largo de más de treinta años que es reelecto por ‘aclamación’ de la Asamblea”. Y es que el COM opera al margen de la Ley pues ningún órgano lo regula.
Mario Vázquez Raña acumuló y tuvo múltiples cargos internacionales en la Organización Deportiva Panamericana, fue miembro del Comité Olímpico Internacional –cargo al que recientemente había renunciado-, vicepresidente de Solidaridad Olímpica y presidente del Comité Olímpico Mexicano.
Al frente de su gestión en la ACNO logró aumentar el número de 61 a 193 países afiliados al Comité Olímpico Internacional.
Dentro de las anécdotas que se cuentan en el deporte internacional esta la de la princesa de Inglaterra, Ana (Anne Elizabeth Alice Louise, hija de Isabel II), presidenta de la Asociación Olímpica de Inglaterra, quien no escondía su desdén por Vázquez Raña y llegó a sostener que el magnate utiliza fondos personales para financiar las operaciones de la ACNO para su beneficio personal. A principios de julio de 1991, en la víspera de su ingreso formal como miembro del Comité Olímpico Internacional, Vázquez Raña asistió a una cena en París en el castillo de Warmick, a la que asistieron los 350 miembros más importantes de “la familia” olímpica en el mundo. En tal reunión, la princesa Ana le pidió a su excelencia, el marqués Juan Antonio Samaranch, en ese entonces presidente del COI que se vetara el ingreso a Vázquez Raña debido a su mala fama y corruptor del deporte. La respuesta de Samaranch fue: “no hay forma de impedir su ingreso, es muy poderoso”.
Mario ocupó la presidencia honoraria y vitalicia del Comité Olímpico de México, un organismo al que también pertenece, en calidad de miembro permanente, su hermano Olegario, que, a su vez, figura como presidente del ISSF (International Shooting Sport Federation).  
            En entrevista con el periodista Fernández Cid, el propio Mario cuenta:

El deporte me ha dado parte de lo que me faltaba en la vida, pero lo cierto es que yo también le he dado mucho al deporte, no solamente al de mi país, y no hablo de dinero. Pero creo que todavía estoy en deuda con el deporte, pues parte de lo que soy hoy se lo debo a él, ya que la disciplina que adquirí como deportista me ayudó mucho en mi vida privada y comercial. Pero esto no se paga con dinero.

Y agrega:

Creo que mi contribución al país tiene su origen en el deporte, que me ha dado la oportunidad de hacer algo por mi gente; por mucho tiempo que yo le dedique, siempre seré un deudor del deporte. Y seguramente, cuando me muera, aún le seguiré debiendo algo.

Mario Vázquez Raña es una fotografía de cómo son y eran los empresarios mediáticos en la primera década del siglo XXI.  Murió a la edad de 82 años.







* Fotografías tomadas de la página de la OEM.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Escritores. Héctor Aguilar Camín

De la historia a la literatura
Por Abraham Gorostieta.

