miércoles, 6 de mayo de 2015

Escritores. Héctor Aguilar Camín

De la historia a la literatura
Por Abraham Gorostieta.

Se puede estar de acuerdo con él o no, lo que no se puede regatear es que el doctor Aguilar Camín es un intelectual notable. Sus ideas, ya sean habladas en diplomados o platicas, escritas en revistas o diarios, o dibujadas en libros, generan pasiones. No hay matices. Congregante de talentos académicos, literarios y plásticos, gusta poner sobre la mesa los grandes temas nacionales a debate. Director de la revista Nexos durante 24 años –de 1982 a 1996 y 2005 a 2015-, concede una entrevista en su oficina.
El doctor Aguilar Camín es alto, de voz ronca y sonrisa dibujada –al lápiz, pareciera- siempre en el rostro. Su abuelo materno, don Manuel Camín, fue un asturiano que se vino con su esposa doña Josefa García a probar suerte en América. Llegaron a Cuba en 1914, dónde nacieron Emma y Luisa, madre y tía, respectivamente. Migraron a México y se estacionaron en Chetumal. Su última novela  versa sobre su propio pasado.
El escritor Carlos Fuentes decía que Milan Kundera “ha propuesto a la novela como el sitio de referencia para presentar al ser humano como problema”, a propósito del escritor de origen checo quien decía que “todo hombre o personaje esta cifrado en unas cuantas palabras básicas alrededor de las cuales gira su vida”, preguntamos a don Héctor tres: Madre, infancia, terruño. Su oficina pronto se inunda de olor a café. La charla, desde el arranque, arranca:
“No me gusta la palabra terruño, explica el doctor Aguilar Camín. Cuando el lugareño crece o se muda temprano a la ciudad, como fue mi caso, a los nueve años, la tierra natal empieza a verse chica. Entonces aparece la palabra terruño. Tiene un toque entre avergonzado y condescendiente. Luego el terruño crece. Entre más años pasan, más grande es el terruño dentro de nosotros.  El historiador de los terruños mexicanos, Luis González, bautizó la historia que se ocupa de ellos como historia matria: la historia del lado de la madre, del origen. Es la historia opuesta de la historia patria, la que crece del lado del padre, del pleito con el mundo y su conquista. Todos debemos de salir al mundo con la espada del padre, pero todos terminamos, como Ulises, tratando de volver al terruño después de la guerra. Descubrimos entonces que el terruño no es un lugar físico, sino un lugar del alma, de la memoria: el lugar de la infancia y la madre”.
Su oficina tiene un par de amplios libreros, una mirada minuciosa permite leer títulos que simplemente se antojan. Los únicos lugares dónde uno realmente toma conciencia de que se es pobre son en las librerías. Entonces la siguiente palabra se asoma: libros (su obra hecha). El doctor Aguilar está cómodo en su sillón negro de piel. Piensa por un momento y responde: “No veo mi obra. Veo libros que fueron saliéndome al paso. No pretendo que se estudien, me basta con que se lean. Y no todos; éste libro o aquel, o algún pasaje. Si fuera poeta me conformaría con haber escrito una línea memorable. Me han propuesto hacer una antología personal de lo que he escrito pero mientras más pienso en ella más recuerdo la anécdota de aquel político que le llevó su discurso al presidente Ruiz Cortines para que le diera su opinión. El presidente le preguntó si podía poner aquel discurso, que tenía seis hojas, en dos. ‘Desde luego’. ‘¿Y en una?’. ‘También’. ‘¿Y en un párrafo?’. ‘Forzándolo mucho señor presidente’. ‘No lo fuerce’, contestó Ruiz Cortines. ‘Suprima también el párrafo. Haga solo un saludo, de ser posible con la mano, y quedara usted muy bien’”, el escritor se sonríe, un poco para sus adentros.
Salta otra palabra, como liebre y se pone ante la vista del historiador: Generación.
“No sé cual es mi lugar en mi generación sólo voy con ella, cada vez más rápido y al mismo lugar. Me siento cada vez más parte de mi generación, más hijo de ella. Es la generación del 68. Me identifico menos con la tragedia de aquel año que con lo que vino después, a saber: la demolición de la herencia de la Revolución Mexicana, la transición a la democracia, el fin del nacionalismo revolucionario. Si algo da coherencia a los afanes colectivos de mi generación, desde la izquierda y desde la derecha, en las costumbres y en la política, en las emociones y en las ideas, es la pasión de sacudir la historia heredada, desafiar la hegemonía del PRI, terminar con el monologo oficial y la autocomplacencia política”. Suena el teléfono de su oficina, toma la llamada. La luz del sol que entra por su amplio ventanal le pega de frente. Momento para una fotografía.

