viernes, 3 de abril de 2015

Periodistas. Héctor Aguilar Camín


Héctor Aguilar Camín, periodista.
Abraham Gorostieta

Héctor Aguilar Camín es, a base de esfuerzo propio, un intelectual importante, muy importante en México. Renuente a las entrevistas, pide las preguntas siempre por escrito. “No me gusta que me graben, pues tendríamos mucho trabajo de edición después”, dijo El Doctor, como todos en la redacción de la revista Nexos le llaman.
El historiador Jorge F. Hernández se refiere a él como “Aguilar Camus”, y pronto aclara “es muy brillante, fuimos juntos alumnos de Luis González, pero ahora hay que decirle así: Aguilar Camus, casi premio Nobel”. “Ah, vas a entrevistar a Aguilar Mamín”, dice jocosamente Jorge G. Castañeda, uno de los más cercanos amigos de don Héctor “Tiene una claridad asombrosa sobre todos los temas”, termina su comentario el ex canciller mexicano.

El exégeta

Desde muy joven era un personaje muy reconocido. En la década de los ochenta, don Manuel Becerra Acosta, director y fundador del periódico Unomásuno, cuando hablaba del historiador Aguilar Camín, se refería al “exégeta”. Lo hacía con el ánimo de reconocerlo como el mejor intérprete de la política mexicana[1]. Aguilar Camín estuvo en desde los primeros meses del legendario Unomásuno, donde era el asesor de la dirección, hasta el 2 de diciembre de 1983, cuando fue cesado y abandonó junto con Miguel Ángel Granados Chapa, Carmen Lira, Carlos Payán y Humberto Mussachio, la dirección del diario.
El diario Unomásuno nació como un proyecto cooperativo, con una participación mayoritaria del director, Manuel Becerra Acosta. Esto último, que era provisional, se volvió real y en el momento del conflicto, don Manuel poseía ya 60% de las acciones. A la renuncia del gerente general, Alberto Konik, se descubrió una administración desastrosa.
La amistad entre don Manuel y don Héctor no se rompió, pero si se enfrió. Con los años el propio Becerra Acosta deja acaso una sola línea a la amistad que lo une con el historiador, al que se refiere como “mi amigo Aguilar Camín”[2].
Toma asiento en su pequeño sillón de piel negra. Sobre el muro del fondo, una caricatura está enmarcada. Se adivinan las figuras de Slim, María Félix, Monsiváis, entre otros personajes de la vida cultural y política mexicana. Unos son retratados con afecto, otros, con sorna, como Martha Sahagún y el ex presidente Fox. El dibujo lo hizo el escritor Carlos Fuentes en Cartagenas de Indias, Colombia. Lo hizo sobre el mantel de papel de un restaurante. Cuando lo terminó y pagaron la cuenta, el historiador rompió el trozo de mantel pintado y se lo llevó. Aguilar Camín, orgulloso cuenta el origen del dibujo. Con café en mano, cierra los ojos y rememora:

Manuel Becerra Acosta vive en una estela nostálgica y amistosa de mi memoria, pese a que terminamos en un pleito cerval. Tengo nostalgias de aquellos años, en particular del año 1978 que fue el de mi inmersión en el Unomásuno, el diario que Becerra fundó. Este año, 1978, es un año clave para mí. Es el año en que conocí el diarismo. El año en que conocí y empecé a vivir con Ángeles Mastretta, el año en que empezó a circular la revista Nexos.