Se puede estar de acuerdo con él o no, lo que no se puede regatear es que el doctor Aguilar Camín es un intelectual notable. Sus ideas, ya sean habladas en diplomados o platicas, escritas en revistas o diarios, o dibujadas en libros, generan pasiones. No hay matices. Congregante de talentos académicos, literarios y plásticos, gusta poner sobre la mesa los grandes temas nacionales a debate. Director de la revista Nexos durante 24 años –de 1982 a 1996 y 2005 a 2015-, concede una entrevista en su oficina.
El doctor Aguilar Camín es alto, de voz ronca y sonrisa dibujada –al lápiz, pareciera- siempre en el rostro. Su abuelo materno, don Manuel Camín, fue un asturiano que se vino con su esposa doña Josefa García a probar suerte en América. Llegaron a Cuba en 1914, dónde nacieron Emma y Luisa, madre y tía, respectivamente. Migraron a México y se estacionaron en Chetumal. Su última novela  versa sobre su propio pasado.
El escritor Carlos Fuentes decía que Milan Kundera “ha propuesto a la novela como el sitio de referencia para presentar al ser humano como problema”, a propósito del escritor de origen checo quien decía que “todo hombre o personaje esta cifrado en unas cuantas palabras básicas alrededor de las cuales gira su vida”, preguntamos a don Héctor tres: Madre, infancia, terruño. Su oficina pronto se inunda de olor a café. La charla, desde el arranque, arranca:
“No me gusta la palabra terruño, explica el doctor Aguilar Camín. Cuando el lugareño crece o se muda temprano a la ciudad, como fue mi caso, a los nueve años, la tierra natal empieza a verse chica. Entonces aparece la palabra terruño. Tiene un toque entre avergonzado y condescendiente. Luego el terruño crece. Entre más años pasan, más grande es el terruño dentro de nosotros.  El historiador de los terruños mexicanos, Luis González, bautizó la historia que se ocupa de ellos como historia matria: la historia del lado de la madre, del origen. Es la historia opuesta de la historia patria, la que crece del lado del padre, del pleito con el mundo y su conquista. Todos debemos de salir al mundo con la espada del padre, pero todos terminamos, como Ulises, tratando de volver al terruño después de la guerra. Descubrimos entonces que el terruño no es un lugar físico, sino un lugar del alma, de la memoria: el lugar de la infancia y la madre”.
Su oficina tiene un par de amplios libreros, una mirada minuciosa permite leer títulos que simplemente se antojan. Los únicos lugares dónde uno realmente toma conciencia de que se es pobre son en las librerías. Entonces la siguiente palabra se asoma: libros (su obra hecha). El doctor Aguilar está cómodo en su sillón negro de piel. Piensa por un momento y responde: “No veo mi obra. Veo libros que fueron saliéndome al paso. No pretendo que se estudien, me basta con que se lean. Y no todos; éste libro o aquel, o algún pasaje. Si fuera poeta me conformaría con haber escrito una línea memorable. Me han propuesto hacer una antología personal de lo que he escrito pero mientras más pienso en ella más recuerdo la anécdota de aquel político que le llevó su discurso al presidente Ruiz Cortines para que le diera su opinión. El presidente le preguntó si podía poner aquel discurso, que tenía seis hojas, en dos. ‘Desde luego’. ‘¿Y en una?’. ‘También’. ‘¿Y en un párrafo?’. ‘Forzándolo mucho señor presidente’. ‘No lo fuerce’, contestó Ruiz Cortines. ‘Suprima también el párrafo. Haga solo un saludo, de ser posible con la mano, y quedara usted muy bien’”, el escritor se sonríe, un poco para sus adentros.
Salta otra palabra, como liebre y se pone ante la vista del historiador: Generación.
“No sé cual es mi lugar en mi generación sólo voy con ella, cada vez más rápido y al mismo lugar. Me siento cada vez más parte de mi generación, más hijo de ella. Es la generación del 68. Me identifico menos con la tragedia de aquel año que con lo que vino después, a saber: la demolición de la herencia de la Revolución Mexicana, la transición a la democracia, el fin del nacionalismo revolucionario. Si algo da coherencia a los afanes colectivos de mi generación, desde la izquierda y desde la derecha, en las costumbres y en la política, en las emociones y en las ideas, es la pasión de sacudir la historia heredada, desafiar la hegemonía del PRI, terminar con el monologo oficial y la autocomplacencia política”. Suena el teléfono de su oficina, toma la llamada. La luz del sol que entra por su amplio ventanal le pega de frente. Momento para una fotografía.

El Historiador

Escribió Octavio Paz que Alfonso Reyes no era sólo un escritor sino una literatura. Escribió Enrique Krauze que don Luis González y González no era un historiador sino una historiografía. Hay mucho de cierto en esa afirmación. Don Luis, Luisito, no agotó el oficio de historiar en la escritura de libros. Alumno de los transterrados españoles como Gaos, Iglesia, Miranda, de los mexicanos Zavala, O’Gorman y de los franceses como Febvre, Bataillon, Chevalier, don Luis fue maestro de generaciones de historiadores en México. Miembro activo de El Colegio de México y fundador de El Colegio de Michoacán, su quehacer como docente fue incansable. Su tratado Sobre el oficio del historiador es lectura obligada para todo estudiante de Historia. Esas tres últimas palabras son las que responde don Héctor Aguilar:

Estudié Historia por razones alimenticias. Había la posibilidad de obtener una beca para estudiar el doctorado en El Colegio de México. Habían abierto una convocatoria al doctorado para gente que nunca hubiese estudiado historia. Así llegamos a aquella generación de El Colegio gente que antes había estudiado contabilidad (Estela Zavala), economía (Álvaro López Miramontes), ingeniería (Enrique Krauze), teología (Primitivo Rodríguez) y comunicación (yo mismo). El colegio de México estaba entonces en la calle de Guanajuato, junto a la Plaza Ajusco, en la colonia Roma. Yo vivía a sólo unas calles, frente al Parque México en la colonia Condesa. La beca del Colegio de México alcanzaba para lo básico, que entonces incluía una botella de ron cuando acababa la semana.