El Historiador

Escribió Octavio Paz que Alfonso Reyes no era sólo un escritor sino una literatura. Escribió Enrique Krauze que don Luis González y González no era un historiador sino una historiografía. Hay mucho de cierto en esa afirmación. Don Luis, Luisito, no agotó el oficio de historiar en la escritura de libros. Alumno de los transterrados españoles como Gaos, Iglesia, Miranda, de los mexicanos Zavala, O’Gorman y de los franceses como Febvre, Bataillon, Chevalier, don Luis fue maestro de generaciones de historiadores en México. Miembro activo de El Colegio de México y fundador de El Colegio de Michoacán, su quehacer como docente fue incansable. Su tratado Sobre el oficio del historiador es lectura obligada para todo estudiante de Historia. Esas tres últimas palabras son las que responde don Héctor Aguilar:

Estudié Historia por razones alimenticias. Había la posibilidad de obtener una beca para estudiar el doctorado en El Colegio de México. Habían abierto una convocatoria al doctorado para gente que nunca hubiese estudiado historia. Así llegamos a aquella generación de El Colegio gente que antes había estudiado contabilidad (Estela Zavala), economía (Álvaro López Miramontes), ingeniería (Enrique Krauze), teología (Primitivo Rodríguez) y comunicación (yo mismo). El colegio de México estaba entonces en la calle de Guanajuato, junto a la Plaza Ajusco, en la colonia Roma. Yo vivía a sólo unas calles, frente al Parque México en la colonia Condesa. La beca del Colegio de México alcanzaba para lo básico, que entonces incluía una botella de ron cuando acababa la semana.

Desde entonces, don Héctor ha combinado tres oficios: Historiador, escritor, periodista.  “He escrito un solo libro como historiador profesional, La frontera nómada. Sonora y la Revolución mexicana, y muchos ensayos de historiador diletante”, confiesa el autor del libro Morir en el Golfo. “Quizá reúna los ensayos en un volumen. Quizá no. He vuelto a leer La frontera nómada para una reedición. Compruebo que no hay nada tan poderoso y fresco como la materia histórica que viene de los archivos, eso que los historiadores llaman fuentes primarias. Lo demás es filosofía o diletancia. Luego de La frontera nómada yo he sido mas un diletante de la historia que un historiador”, dice y sorbe su café.
Es común que durante la escritura de un libro, el escritor se deje acompañar por otros pares, que, a través de la lectura de sus obras, se reafirmen o rechacen, se rehagan las ideas. Así ocurrió cuando don Héctor elaboraba su última novela sobre su pasado familiar. Edward Gibbon, considerado como el primer historiador moderno, acompañó sus noches de desvelos. De igual forma Lucas Alamán, que además de historiador fue naturalista, escritor, político y hombre de negocios.
El doctor Aguilar Camín exterioriza:

Recientemente, otra vez, a Luis González y González, mi maestro en El Colegio de México. He llegado a la conclusión de que es el mejor historiador que ha tenido México, porque es el que ha cubierto todas las épocas y el que mejor ha escrito. He gozado a Braudel, a O’Gorman, a Cosío Villegas, a John Womack, a Jean Meyer, a Friedrich Katz, a Enrique Florescano, al Octavio Paz de Sor Juana o las trampas de la fe y al Carlos Fuentes de El espejo enterrado. También a otro no historiador, sino sociólogo, Fernando Escalante Gonzalbo, autor de un libro histórico: Ciudadanos imaginarios. En la colindancia generacional con Escalante, Mauricio Tenorio, lo que Cortázar llamaría un cronopio de la disciplina histórica. Mi última adicción es Claudio Lomnitz, un antropólogo que ha escrito una recreación total de la vida de los hermanos Flores Magón. Antes de Lomnitz, Antonio García León, que hizo con el Golfo de Veracruz lo que Braduel con el Mediterráneo.