Al diario lo invita a colaborar el propio don Manuel por inducción de Hugo Hiriart. Para el historiador es claro el papel que jugó el polémico decano periodista y lo que le debe el periodismo a don Manuel: “Le debe la existencia del primer periódico que encarnó el espíritu de la moderna democracia mexicana. Ese periódico fue el Unomásuno, la expresión independiente más inspiradora del entorno de la primera reforma política de la era del PRI, la de 1978”, explica el autor de La Guerra de Galio, sorbe un poco su humeante café y continúa:

Manuel Becerra Acosta fue un jeroglífico para mí. Un jeroglífico inspirador y magnético, hay que decirlo. Para empezar había dos Manueles: el que estaba sobrio y el que no. El primero era siempre inteligente, equilibrado y con chispazos resplandecientes. El segundo, tenía varias fases. Cuando empezaba a beber era una fiesta de inteligencia y penetración. Cuando había bebido mucho era un demonio impredecible. Me mostro un día una dedicatoria que Octavio Paz le puso en una edición de El laberinto de la Soledad. Decía: “Para Manuel, el otro Laberinto”.

Cómo asesor de la dirección, Aguilar Camín, tuvo grandes momentos en el diario Unomásuno. Fue él quien llevo la columna Plaza Pública al diario. El trato se cerró en una cena en la casa del historiador entre Granados Chapa y Becerra Acosta, a partir de entonces don Miguel Ángel entró de lleno al diario[3].
Al salir del Unomásuno pronto se da a la tarea de fundar La Jornada con sus compañeros, periodistas y escritores que salieron de la cooperativa. En el Hotel María Isabel, el 29 de febrero de 1984 se anunció públicamente la aparición de La Jornada. Los pormenores del proyecto los dieron don Pablo González Casanova, Carlos Payán y Héctor Aguilar Camín. Este último explicó: “queremos una empresa de capital atomizado y democrático. Lo más atomizado y democrático que nos sea posible. Una empresa constituida  por una gran cantidad de pequeños inversionistas que crean en la necesidad de construir, juntos, el instrumento de comunicación que desean y necesitan”[4].
Pero al igual que el caso del Unomásuno, La Jornada se quebró y de sus fundadores, salieron varios escritores y periodistas de ese diario. A años de distancia y con la cabeza mucho más fría, el escritor reflexiona:

La Jornada terminó siendo un periódico de trinchera. En muchos sentidos, un diario de partido, con un núcleo directivo de dureza leninista, pese a sus coqueteos con la pluralidad. El Unomásuno fue un periódico más plural, siempre dentro del entorno de la izquierda. La verdad, me parece ahora, es que al escindirnos de Unomásuno destruimos un buen periódico para hacer dos regulares.