Desde entonces, don Héctor ha combinado tres oficios: Historiador, escritor, periodista.  “He escrito un solo libro como historiador profesional, La frontera nómada. Sonora y la Revolución mexicana, y muchos ensayos de historiador diletante”, confiesa el autor del libro Morir en el Golfo. “Quizá reúna los ensayos en un volumen. Quizá no. He vuelto a leer La frontera nómada para una reedición. Compruebo que no hay nada tan poderoso y fresco como la materia histórica que viene de los archivos, eso que los historiadores llaman fuentes primarias. Lo demás es filosofía o diletancia. Luego de La frontera nómada yo he sido mas un diletante de la historia que un historiador”, dice y sorbe su café.
Es común que durante la escritura de un libro, el escritor se deje acompañar por otros pares, que, a través de la lectura de sus obras, se reafirmen o rechacen, se rehagan las ideas. Así ocurrió cuando don Héctor elaboraba su última novela sobre su pasado familiar. Edward Gibbon, considerado como el primer historiador moderno, acompañó sus noches de desvelos. De igual forma Lucas Alamán, que además de historiador fue naturalista, escritor, político y hombre de negocios.
El doctor Aguilar Camín exterioriza:

Recientemente, otra vez, a Luis González y González, mi maestro en El Colegio de México. He llegado a la conclusión de que es el mejor historiador que ha tenido México, porque es el que ha cubierto todas las épocas y el que mejor ha escrito. He gozado a Braudel, a O’Gorman, a Cosío Villegas, a John Womack, a Jean Meyer, a Friedrich Katz, a Enrique Florescano, al Octavio Paz de Sor Juana o las trampas de la fe y al Carlos Fuentes de El espejo enterrado. También a otro no historiador, sino sociólogo, Fernando Escalante Gonzalbo, autor de un libro histórico: Ciudadanos imaginarios. En la colindancia generacional con Escalante, Mauricio Tenorio, lo que Cortázar llamaría un cronopio de la disciplina histórica. Mi última adicción es Claudio Lomnitz, un antropólogo que ha escrito una recreación total de la vida de los hermanos Flores Magón. Antes de Lomnitz, Antonio García León, que hizo con el Golfo de Veracruz lo que Braduel con el Mediterráneo.

De joven fue un lector de Carlos Marx y Engels. Mas no fue seducido por los postulados del marxismo, sin embargo reconoce: “Marx es un gigantesco escritor. Lo mismo Freud. Me he perdido a Pierre Villar y he rechazado a Althousser en todos los órdenes intelectuales, en el del conocimiento y en el del lenguaje, pero no en el de su tragedia personal: despertó de un trance psiquiátrico una mañana y había ahorcado a su mujer. Su relato de ese momento me estremeció, me reconcilió con su vida, no con su obra”.
            Alumno también de ese otro gigante de la docencia historiográfica: don Miguel León Portilla, quien lo introdujo al mundo de la historia prehispánica en el Colegio de México. El doctor León Portilla es un historiador querido por todos. No importa si es un aula o la plaza de un mercado o parque, donde don Miguel imparta cátedra siempre se abarrota. Puede ser que el gusto por la Historia y la docencia lo haya heredado de su tío, don Manuel Gamio, padre de la Antropología mexicana o también, de su otro tío, don Manuel Gutiérrez Nájera, iniciador del movimiento modernista en México. Aguilar Camín extrae de su memoria el siguiente recuerdo:

Una clase suya fue memorable para mí. Nos presentó la figura de Tlacaelel, el poder tras el trono azteca, y describió la forma en que Tlacaelel dispuso que los notables mexicas eligieran al Tlatoani, la forma secreta pero negociada en que los tlatoanis eran elegidos. Mientras León Portilla describía los ritos de la sucesión azteca, uno iba escuchando en parte los ritos del PRI de aquella época (1970). Fue una clase de historia viva.