De joven fue un lector de Carlos Marx y Engels. Mas no fue seducido por los postulados del marxismo, sin embargo reconoce: “Marx es un gigantesco escritor. Lo mismo Freud. Me he perdido a Pierre Villar y he rechazado a Althousser en todos los órdenes intelectuales, en el del conocimiento y en el del lenguaje, pero no en el de su tragedia personal: despertó de un trance psiquiátrico una mañana y había ahorcado a su mujer. Su relato de ese momento me estremeció, me reconcilió con su vida, no con su obra”.
            Alumno también de ese otro gigante de la docencia historiográfica: don Miguel León Portilla, quien lo introdujo al mundo de la historia prehispánica en el Colegio de México. El doctor León Portilla es un historiador querido por todos. No importa si es un aula o la plaza de un mercado o parque, donde don Miguel imparta cátedra siempre se abarrota. Puede ser que el gusto por la Historia y la docencia lo haya heredado de su tío, don Manuel Gamio, padre de la Antropología mexicana o también, de su otro tío, don Manuel Gutiérrez Nájera, iniciador del movimiento modernista en México. Aguilar Camín extrae de su memoria el siguiente recuerdo:

Una clase suya fue memorable para mí. Nos presentó la figura de Tlacaelel, el poder tras el trono azteca, y describió la forma en que Tlacaelel dispuso que los notables mexicas eligieran al Tlatoani, la forma secreta pero negociada en que los tlatoanis eran elegidos. Mientras León Portilla describía los ritos de la sucesión azteca, uno iba escuchando en parte los ritos del PRI de aquella época (1970). Fue una clase de historia viva.

La Cristiada –escribió Christopher Domínguez Michael- es de aquellas obras que aparecen muy ocasionalmente en la historia de la historia y se convierten en episodios, casi milagrosos, de restitución. Jean Meyer, el autor de la obra y alumno –también- de don Luis González, registró el origen, el fragor y las consecuencias de una guerra civil que duró 7 años y que costó la vida de 250 mil personas. Jean Meyer, Juanito, como le dicen sus amigos, entre ellos el doctor Aguilar Camín, ha sido fiel y congruente, a través de sus libros, a sus maestros: el trascendental Fernand Braudel, el incansable Pierre Chaunu, el coleccionista de historias matrias, don Luis González y el cronista de las cruzadas Steven Runciman. El autor de La guerra de Galio rememora:

Yo empecé a dudar de la versión liberal jacobina de la historia de México, después de leer La Cristiada de Jean Meyer. Particularmente, luego de escuchar, de un gran intelectual universitario, que la impresionante reconstrucción de Meyer de aquella guerra civil, una guerra civil no reconocida de nuestra historia, era fruto de una visión clerical. Las anteojeras jacobinas nos impedían ver el enorme hecho político, militar y religioso de La Cristiada. Jean Meyer lo hizo visible, al menos para mí, y con eso hizo visible otra verdad como un muro, que liberales y jacobinos ignoran con ceguera clerical: la catolicidad histórica del pueblo de México.