Amistades

Héctor Aguilar Camín ha estado en el ajo de la vida cultural mexicana durante los últimos 45 años. Amigo de importantes historiadores, célebres escritores, periodistas únicos, artistas plásticos inigualables. Uno de los grandes amigos del escritor fue don Fernando Benítez, el gran promotor cultural que fundo diarios y sobretodo, secciones culturales donde convergían lo que con los años, fueron las grandes letras nacionales. Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Ricardo Garibay, Jorge Ibargüengoitia, y un largo etcétera encontraron en los suplementos que don Fernando dirigía, espacio y aliento para seguir continuando con su tarea.
Poco a poco, Benítez, escritor él también, fue sumando a más y más talentosos jóvenes escritores en sus suplementos, como quien se llena de hijos. A este grupo se le llegó conocer como La Mafia, cómo el propio Benítez lo reconocía. El encuentro entre Héctor Aguilar Camín y Fernando Benítez se da en el diario Unomásuno, cuando el segundo era director del suplemento Sábado, uno de los mejores suplementos culturales del México contemporáneo.
Talentoso, con ingenio y mucha fuerza, don Fernando Benítez era también muy singular. A todos los que se le acercaran los llamaba “hermanito”. En la primera semana de febrero de 2010 el suplemento cultural del diario Milenio, Laberinto, hizo un breve pero sentido esbozo de la figura de Fernando Benítez. Algunas estampas que nos pueden acercar al legendario Benítez son: Su viuda, Georgina Conde pone lo esencial: “Siempre estaba contento, como si estuviese jugando. No se guardaba nada, ni siquiera los secretos”[5]. Lo recuerda su coeditor de La Jornada Semanal, Fernando Solana Olivares: “Iba tan elegante como siempre con un traje azul marino cortado a la medida –luego presumiría de su sastre, el mismo que había vestido al rey de España y, era cierto, una camisa albísima de puños y cuellos almidonados, y una corbata de seda delicadamente verde con lascas moradas como si fuera una textura de Monet”[6].
El escritor Carlos Fuentes rememoró en su columna de Reforma a don Fernando: “ser amigo de Benítez era una aventura, a veces procurada por él mismo. La revista Siempre! nos pagaba cada sábado doscientos pesos por colaboración, doscientos pesos en billetes de un peso. Esto provocaba indignación y risa en Benítez. Los doscientos pesos de a peso demandaban ser gastados cuanto antes. Benítez, conduciendo su BMW, arrancaba a 200 kilómetros por hora. Lo perseguía la Policía motorizada. Lo detenían. Fernando tomaba un puñado de billetes y los arrojaba a la calle. Los ‘mordelones’, a su vez, se arrojaban sobre la billetiza olvidando a Benítez. Este arrancaba, exclamando: -¡miserables!- y repetía la provocación hasta que se acababan los billetes. Manejaba a altas velocidades ese BMW que hacía apenas una hora para llegar a Tonantzintla, donde Fernando se encerraba a escribir sus libros en un ambiente conventual donde la única distracción era mirar de noche a las estrellas en el observatorio dirigido por Guillermo Haro. Allí escribí buena parte de La muerte de Artemio Cruz. De vez en cuando, caían visitas -Agustín Yáñez, Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea- pero Tonantzintla era centro de trabajo, disciplina y silencio”[7].
Para el historiador, Aguilar Camín, Benítez, es el personaje menos recordado y de mayor influencia de la vida cultural mexicana, o del periodismo cultural mexicano de la segunda mitad del siglo XX. Y pronto narra una anécdota, una estampa que nos acerque más a don Fernando, va por su segunda taza de café y habla:

Recuerdo su narración de cómo, devorado por los celos, embistió un día con el coche la cochera de la casa de un amante, cuya infidelidad sospechaba. Y sus largas parrafadas de amor por María Izquierdo proferidas desde un balcón hacia la Luna. También su petición a la enfermera que iba a ponerle una sonda en la uretra: “Piedad, amiga mía, para este pájarito, que en tan alegres jaulas ha cantado”. Benítez era un juglar de la cultura, una fiesta de historias y ocurrencias.

Amigo muy cercano, también, de don Manuel Buendía (Aguilar Camín fue miembro de la cofradía El Ateneo de Angangueo de don Manuel), el escritor de Morir en el Golfo recuerda a su amigo así:

Manuel Buendía no se sentaba nunca junto a las ventanas de  un restorán. Buscaba siempre tener una pared a la espalda. Tenía razón. Lo mataron por la espalda cuando caminaba una tarde por Insurgentes, cerca de su oficina. Lo velamos esa noche en la agencia Gayosso de Félix Cuevas. A la agencia acudió el entonces director de la Dirección Federal de Seguridad, José Zorrilla Martínez, su compadre y amigo. Venia enfundado en una gabardina, no recuerdo si azul o beige. Cuando se retiró, supimos que había pagado el velorio. Cinco años después, Zorrila fue encarcelado como autor intelectual del homicidio de Buendía.