La Cristiada –escribió Christopher Domínguez Michael- es de aquellas obras que aparecen muy ocasionalmente en la historia de la historia y se convierten en episodios, casi milagrosos, de restitución. Jean Meyer, el autor de la obra y alumno –también- de don Luis González, registró el origen, el fragor y las consecuencias de una guerra civil que duró 7 años y que costó la vida de 250 mil personas. Jean Meyer, Juanito, como le dicen sus amigos, entre ellos el doctor Aguilar Camín, ha sido fiel y congruente, a través de sus libros, a sus maestros: el trascendental Fernand Braudel, el incansable Pierre Chaunu, el coleccionista de historias matrias, don Luis González y el cronista de las cruzadas Steven Runciman. El autor de La guerra de Galio rememora:

Yo empecé a dudar de la versión liberal jacobina de la historia de México, después de leer La Cristiada de Jean Meyer. Particularmente, luego de escuchar, de un gran intelectual universitario, que la impresionante reconstrucción de Meyer de aquella guerra civil, una guerra civil no reconocida de nuestra historia, era fruto de una visión clerical. Las anteojeras jacobinas nos impedían ver el enorme hecho político, militar y religioso de La Cristiada. Jean Meyer lo hizo visible, al menos para mí, y con eso hizo visible otra verdad como un muro, que liberales y jacobinos ignoran con ceguera clerical: la catolicidad histórica del pueblo de México.

Friedrich Katz fue un imprescindible del estudio de la Historia en México. Llega a nuestro país debido a la persecución hacia los judíos europeos cuando tenía 13 años de edad, su padre, Lieb Katz fue un periodista y escritor comunista austriaco. El doctor Lieb, opositor socialista a la Primera Guerra Mundial, manifestante activo en la gran huelga general de Viena en 1918 cambió su nombre al de Leo. Perseguido por los nazis huyó a Francia. Militante activo, ayudó a la República Española introduciendo armas. En 1938 es expulsado de ese país y llega a Estados Unidos donde le fue negada la residencia y la familia se traslada a México donde la administración de Lázaro Cárdenas les da asilo. La formación del niño Katz radica en los constantes exilios, el comunismo, el judaísmo, el aprendizaje de nuevas historias y distintos lenguajes.
Antropólogo e historiador, Friedrich Katz se cultivó en distintas universidades. A finales de los 40 regresa a Austria, donde vivían sus padres. Se doctoró y se afilia al partido comunista. Vive 20 años allá, en Austria, Alemania Democrática y Francia. La experiencia de la vida lo convence de que el socialismo no era una realidad en la Europa Oriental. En 1968 criticó la invasión soviética a Checoslovaquia. Promotor del socialismo con rostro humano, siguió la huella de Ernest Fischer.
De regreso al continente americano en 1970, Katz escribe una serie de ensayos y libros; obra fundamental para entender el pasado de México. Amigo cercano de Katz fue el doctor Aguilar Camín. Nostálgico recuerda una anécdota con él:

Con motivo de una reunión de historiadores en la Universidad de Chicago, donde Friderich Katz era profesor celebérrimo, el historiador, que también era un hombre sencillo y hospitalario, fue a recogerme al aeropuerto en su coche. En el camino de regreso a la universidad equivocó una salida del freeway y fue a dar al corazón del guetto negro de Chicago, que colinda con la Universidad. Naturalmente, Katz desconocía las calles del guetto y, de pronto, estaba perdido. Yo entendí lo que era la verdadera tensión racial, y su proximidad con la violencia, en el nerviosismo de Katz. No hacía lo lógico como chofer extraviado: detenerse y preguntar. Daba vueltas buscando la salida por ensayo y error. Las miradas que recibíamos de los grupos de hombres y muchachos del guetto cuando pasábamos en el automóvil frente a ellos no invitaba precisamente a detenerse. Algunos saltaban a la calle cuando pasábamos para increparnos, supongo que por el hecho intolerable de que estuviéramos hollando su territorio. Nunca he tenido tanto miedo a bordo de un coche.

Durante el recuento de sus memorias con La Historia, tres palabras se asomaron constantemente: Historia, biografía, libros. Pronto, don Héctor da tres respuestas: “Creo que era Karl Kraus el que decía: ‘La Historia es el arte de dar sentido a lo que no tiene sentido’. Los biógrafos suelen ser verdugos vestidos de aliados. Los libros son el único lugar donde puede conversarse largamente con los muertos”.