Friedrich Katz fue un imprescindible del estudio de la Historia en México. Llega a nuestro país debido a la persecución hacia los judíos europeos cuando tenía 13 años de edad, su padre, Lieb Katz fue un periodista y escritor comunista austriaco. El doctor Lieb, opositor socialista a la Primera Guerra Mundial, manifestante activo en la gran huelga general de Viena en 1918 cambió su nombre al de Leo. Perseguido por los nazis huyó a Francia. Militante activo, ayudó a la República Española introduciendo armas. En 1938 es expulsado de ese país y llega a Estados Unidos donde le fue negada la residencia y la familia se traslada a México donde la administración de Lázaro Cárdenas les da asilo. La formación del niño Katz radica en los constantes exilios, el comunismo, el judaísmo, el aprendizaje de nuevas historias y distintos lenguajes.
Antropólogo e historiador, Friedrich Katz se cultivó en distintas universidades. A finales de los 40 regresa a Austria, donde vivían sus padres. Se doctoró y se afilia al partido comunista. Vive 20 años allá, en Austria, Alemania Democrática y Francia. La experiencia de la vida lo convence de que el socialismo no era una realidad en la Europa Oriental. En 1968 criticó la invasión soviética a Checoslovaquia. Promotor del socialismo con rostro humano, siguió la huella de Ernest Fischer.
De regreso al continente americano en 1970, Katz escribe una serie de ensayos y libros; obra fundamental para entender el pasado de México. Amigo cercano de Katz fue el doctor Aguilar Camín. Nostálgico recuerda una anécdota con él:

Con motivo de una reunión de historiadores en la Universidad de Chicago, donde Friderich Katz era profesor celebérrimo, el historiador, que también era un hombre sencillo y hospitalario, fue a recogerme al aeropuerto en su coche. En el camino de regreso a la universidad equivocó una salida del freeway y fue a dar al corazón del guetto negro de Chicago, que colinda con la Universidad. Naturalmente, Katz desconocía las calles del guetto y, de pronto, estaba perdido. Yo entendí lo que era la verdadera tensión racial, y su proximidad con la violencia, en el nerviosismo de Katz. No hacía lo lógico como chofer extraviado: detenerse y preguntar. Daba vueltas buscando la salida por ensayo y error. Las miradas que recibíamos de los grupos de hombres y muchachos del guetto cuando pasábamos en el automóvil frente a ellos no invitaba precisamente a detenerse. Algunos saltaban a la calle cuando pasábamos para increparnos, supongo que por el hecho intolerable de que estuviéramos hollando su territorio. Nunca he tenido tanto miedo a bordo de un coche.

Durante el recuento de sus memorias con La Historia, tres palabras se asomaron constantemente: Historia, biografía, libros. Pronto, don Héctor da tres respuestas: “Creo que era Karl Kraus el que decía: ‘La Historia es el arte de dar sentido a lo que no tiene sentido’. Los biógrafos suelen ser verdugos vestidos de aliados. Los libros son el único lugar donde puede conversarse largamente con los muertos”.

El periodista

Desde muy joven era un personaje muy reconocido. En la década de los ochenta, don Manuel Becerra Acosta, director y fundador del periódico Unomásuno, cuando hablaba del historiador Aguilar Camín, se refería al “exégeta”. Lo hacia con el ánimo de reconocerlo como el mejor interprete de la política mexicana. El también periodista nos narra: “Manuel Becerra Acosta vive en una estela nostálgica y amistosa de mi memoria, pese a que terminamos en un pleito cerval. Tengo nostalgias de aquellos años, en particular del año 1978 que fue el de mi inmersión en el Unomásuno, el diario que Becerra fundó. Este año, 1978, es un año clave para mí. Es el año en que conocí el diarismo. El año en que conocí y empecé a vivir con Ángeles Mastretta, el año en que empezó a circular la revista Nexos”.
Héctor Aguilar Camín se define como un “socialista liberal”, a la “manera de Manuel Azaña, ‘socialista a fuerza de liberal’”. Otra palabra se asoma y es, Prensa: “creo muy importante el papel de la prensa, citando a Alexis de Tocqueville ‘mas por los males que evita que por los bienes que procura’. No sé de mejor consigna para una prensa libre que la que le oí una vez a Juan Luis Cebrián, fundador de El País. Los diarios, dijo, deben ser dogmáticos con los hechos y liberales con las opiniones”. Se detiene un poco y contextualiza: “creo que no hay que respetar las opiniones, sino a las personas, y a los hechos. Es sospechosa la prensa que insulta y calla sus fuentes”.
El historiador va por su segunda taza de café, un espresso, cortado. Tiene tres palabras más sobre la mesa que después de un sorbo las toma y abunda en el significado que él les da: Vida, obra, muerte. “Sobre la vida, me parece buena la pregunta de Paz: “la vida, ¿Cuándo fue de veras nuestra? Sobre la obra, esto, de Renato Leduc: ‘No haremos obra perdurable, no tenemos, de la mosca, la voluntad tenaz’. Sobre la muerte, la arenga de José Gorostiza: ‘Anda, putilla del rubor helado; vámonos al diablo’.”
Una generación que se va apagando, es la suya. Los años pasan y los escritores mueren. El tema de la muerte, la muerte propia es algo que “ocupa mi mente todos los días”, confiesa don Héctor. Otro sorbo a su café y abunda:

Mi maestro Luis González decía que el arco del reconocimiento póstumo tiene veinticinco años. Al morir los autores vigentes en su tiempo, luego de los elogios fúnebres, desaparecen de la atención de sus contemporáneos o disminuyen radicalmente su presencia. El tiempo pasa y sí, pasados veinticinco años, sus obras no regresan a la atención de las nuevas generaciones, entonces la inmortalidad de ese autor es el olvido. Pero si algo sucede y regresan, si sus obras conectan con la sensibilidad de las generaciones que el autor no conoció en vida, entonces lo probable es que su inmortalidad sea un poco más larga y se propague en las generaciones siguientes. Son muy pocos los que saltan el foso del tiempo.

Su sonrisa se hace presente, delgada y perene línea sobre su rostro. Explica: “Las creencias no son para siempre, quién no ha cambiado de creencias en su vida, no ha dejado que la vida entre en él”. La taza de café sobre su plato. El plato y la taza sostenido por don Héctor. Sentado sobre su sillón, enfundado en su chamarra color tabaco, parece una estampa de Hemingway. “Las percepciones cambian mucho con la edad, pero el cambio mayor se da cuando uno entiende que tienes más pasado que futuro”.
Como si las palabras tuviesen voluntad propia, se asoman y al simple contacto, saltan: La vejez:

Envejecer, en el fondo no es mas que una forma de irse poniendo triste. Añadiría que ponerse triste es una manera tímida de invocar a la muerte. Freud, que fue un gran escritor, dijo que en nuestro interior luchan Eros y Tánatos. Eros es el instinto de vida (“pulsión de vida”, traducía mi amigo José María Pérez Gay); Tánatos, el instinto de muerte. Ambos están en nosotros, combaten dentro de nosotros, en los individuos y en las sociedades. La muerte no viene de fuera, viene de adentro, del interior de los individuos y de las sociedades, que la desean. Su sentimiento anticipatorio es la tristeza, la melancolía. Nostalgia de la muerte, decía Xavier Villaurrutia. El hecho es que algo profundo dentro de nosotros quiere la muerte, la busca, y, como se ve, la encuentra siempre. Es el tema subterráneo de mi novela Un soplo en el río, la historia de una pareja unida oscuramente por la pulsión de la muerte.

Entonces no hay remedio. Con el avance férreo de la edad, los recuerdos nos invaden, las añoranzas nos envuelven, nos llenamos de anécdotas y al final nos morimos de tristeza. Don Héctor no esta del todo de acuerdo con esta percepción. Frunce un poco el ceño y explica: “Morimos tristes pero no de tristeza. El envejecimiento es una enfermedad aparte. Se lleva todo, inmisericordiamente. Seca nuestro cuerpo y nuestra mente. Borra, deforma, evapora, es una enfermedad sin cura ni regreso. Bette Davies dijo: ‘Growing old is not for sissies (Envejecer no es para miedosos)’. Pero todos somos miedosos ante la vejez y la muerte”.
Con la mirada perdida en sus adentros el periodista revela: “Me entristece dormir poco. Y pensar en Bette Davies”.