La novela Morir en el Golfo es una biografía sobre La Quina, pero también se asoman unas estampas, un perfil de don Manuel Buendía. El escritor frunce un poco el ceño. Dibuja una sonrisa en sus labios y con su voz recia aclara: “No hago biografías noveladas. Invento historias y personajes a partir de lo que hay en la realidad. El personaje de Morir en el Golfo, Lázaro Pizarro, está inspirado en algunas crónicas que leí sobre La Quina. Pero no es La Quina. Por eso hice que La Quina apareciera como él mismo en un pasaje de la novela. Creo que no hay una sola anécdota de la vida real de La Quina repetida en Lázaro Pizarro”.
La novela la comenzó a escribir a los 32 años, “un incidente importante en mi vida periodística, ser presidente de La Jornada, me impidió terminarla”[8], ha dicho el escritor. Los personajes y la trama de la novela lo ideó a partir de crónicas y entrevistas de los años ochenta, no conoció lugares como Poza Rica, ni a lideres sindicales, todo vino de su archivo y de recortes de periódicos[9]. El escritor abunda:

Todas las palabras, los lemas, los pensamientos megalómanos de Pizarro, los inventé yo. No así la escenografía del mundo petrolero que llena la novela, sus ciudades ricas y sucias, rodeadas de mecheros y penachos de humo industrial. Los otros personajes de Morir en el Golfo, pertenecen también al ámbito de la ficción. El narrador de la novela, El Negro, esta construido con rasgos de columnistas que conocí, entre ellos Manuel Buendía y León García Soler, pero no corresponde a la vida de ninguno de ellos. La historia de Lázaro Pizarro, el Negro y Anabela Guillaumin no existe ni ha existido en ninguna parte fuera de las páginas de Morir en el Golfo.

Julio Scherer: el distanciamiento.

A don Julio Scherer siempre le gustó rodearse por historiadores. En los tiempos de cuando era director de Excélsior en sus páginas editoriales no faltaron los dardos certeros de don Daniel Cosío Villegas y los aguijones ácidos como los de una avispa de don Gastón García Cantú. Este último lo acompañó en la fundación de Proceso, y en las páginas editoriales de este semanario han desfilados los historiadores más destacados de México: Enrique Krauze, Adolfo Gilly, Lorenzo Meyer, Héctor Aguilar Camín, entre otros.
La amistad de don Julio y Aguilar Camín comienza en los primeros años de la década de los ochenta. De ello da testimonio Ricardo Garibay, quien en 1987 narra un desayuno entre Scherer, Monsiváis, Aguilar Camín y él. “Scherer pide, como siempre, hasta cuatro gigantescos vasos de jugo de naranja, viene de nadar, exhausto, tiene esa frenética costumbre; los otros dos comen con gana… Se diría ¡buen desayuno, gente móvil e informada!, pero resulta más bien tropezoso, porque Scherer es la gravedad. Monsiváis el ingenio y Aguilar Camín la velocidad de los cambios interiores y de los proyectos de vida y desde el arranque arranca:
“(Aguilar Camín): -Hoy aparece mi renuncia a La Jornada.
“Dos o tres semanas antes me había dicho Aguilar Camín que dejaría su subdirección, porque quería entregarse a escribir. Varios libros atorados, pospuestos por el periodismo, le traían maltrecho.
“-Y qué va usted a escribir- pregunta Scherer.
“-Es un tema que me apasiona, o más bien, son dos temas en uno, no sé como ligarlos. Primero: la guerrilla en México, y los guerrilleros, nacen en los setenta y son aniquilados en ese mismo decenio, donde también se da, y este es el segundo tema, la destrucción de Excélsior, uno de los principales diarios del mundo. Yo siento que en estos dos asuntos hay una íntima relación o que obedecen a una sola expresión del poder”[10].
Garibay nos narra como fue que don Héctor decide escribir La guerra de Galio, una de sus novelas más leídas. Sin duda alguna el historiador fue seducido por ese –ya entonces- gran personaje que fue don Julio Scherer. Pronto, el autor explica:

Tampoco hice la biografía de Julio Scherer, hice algo menos complicado y más divertido que eso: inventé un personaje a partir de sus rasgos. Ese personaje es el director del diario La República de La guerra de Galio, Octavio Sala. Creo que fue Proust quien dijo: Dénme un rasgo de carácter y les daré un personaje. El rasgo que me sedujo de Scherer fue su cortesía seductora, desbordante de malicia, elocuencia y dobles intenciones. Me sedujo el encantador de serpientes.