El periodista

Desde muy joven era un personaje muy reconocido. En la década de los ochenta, don Manuel Becerra Acosta, director y fundador del periódico Unomásuno, cuando hablaba del historiador Aguilar Camín, se refería al “exégeta”. Lo hacia con el ánimo de reconocerlo como el mejor interprete de la política mexicana. El también periodista nos narra: “Manuel Becerra Acosta vive en una estela nostálgica y amistosa de mi memoria, pese a que terminamos en un pleito cerval. Tengo nostalgias de aquellos años, en particular del año 1978 que fue el de mi inmersión en el Unomásuno, el diario que Becerra fundó. Este año, 1978, es un año clave para mí. Es el año en que conocí el diarismo. El año en que conocí y empecé a vivir con Ángeles Mastretta, el año en que empezó a circular la revista Nexos”.
Héctor Aguilar Camín se define como un “socialista liberal”, a la “manera de Manuel Azaña, ‘socialista a fuerza de liberal’”. Otra palabra se asoma y es, Prensa: “creo muy importante el papel de la prensa, citando a Alexis de Tocqueville ‘mas por los males que evita que por los bienes que procura’. No sé de mejor consigna para una prensa libre que la que le oí una vez a Juan Luis Cebrián, fundador de El País. Los diarios, dijo, deben ser dogmáticos con los hechos y liberales con las opiniones”. Se detiene un poco y contextualiza: “creo que no hay que respetar las opiniones, sino a las personas, y a los hechos. Es sospechosa la prensa que insulta y calla sus fuentes”.
El historiador va por su segunda taza de café, un espresso, cortado. Tiene tres palabras más sobre la mesa que después de un sorbo las toma y abunda en el significado que él les da: Vida, obra, muerte. “Sobre la vida, me parece buena la pregunta de Paz: “la vida, ¿Cuándo fue de veras nuestra? Sobre la obra, esto, de Renato Leduc: ‘No haremos obra perdurable, no tenemos, de la mosca, la voluntad tenaz’. Sobre la muerte, la arenga de José Gorostiza: ‘Anda, putilla del rubor helado; vámonos al diablo’.”
Una generación que se va apagando, es la suya. Los años pasan y los escritores mueren. El tema de la muerte, la muerte propia es algo que “ocupa mi mente todos los días”, confiesa don Héctor. Otro sorbo a su café y abunda:

Mi maestro Luis González decía que el arco del reconocimiento póstumo tiene veinticinco años. Al morir los autores vigentes en su tiempo, luego de los elogios fúnebres, desaparecen de la atención de sus contemporáneos o disminuyen radicalmente su presencia. El tiempo pasa y sí, pasados veinticinco años, sus obras no regresan a la atención de las nuevas generaciones, entonces la inmortalidad de ese autor es el olvido. Pero si algo sucede y regresan, si sus obras conectan con la sensibilidad de las generaciones que el autor no conoció en vida, entonces lo probable es que su inmortalidad sea un poco más larga y se propague en las generaciones siguientes. Son muy pocos los que saltan el foso del tiempo.

Su sonrisa se hace presente, delgada y perene línea sobre su rostro. Explica: “Las creencias no son para siempre, quién no ha cambiado de creencias en su vida, no ha dejado que la vida entre en él”. La taza de café sobre su plato. El plato y la taza sostenido por don Héctor. Sentado sobre su sillón, enfundado en su chamarra color tabaco, parece una estampa de Hemingway. “Las percepciones cambian mucho con la edad, pero el cambio mayor se da cuando uno entiende que tienes más pasado que futuro”.
Como si las palabras tuviesen voluntad propia, se asoman y al simple contacto, saltan: La vejez:

Envejecer, en el fondo no es mas que una forma de irse poniendo triste. Añadiría que ponerse triste es una manera tímida de invocar a la muerte. Freud, que fue un gran escritor, dijo que en nuestro interior luchan Eros y Tánatos. Eros es el instinto de vida (“pulsión de vida”, traducía mi amigo José María Pérez Gay); Tánatos, el instinto de muerte. Ambos están en nosotros, combaten dentro de nosotros, en los individuos y en las sociedades. La muerte no viene de fuera, viene de adentro, del interior de los individuos y de las sociedades, que la desean. Su sentimiento anticipatorio es la tristeza, la melancolía. Nostalgia de la muerte, decía Xavier Villaurrutia. El hecho es que algo profundo dentro de nosotros quiere la muerte, la busca, y, como se ve, la encuentra siempre. Es el tema subterráneo de mi novela Un soplo en el río, la historia de una pareja unida oscuramente por la pulsión de la muerte.