El escritor

Dice Rafael Pérez Gay que Pasado Pendiente es un libro que inaugura un género: La historia conversada. El autor del libro agradece la referencia y con su sonrisa dibujada aclara: “Una de las grandes novelas cortas de Tolstoi, La sonata a Kreutzer, es una historia conversada, es decir, una historia que alguien cuenta durante una conversación con otro. Yo lo que hice fue usar ese mecanismo de las historias conversadas para dar salida a cosas que me habían sucedido, como si dijéramos, a medias, y que requerían, por decir así, una terminación. Si estuviéramos hablando de albañilería, diríamos que esas historias les faltaba el acabado, estaban en obra negra. Las nociones de albañilería, obra negra y acabado le quedan bien al proceso de escribir ficción. Escribir ficción es como construir una casa invisible, una casa de palabras con las propias manos. Flaubert era un albañil talentoso que se martirizaba con la imperfección de sus acabados”.
En la obra del escritor hay un hilo conductor en todos sus personajes; ¿qué tan libre es uno para elegir la vida que uno quiere y desea y cuantas veces uno se pone obstáculos para impedir ese destino? El escritor guarda un silencio momentáneo, junta sus manos y dice:

No creo en el destino como fatalidad, pero si creo que elegimos oscuramente lo que ha de pasarnos. Somos cómplices de nuestro destino, cualquiera que este sea. Este es un tema favorito para mí. Esta en la raíz de la imaginación novelística. O al menos de la imaginación novelística que me interesa. No me interesan las tramas que se resuelven al margen de las emociones de los personajes, por factores externos a ellas. Digamos, mediante muertes accidentales o enfermedades súbitas. A mi me gustan las novelas cuyo desenlace sale de la conducta de los personajes, de sus emociones, de la relación entre la conducta y las emociones, y de estas con su entorno. Madame Bovary no sólo se suicida, teje paso a paso la red para la que no encontrará después otra salida que quitarse la vida. Esta es la esencia de la imaginación novelística: cada personaje resulta de alguna manera cómplice de los que sucede, todos son reos de sus actos, responsables de su destino.

La vida es corta, pero bien alcanza para hacer todo. Si ese todo excluye las autobiografías:

No me interesa escribir mis memorias. No, me atrae la idea de recordar historias que podrían volverse novelas o relatos. De mi paso por el diario Unomásuno recuerdo, por ejemplo, a un exiliado guatemalteco. Escribía los editoriales internacionales del diario, sin firma, con el tema que yo le pedía. Era mi trabajo encargar y corregir los editoriales de la casa, los no firmados. Este hombre acepta sin chistar los temas y las ideas que yo le daba. Traía luego un texto con lo que él pensaba, normalmente distinto y mejor, de lo que yo sugería. Se llamaba José Manuel Fortuny. No supe bien quien era sino el año pasado en que leí la historia de Piero Gleijeses sobre el golpe de estado contra el gobierno de Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954. Fue el primer golpe de estado inducido por la CIA en América Latina. Un golpe contra los comunistas que, según la CIA, eran dueños del gobierno de Arbenz. Fortuny era el secretario del Partido Comunista de Guatemala en ese tiempo y el amigo mas cercano y, el asesor más escuchado de Arbenz. Un hijo mayor, con toda la barba, de la historia centroamericana. Bueno, quisiera echar atrás el tiempo y ponerme a conversar con Fortuny, escribir con su relato una historia conversada. Preguntarle si conoció a otro exiliado guatemalteco. Era un militar que había desertado del ejército para hacerse guerrillero. Vivió un tiempo como huésped en mi casa de la colonia Condesa, esperando el momento de regresar. Mi hermano, Luis Miguel hizo una gran semblanza de él. Años después vino su esposa a contar que lo habían matado. Como se ve, dos historias sin acabar.