Desde que fue escrita la novela La guerra de Galio, muchos vieron en Octavio Salas a don Julio Scherer. La biógrafa Silvia Cherem hace una entrevista a Vicente Leñero, ahí el dramaturgo explica como fue que don Julio tomó la novela del escritor: “Cuando Aguilar Camín lo publicó, Julio me pidió que se lo contara, pues no pensaba leerlo. Su historia no era calumniosa, simplemente guardaba cierta ironía con respecto a Julio. A Julio no le importó, al contrario, invitó a Aguilar Camín a colaborar en Proceso[11].
El historiador comenzó a laborar en la revista fundada por Scherer hasta el 18 de febrero de 2001. El reportaje, firmado por Antonio Jáquez fue la ruptura. Trataba sobre la cercanía de Héctor Aguilar Camín y el presidente Carlos Salinas. En sus interiores las acusaciones fueron directas: “Llueven favores oficiales sobre Nexos”, apuntó Enrique Krauze, quien también llamó a la revista Nexos “consorcio paraestatal”. Elena Poniatowska sentenciaba: “Dolorosa situación de Aguilar Camín. La ronda al príncipe, degradante y a veces mortal”. En el mismo número de la revista, el historiador se defiende, argumenta que el dinero entregado por el gobierno de Salinas fue para distintas asesorías y estudios, que después se convirtieron en libros publicados por FCE, en dichos libros, viene clara la explicación del financiamiento para su investigación. Nada de esto importó a Scherer. En realidad no había ningún ilícito pero la noticia vista desde un sólo enfoque resultaba escandalosa.
A años de distancia, el escritor reflexiona sobre Julio Scherer:

Había en el medio un dicho que comparaba a José Pagés Llergo, director de la revista Siempre!, con Julio Scherer. Según ese dicho, Pagés era capaz de sacrificar cualquier noticia por un amigo y Scherer a cualquier amigo por una noticia. El periodismo de choque fue la marca profesional de Scherer, luego de que le quitaron y perdió Excélsior, en 1976. Fue la marca de Proceso. Termino siendo, sin embargo, la gran escuela no reconocida del diarismo mexicano. El de Scherer es el género de periodismo que los gringos llaman muckraking (“buscabasura” o “muevebasura”). La grandeza del género es que fundó el periodismo de investigación. Su miseria es que no tiene ojos sino para las zonas oscuras o deleznables de la vida pública.

El escritor se acomoda en su asiento. Enfático sostiene “un periodismo sin el género del muckraking es un periodismo tuerto. El periodismo que es sólo muckraking, también. El diarismo mexicano tiende a ser una mezcla de lo peor de ambos mundos: muckraking sin investigación. Típicamente, la publicación de videos, grabaciones o documentos filtrados anónimamente a los medios para fastidiar a alguien, que los medios reproducen sin investigar las razones del filtrador ni decirlas al público”.
En abril de 2010, sucedió algo insólito en la prensa mexicana, el decano del periodismo, don Julio Scherer aceptó un encuentro con el capo número dos del cártel de Sinaloa, uno de los más buscados y temidos de México, Ismael El Mayo Zambada[12]. El encuentro fue cuestionado y aplaudido por el gremio periodístico. Aguilar Camín, se ocupó del asunto con el siguiente análisis: “¿A cuántos periodistas habrán mandado a matar El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán? ¿A cuántos tendrán sentenciados, amenazados o en la mira? ¿A cuántos habrán silenciado o comprado? No es un asunto que importe en el reporte lírico que hace Scherer de su encuentro… Scherer se ocupa del lado humano. Hace confesar a Zambada que tiene miedo, que vive a salto de mata… Zambada escogió a un vocero periodístico con autoridad. La autoridad del vocero confiere autoridad al que habla, y el que habla, aunque habla poco, reconoce la autoridad de su vocero… El Mayo Zambada escogió a un santón de la prensa mexicana, y el santón fue a su guarida, ‘un lugar no revelado’, derramando adrenalina, valentía, entereza periodística. Qué pena”[13].   
Analista de los medios de comunicación y de la prensa en México, el doctor Raúl Trejo Delarbre comentó que ese trabajo de Scherer le pareció desconcertante, decepcionante y al final, preocupante. “Después de releerlo, me di cuenta de que era un trabajo periodístico bastante insuficiente. No hay justificación periodística a la decisión de Scherer de viajar a entrevistar a uno de los delincuentes más buscados” y sentencia que hizo falta un retrato del delincuente y una postura más crítica ante el narcotraficante[14]”.