Entonces no hay remedio. Con el avance férreo de la edad, los recuerdos nos invaden, las añoranzas nos envuelven, nos llenamos de anécdotas y al final nos morimos de tristeza. Don Héctor no esta del todo de acuerdo con esta percepción. Frunce un poco el ceño y explica: “Morimos tristes pero no de tristeza. El envejecimiento es una enfermedad aparte. Se lleva todo, inmisericordiamente. Seca nuestro cuerpo y nuestra mente. Borra, deforma, evapora, es una enfermedad sin cura ni regreso. Bette Davies dijo: ‘Growing old is not for sissies (Envejecer no es para miedosos)’. Pero todos somos miedosos ante la vejez y la muerte”.
Con la mirada perdida en sus adentros el periodista revela: “Me entristece dormir poco. Y pensar en Bette Davies”.

El escritor

Dice Rafael Pérez Gay que Pasado Pendiente es un libro que inaugura un género: La historia conversada. El autor del libro agradece la referencia y con su sonrisa dibujada aclara: “Una de las grandes novelas cortas de Tolstoi, La sonata a Kreutzer, es una historia conversada, es decir, una historia que alguien cuenta durante una conversación con otro. Yo lo que hice fue usar ese mecanismo de las historias conversadas para dar salida a cosas que me habían sucedido, como si dijéramos, a medias, y que requerían, por decir así, una terminación. Si estuviéramos hablando de albañilería, diríamos que esas historias les faltaba el acabado, estaban en obra negra. Las nociones de albañilería, obra negra y acabado le quedan bien al proceso de escribir ficción. Escribir ficción es como construir una casa invisible, una casa de palabras con las propias manos. Flaubert era un albañil talentoso que se martirizaba con la imperfección de sus acabados”.
En la obra del escritor hay un hilo conductor en todos sus personajes; ¿qué tan libre es uno para elegir la vida que uno quiere y desea y cuantas veces uno se pone obstáculos para impedir ese destino? El escritor guarda un silencio momentáneo, junta sus manos y dice:

No creo en el destino como fatalidad, pero si creo que elegimos oscuramente lo que ha de pasarnos. Somos cómplices de nuestro destino, cualquiera que este sea. Este es un tema favorito para mí. Esta en la raíz de la imaginación novelística. O al menos de la imaginación novelística que me interesa. No me interesan las tramas que se resuelven al margen de las emociones de los personajes, por factores externos a ellas. Digamos, mediante muertes accidentales o enfermedades súbitas. A mi me gustan las novelas cuyo desenlace sale de la conducta de los personajes, de sus emociones, de la relación entre la conducta y las emociones, y de estas con su entorno. Madame Bovary no sólo se suicida, teje paso a paso la red para la que no encontrará después otra salida que quitarse la vida. Esta es la esencia de la imaginación novelística: cada personaje resulta de alguna manera cómplice de los que sucede, todos son reos de sus actos, responsables de su destino.

La vida es corta, pero bien alcanza para hacer todo. Si ese todo excluye las autobiografías:

No me interesa escribir mis memorias. No, me atrae la idea de recordar historias que podrían volverse novelas o relatos. De mi paso por el diario Unomásuno recuerdo, por ejemplo, a un exiliado guatemalteco. Escribía los editoriales internacionales del diario, sin firma, con el tema que yo le pedía. Era mi trabajo encargar y corregir los editoriales de la casa, los no firmados. Este hombre acepta sin chistar los temas y las ideas que yo le daba. Traía luego un texto con lo que él pensaba, normalmente distinto y mejor, de lo que yo sugería. Se llamaba José Manuel Fortuny. No supe bien quien era sino el año pasado en que leí la historia de Piero Gleijeses sobre el golpe de estado contra el gobierno de Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954. Fue el primer golpe de estado inducido por la CIA en América Latina. Un golpe contra los comunistas que, según la CIA, eran dueños del gobierno de Arbenz. Fortuny era el secretario del Partido Comunista de Guatemala en ese tiempo y el amigo mas cercano y, el asesor más escuchado de Arbenz. Un hijo mayor, con toda la barba, de la historia centroamericana. Bueno, quisiera echar atrás el tiempo y ponerme a conversar con Fortuny, escribir con su relato una historia conversada. Preguntarle si conoció a otro exiliado guatemalteco. Era un militar que había desertado del ejército para hacerse guerrillero. Vivió un tiempo como huésped en mi casa de la colonia Condesa, esperando el momento de regresar. Mi hermano, Luis Miguel hizo una gran semblanza de él. Años después vino su esposa a contar que lo habían matado. Como se ve, dos historias sin acabar.

Ahí están, saludando, dos palabras más que se introducen, como si fuesen un par de amigos que se agregan a una charla: el amor y la amistad. El escritor, nuevamente, dibujada su sonrisa en una sola línea expresa: “El amor es Ángeles. Vivir con Ángeles Mastretta es la mejor cosa que me ha pasado en la vida. Y me pasa todos los días. La amistad es el amor sin erotismo. También es lo que dice el filósofo español George Santayana: ‘La unión de una parte de la mente de alguien con una parte de la mente de otro. La gente es amiga por segmentos’”.
Dice Cicerón que “la vida de los muertos esta en la memoria de los vivos”. El historiador Aguilar Camín –uno de los cercanísimos amigos de Carlos Fuentes-  ha cultivado en su memoria la vida del escritor mexicano. Para él, Carlos Fuentes “es, la encarnación de una época que se esta yendo con él. El mayor escritor de México y uno de los mayores de la lengua española. El último de éstos grandes intelectuales como ‘al estilo’ de Víctor Hugo que tenían credibilidad para hablar a nombre de una sociedad, para conmoverla, para establecer puntos de referencia de la opinión pública. Ésta es parte de la época que se fue con Carlos Fuentes”. Y pronto traza una anécdota:  

A los veinte años Carlos Fuentes era un joven suelto y reventado. Descubría la ciudad de México y sus placeres. Pasaba los días en dispendios, durmiendo de día y viviendo de noche. Su padre, diplomático serio, preocupado por su primogénito, lo reconvenía una y otra vez, instándolo a terminar la carrera de leyes, a conseguir un trabajo, a preparar su futuro. Una noche el joven fuentes bajo arrastrándose de un taxi frente a a puerta de su casa, ante la mirada de su padre. Al día siguiente fue citado a comparecer en el tribunal de su padre quien le dijo “Qué lástima. Has terminado en fracaso”. Son las palabras menos proféticas que un padre haya pronunciado sobre un hijo. Ni su padre ni Fuentes lo sabían pero aquellos días sin huella, inaceptables para el padre, el hijo recogía los materiales que vertería de forma torrencial en La región más transparente.

Cuenta el historiador Aguilar Camín sobre la muerte de los grandes personajes: “Hay una cita que me gusta pero ya no recuerdo de dónde la tome... ‘Los héroes de la antigüedad pedían a los dioses una vida larga o corta pero una muerte rápida’. Carlos Fuentes tuvo una muerte rápida pero una vida plena.
Otro de sus grandes amigos fue el cronista Carlos Monsiváis, de él, el historiador cuenta: “Monsiváis fue un escritor torrencial siendo por naturaleza un aforista, y un hombre de una enorme vida secreta, siendo el más público o el más visible de los escritores mexicanos. Fue un verdadero heterodoxo, un escritor que se instaló precozmente en la corriente torrencial de la cultura mexicana en ejercicio de su triple marginalidad: social, sexual y religiosa. Hijo del oficio periodístico y de la imaginación literaria. Fue un genio barroco en la piel de un cronista del cambio”. Y también nos regala una anécdota:

Yo conocí a una periodista llamada Ángeles Mastretta en una fiesta de cumpleaños de Carlos Monsiváis, en el mes de febrero de 1978. Cinco meses después, en julio, Ángeles y yo empezamos a vivir juntos. Y hasta ahora. La fiesta fue en un departamento que Monsiváis tenía en la Zona Rosa, en una privada de la calle Hamburgo. Hubo algo de fatalidad en el desenlace amoroso que tuvo el encuentro: Ángeles y yo éramos los únicos heterosexuales del festejo.

Amigo muy cercano también de don José Emilio Pacheco, el historiador explica: “Fue un editor exigente y cuidadoso de si mismo. Al mismo tiempo un escritor torrencial de colaboraciones periodísticas y el maestro involuntario de varias generaciones de lectores que aprendieron en sus columnas de diarios y revistas lo que es imposible aprender en el aula o en otros autores”. Y nuevamente, concede una anécdota más:

Creo que hay tres prolíficos autores llamados José Emilio Pacheco. Uno es el que ha publicado en forma de cuidadosos, y revisados, libros. Otro es el que no ha sido puesto en libros y esta esperando quien lo recoja en los periódicos, revistas y suplementos dónde JEP publicó, inagotablemente, algunas de las mejores cosas que escribió: crónicas, efemérides, historias. Registros periodísticos que, en su caso, eran solo otra forma de la concisión y la excelencia literaria. Creo que hay un tercer José Emilio, apabullante, totalmente inédito, que esta por salir a la luz. Es el escritor de su diario. Le dije alguna vez cuando iba a empezar a publicarlo, él, que había sido editor excepcional del Diario de Federico Gamboa. Se lo dije como dando por descontado el hecho de que escribía un diario. Me dijo que no tenía nada, que no había escrito diarios. Le pregunte un día a su hija Laura Emilia: “¿De veras tu papá no llevaba diarios?”. Se rio y corrió la mano frente a mi de un lado a otro diciendo: “Paredes de diarios”.

Como escritor, frecuenta sus propios autores consentidos, autores que guían su pluma, y de vez en cuando le proporcionan un consejo, don Héctor manifiesta quiénes son “cada vez los más austeros, los Chejov. Cada vez menos los abundantes, los Rabelais”.
Hay veces que la escritura de un libro no es más que el terco deseo de corregir al mundo para que se ajuste a nuestros anhelos.  El autor de La conspiración de la fortuna, responde: “Es la obsesión de la literatura: añadir historias al mundo, corregirlo, crear mundos ficticios a la medida de los deseos y las necesidades del autor. Hay soberbia en pretender que se añade algo al mundo. Individualmente esa pretensión no significa mucho, pero colectivamente es lo que define a la especie humana. La especie humana es la única capaz de añadir a la naturaleza cosas que no existen en ella: la rueda, la agricultura, El Quijote. Es imposible imaginar el mundo sin El Quijote o sin la agricultura, pero en realidad es que el mundo vivió siglos sin que esas cosas se hubieran inventado y nadie las echaba de menos”.
En una entrevista, don Héctor Aguilar Camín habló sobre una de sus “debilidades” como escritor y era que adjetivaba de más. Incluso dijo: “los adjetivos son cosas que como el alcohol, solo se deben ingerir en medidas adecuadas”. Al leer esa confesión, salto a la cabeza aquella anécdota que sucede entre don Julio Scherer y Gabriel García Márquez en dónde el segundo le dice al primero que “no abuse de los adjetivos, porque alguien, a sus espaldas, los ira recogiendo y algún día se los tirará en el rostro”. Don Héctor esta de acuerdo y agrega:
 
García Márquez tiene razón en esto. Como en casi todo lo que dijo sobre la carpintería del oficio literario. Los adjetivos son la gloria y el infierno del idioma. Hay que ir a ellos con desconfianza, usar los menos posibles. Si yo tuviera un taller de escritores empezaría por hacerlos escribir sin adjetivos. Luego, les dejaría usar sólo los que ayudan a describir las cosas por sus propiedades sensoriales: forma, olor, color, sabor, sonido. Había una mesa redonda y roja, por ejemplo. Quedarían prohibidos para siempre los que califican positiva o negativamente los objetos. Por ejemplo: había una mesa elegante o había una mesa horrorosa. La mayor trampa adjetival es la que entrega un juicio en vez de una descripción, la que empieza por las conclusiones. Por ejemplo: Era una mujer bellísima. Este superlativo lejos de mostrar la belleza, la suple y la oculta, ahorra la descripción de la mujer, de su pelo, de sus brazos, de sus ojos, de todo lo que el lector tendría que ver para llegar por si mismo a la conclusión: “Esta mujer es bellísima”. Si yo pudiera reescribir mi obra lo haría quitando adjetivos.


La charla termina, las palabras se despiden. Al final una sola queda, paciente, esperando su turno, observándolo todo: Dios. “Pienso muchas cosas sobre y de Dios, explica el doctor Aguilar Camín, pero no creo ninguna. No soy hombre de fe religiosa”.