Ahí están, saludando, dos palabras más que se introducen, como si fuesen un par de amigos que se agregan a una charla: el amor y la amistad. El escritor, nuevamente, dibujada su sonrisa en una sola línea expresa: “El amor es Ángeles. Vivir con Ángeles Mastretta es la mejor cosa que me ha pasado en la vida. Y me pasa todos los días. La amistad es el amor sin erotismo. También es lo que dice el filósofo español George Santayana: ‘La unión de una parte de la mente de alguien con una parte de la mente de otro. La gente es amiga por segmentos’”.
Dice Cicerón que “la vida de los muertos esta en la memoria de los vivos”. El historiador Aguilar Camín –uno de los cercanísimos amigos de Carlos Fuentes-  ha cultivado en su memoria la vida del escritor mexicano. Para él, Carlos Fuentes “es, la encarnación de una época que se esta yendo con él. El mayor escritor de México y uno de los mayores de la lengua española. El último de éstos grandes intelectuales como ‘al estilo’ de Víctor Hugo que tenían credibilidad para hablar a nombre de una sociedad, para conmoverla, para establecer puntos de referencia de la opinión pública. Ésta es parte de la época que se fue con Carlos Fuentes”. Y pronto traza una anécdota:  

A los veinte años Carlos Fuentes era un joven suelto y reventado. Descubría la ciudad de México y sus placeres. Pasaba los días en dispendios, durmiendo de día y viviendo de noche. Su padre, diplomático serio, preocupado por su primogénito, lo reconvenía una y otra vez, instándolo a terminar la carrera de leyes, a conseguir un trabajo, a preparar su futuro. Una noche el joven fuentes bajo arrastrándose de un taxi frente a a puerta de su casa, ante la mirada de su padre. Al día siguiente fue citado a comparecer en el tribunal de su padre quien le dijo “Qué lástima. Has terminado en fracaso”. Son las palabras menos proféticas que un padre haya pronunciado sobre un hijo. Ni su padre ni Fuentes lo sabían pero aquellos días sin huella, inaceptables para el padre, el hijo recogía los materiales que vertería de forma torrencial en La región más transparente.

Cuenta el historiador Aguilar Camín sobre la muerte de los grandes personajes: “Hay una cita que me gusta pero ya no recuerdo de dónde la tome... ‘Los héroes de la antigüedad pedían a los dioses una vida larga o corta pero una muerte rápida’. Carlos Fuentes tuvo una muerte rápida pero una vida plena.
Otro de sus grandes amigos fue el cronista Carlos Monsiváis, de él, el historiador cuenta: “Monsiváis fue un escritor torrencial siendo por naturaleza un aforista, y un hombre de una enorme vida secreta, siendo el más público o el más visible de los escritores mexicanos. Fue un verdadero heterodoxo, un escritor que se instaló precozmente en la corriente torrencial de la cultura mexicana en ejercicio de su triple marginalidad: social, sexual y religiosa. Hijo del oficio periodístico y de la imaginación literaria. Fue un genio barroco en la piel de un cronista del cambio”. Y también nos regala una anécdota:

Yo conocí a una periodista llamada Ángeles Mastretta en una fiesta de cumpleaños de Carlos Monsiváis, en el mes de febrero de 1978. Cinco meses después, en julio, Ángeles y yo empezamos a vivir juntos. Y hasta ahora. La fiesta fue en un departamento que Monsiváis tenía en la Zona Rosa, en una privada de la calle Hamburgo. Hubo algo de fatalidad en el desenlace amoroso que tuvo el encuentro: Ángeles y yo éramos los únicos heterosexuales del festejo.