Nexos

El talento como cronista de Aguilar Camín fue aplaudido por el escritor Carlos Monsiváis, quien decía que don Héctor en sus crónicas, “multiplica enlaces (del dato histórico al informe subrepticio al fenómeno sociológico) y muestra, de un solo golpe prosístico, los vasos comunicantes entre historia e individuo, líderes y masas, intenciones y ceremonias, voluntad personal y estructuras dominantes. Influido por atmósferas estilísticas como las de Mailer, Aguilar Camín acude indistintamente a la investigación, el retrato político y el impulso lirico”[15]. La relación del historiador con el cronista es vieja y fue duradera. A Aguilar Camín le ha tocado escribir, poco a poco, sobre la partida de sus amigos, una generación mayor que él. Así, en su columna periodística despidió a Friedrich Katz, Jorge Carpizo, Carlos Fuentes, Tabucci, Monsivaís, José Emilio Pacheco. Todos ellos colaboradores de la revista Nexos.
En 1978 nace Nexos, una revista que funda don Enrique Florescano. Nace en una sociedad que dejaba de ser cerrada; nace acompañando a publicaciones (Proceso, Unomásuno, Vuelta) que abrirían los espacios que la sociedad buscaba. Mientras que el semanario fundado por don Julio Scherer y el diario fundado por don Manuel Becerra Acosta se ocupaban de lo periodístico y de la investigación de la noticia y, Vuelta daba un aliento cosmopolita a los mexicanos contemporáneos, Nexos colocaba en la mesa de debates temas necesarios para la modernización del país: El campo, la Reforma electoral, los derechos humanos, el medio ambiente, la democracia. Temas que no estaban en la agenda nacional. Temas abordados desde la academia, que sale de su ámbito restringido y difunde sus hallazgos.
En esta primera etapa, siendo director Florescano, la revista cuenta con colaboradores como los historiadores John Womack y Héctor Aguilar Camín; sociólogos como don Pablo González Casanova y Sergio Zermeño; economistas como don Rolando Cordera y José Blanco, filósofos, escritores, académicos como Carlos Pereyra, Luis Villoro, Arnaldo Córdoba, Adolfo Gilly, Soledad Loaeza, Guillermo Bonfil, Arturo Warman, Rodolfo Stavenhagen, Roger Bartra, Jorge Castañeda, José Woldenberg o Cinna Lomnitz.
En 1982, don Enrique Florescano es designado director del INAH, renuncia a la revista y en su lugar queda Héctor Aguilar Camín como director hasta mayo de 1995. Durante esta gestión, los tirajes de la revista se duplicaron pues de 10 mil ejemplares, pasaron a 21 mil. En el ensayo Conciencia y poder en México. Siglos XIX y XX, de Francisco José Paoli Bolio, se explica que Nexos, bajo la dirección de Aguilar Camín establece un liderazgo que competía con la revista Vuelta. “Aguilar Camín competía en el liderazgo no con Octavio Paz, a quien primero combatió y después manifestó admiración, sino con su grupo y, en particular con su coetáneo Enrique Krauze, segundo de abordo en la última etapa de Vuelta[16], explicaba Paoli Bolio.
Al principio, Aguilar Camín acusa al poeta Octavio Paz de “perpetuar esa tendencia de algunos intelectuales que en su vejez abrazan causas deleznables, como el nazismo de José Vasconcelos, o devienen en viejos decrépitos recubiertos por la moda y la gastronomía millonaria, como le ocurrió a Salvador Novo”[17]. Durante esa primera gestión de Aguilar Camín en la dirección de Nexos se creó la editorial Cal y Arena.
La tercera etapa de la revista es cuando están en la dirección el escritor Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar. Una etapa donde la revista se ocupa de temas más íntimos que tienen que ver con la exploración de la vida privada: la muerte, el sueño, la felicidad, las drogas, el sexo. En esta tercera etapa también puede inscribirse la dirección de la revista en manos de José Woldenberg.
Una cuarta etapa es la que vive actualmente, Nexos regresa a poner en la mesa los temas centrales y fomentar el debate de los grandes retos nacionales. Nuevamente, El Doctor Aguilar Camín es el director. Atrás, muy atrás han quedado los comentarios de que don Héctor “capitaneó un grupo de intelectuales a los que catapulteó a diversos puestos en la burocracia  gracias a su amistad con el entonces presidente Carlos Salinas”, como lo escribió Raúl Cremoux “él mismo, con el talento que le sobra, saltó tanto que muchos de sus antiguos amigos ya no lo volvimos a ver”[18].
Héctor Aguilar Camín se ha terminado su segunda taza de café, recibe una llamada y hace un par más, se deja tomar unas fotos. En su librero, en la oficina de la revista Nexos hay libros excepcionales. Algunos aún en sus envolturas. Con gusto ha repasado brevemente su propia bibliografía. La entrevista está por concluir.

-          El pasado marca nuestros días. La memoria se va perdiendo con los años, pero usted la cultiva en sus libros. Borges decía que uno escribe solo de lo que conoce. En la otra punta del continente, William Burroughs, escribió en sus libros “todo aquí es autobiográfico y todo aquí es ficción”.   
-          La frase de Burroughs podría aplicarse a toda la ficción que he escrito, con una excepción: La provincia perdida. Sonríe el poliédrico escritor.



  

  


        

 

 
  



[1] La Maestra. Vida y hechos de Elba Esther Gordillo. José Martínez. Editorial Océano.
[2] Manuel Becerra Acosta. Periodismo y poder.  Alegría Martínez. Editorial Plaza y Janés.
[3] Granados Chapa. Un periodista en contexto. Humberto Mussachio. Editorial Planeta.
[4] Prensa Vendida. Rafael Rodríguez Castañeda. Editorial Grijalbo.
[5] Laberinto, Milenio diario, febrero de 2010.
[6] Laberinto, Milenio diario, febrero de 2010.
[7] Fernando Benítez, diario Reforma. Carlos fuentes. Opinión. Febrero de 2010.
[8] Platica con Carlos Puig en la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Mineria, 2013.
[9] Revista Mexicana de Comunicación. 23 de febrero de 2013. Daniela Caballero.
[10] Proceso 553, junio de 1987. Ricardo Garibay. Cultura.
[11] Revista de la Universidad de México (UNAM). A medio juego. Silvia Cherem.
[12] Proceso. 04 de abril de 2010.
[13] Día con día. Milenio diario. Héctor Aguilar Camín. Abril de 2010.
[14] Entrevista de Carlos Loret de Mola a Raúl Trejo Delarbre. 05 de abril de 2010. W radio.
[15] A ustedes les consta. Carlos Monsiváis. Editorial Era.
[16] 25 años. La vida privada de Nexos. Jorge Luis Espinosa. Milenio diario. 13 de enero de 2003.
[17] Revista Nexos, numero 10.
[18] Una transición interminable. Raúl Cremoux. Editorial Lapizlázuli.





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