Amigo muy cercano también de don José Emilio Pacheco, el historiador explica: “Fue un editor exigente y cuidadoso de si mismo. Al mismo tiempo un escritor torrencial de colaboraciones periodísticas y el maestro involuntario de varias generaciones de lectores que aprendieron en sus columnas de diarios y revistas lo que es imposible aprender en el aula o en otros autores”. Y nuevamente, concede una anécdota más:

Creo que hay tres prolíficos autores llamados José Emilio Pacheco. Uno es el que ha publicado en forma de cuidadosos, y revisados, libros. Otro es el que no ha sido puesto en libros y esta esperando quien lo recoja en los periódicos, revistas y suplementos dónde JEP publicó, inagotablemente, algunas de las mejores cosas que escribió: crónicas, efemérides, historias. Registros periodísticos que, en su caso, eran solo otra forma de la concisión y la excelencia literaria. Creo que hay un tercer José Emilio, apabullante, totalmente inédito, que esta por salir a la luz. Es el escritor de su diario. Le dije alguna vez cuando iba a empezar a publicarlo, él, que había sido editor excepcional del Diario de Federico Gamboa. Se lo dije como dando por descontado el hecho de que escribía un diario. Me dijo que no tenía nada, que no había escrito diarios. Le pregunte un día a su hija Laura Emilia: “¿De veras tu papá no llevaba diarios?”. Se rio y corrió la mano frente a mi de un lado a otro diciendo: “Paredes de diarios”.

Como escritor, frecuenta sus propios autores consentidos, autores que guían su pluma, y de vez en cuando le proporcionan un consejo, don Héctor manifiesta quiénes son “cada vez los más austeros, los Chejov. Cada vez menos los abundantes, los Rabelais”.
Hay veces que la escritura de un libro no es más que el terco deseo de corregir al mundo para que se ajuste a nuestros anhelos.  El autor de La conspiración de la fortuna, responde: “Es la obsesión de la literatura: añadir historias al mundo, corregirlo, crear mundos ficticios a la medida de los deseos y las necesidades del autor. Hay soberbia en pretender que se añade algo al mundo. Individualmente esa pretensión no significa mucho, pero colectivamente es lo que define a la especie humana. La especie humana es la única capaz de añadir a la naturaleza cosas que no existen en ella: la rueda, la agricultura, El Quijote. Es imposible imaginar el mundo sin El Quijote o sin la agricultura, pero en realidad es que el mundo vivió siglos sin que esas cosas se hubieran inventado y nadie las echaba de menos”.
En una entrevista, don Héctor Aguilar Camín habló sobre una de sus “debilidades” como escritor y era que adjetivaba de más. Incluso dijo: “los adjetivos son cosas que como el alcohol, solo se deben ingerir en medidas adecuadas”. Al leer esa confesión, salto a la cabeza aquella anécdota que sucede entre don Julio Scherer y Gabriel García Márquez en dónde el segundo le dice al primero que “no abuse de los adjetivos, porque alguien, a sus espaldas, los ira recogiendo y algún día se los tirará en el rostro”. Don Héctor esta de acuerdo y agrega:
 
García Márquez tiene razón en esto. Como en casi todo lo que dijo sobre la carpintería del oficio literario. Los adjetivos son la gloria y el infierno del idioma. Hay que ir a ellos con desconfianza, usar los menos posibles. Si yo tuviera un taller de escritores empezaría por hacerlos escribir sin adjetivos. Luego, les dejaría usar sólo los que ayudan a describir las cosas por sus propiedades sensoriales: forma, olor, color, sabor, sonido. Había una mesa redonda y roja, por ejemplo. Quedarían prohibidos para siempre los que califican positiva o negativamente los objetos. Por ejemplo: había una mesa elegante o había una mesa horrorosa. La mayor trampa adjetival es la que entrega un juicio en vez de una descripción, la que empieza por las conclusiones. Por ejemplo: Era una mujer bellísima. Este superlativo lejos de mostrar la belleza, la suple y la oculta, ahorra la descripción de la mujer, de su pelo, de sus brazos, de sus ojos, de todo lo que el lector tendría que ver para llegar por si mismo a la conclusión: “Esta mujer es bellísima”. Si yo pudiera reescribir mi obra lo haría quitando adjetivos.


La charla termina, las palabras se despiden. Al final una sola queda, paciente, esperando su turno, observándolo todo: Dios. “Pienso muchas cosas sobre y de Dios, explica el doctor Aguilar Camín, pero no creo ninguna. No soy hombre de fe religiosa”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario